Ismael Bárcenas Orozco, SJ.
Dentro de las tradiciones de los antiguos mexicanos, existía la costumbre de rendir tributo a sus seres queridos que habían fallecido. A manera de agradecimiento, se visitaban sus tumbas y se les adornaba con flores. También, se les llevaba la comida y bebida que, en vida, habían gustado y disfrutado. Así, recordando a los abuelos y bisabuelos finados, se instruía a las nuevas generaciones respecto a sus ancestros y sus raíces. Todavía, en la actualidad, en algunos lugares de México, los cementerios se visten de fiesta para el día de muertos.
Ahí se conjugan los cantos de los mariachis con los rezos, la sonrisa del volver a traer a la memoria con la tristeza de la nostalgia, la oscuridad de la noche con las luces de las velas, el olor de los pétalos amarillos del cempasúchil con el humo del copal, y así se sigue mezclando la religión de los aztecas con el catolicismo llegado de España. Esta fiesta, que hace siglos se celebraba en el mes de agosto, se empató con la festividad de Todos los Santos y, en la actualidad, es como celebramos el día de muertos.
Cada vez más, en casas, escuelas y lugares de trabajo, ha regresado el gusto de montar altares donde se ponen fotos de los que se nos han adelantado. Estos altares constan de varios niveles que simbolizan el inframundo, el mundo y el cielo. Los elementos que lo componen integran hierbas como el laurel, el romero o la manzanilla; adornos de papeles de colores, recortados con imágenes de esqueletos danzarines; hay velas y ‘calaveritas’ hechas de azúcar que llevan el nombre del difunto. También, como en el antaño mexica, están presentes la comida y bebida favorita del occiso, incluso cigarros si es que le apetecía fumar. Y, en la parte de arriba, la foto del muertito.
Otra tradición que se ha recuperado, es el de la catrina. Su nombre remite elegancia en modos y en el vestir. Fue José Guadalupe Posada quien comenzó a dibujar a esta famosa calavera con glamuroso sombrero. Posteriormente, Diego Rivera, en 1947, la pintó con estola de plumas en el mural ‘Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central’. Gracias a la película de ‘Coco’, tanto en México como en todo el mundo, catrinas vestidas como Frida Kahlo y calaveras con sombrero de charro, competirán con hordas de zombies por ser el disfraz favorito en estas fechas.
Otra festividad que gana cada vez más terreno es el Halloween. El Halloween (contracción del escocés: All Hallows’ Eve -víspera de Todos los Santos-) data del Siglo XVI y hoy se le conoce, a su vez, como ‘Noche de Brujas’ o ‘Día de Brujas’. Parece que esta tradición se origina del sincretismo entre festividades celtas y cristianas, ya que los celtas tenían un día señalado -el Samhain- para recordar a los ancestros familiares, a quienes se les permitía visitar a sus seres queridos en la tierra. Para ahuyentar espíritus malignos, los vivos usaban disfraces y máscaras. Con el tiempo, los inmigrantes irlandeses introdujeron esta tradición en América del Norte y, posteriormente, con la globalización, a todo el mundo.
Me parece que tanto el día de muertos, en Mesoamérica, como el Halloween, en la zona anglosajona, son celebraciones que resaltan el genuino deseo de hacer presentes a quienes están ausentes y dedicarles un día para llorar su memoria y alegrarnos con sus recuerdos.
En lo personal, mucho disfruté y me divertí en ambas fiestas. De niño me disfracé de muerto, de momia y de vampiro (los zombies todavía no estaban de moda). Así, junto con una grupo de amigos, salíamos a las calles y pedíamos ‘calaverita’, es decir, cooperación en dinero o en especie (dulces o pan), al grito de: “¡El muerto quiere camote! ¡La viuda quiere una ayuda!”.
Halloween y el Día de Muertos son festividades que agregan el juego ingenioso y simpático de los disfraces. Esto nada tiene que ver con invocaciones diabólicas, cabe agregar el dato pues, en estos días, mamás alarmadas y asustadizas, preguntan si Halloween y el Día de Muertos son del demonio y nunca falta el fanatismo que se resga las vestiduras y grita como poseso. No nos demos cuerda en malos viajes. Dentro de las adversidades que a veces trae la vida, estas festividades tienen el ingrediente lúdico de disfrazarnos y echar mitote (relajo, juerga y alboroto). En lo personal, por disfrazarme de algún ser de ultra tumba, en la infancia, no fui sujeto de hechizos o exorcismos, aunque, confieso, terminé de jesuita.
Creo que es importante recordar a nuestros difuntos de diferentes maneras, y más en estos tiempos post-pandemia en donde, por dos años, a los que se nos fueron en plena contingencia, no se les pudo velar. Para vivir el duelo, es importante hacer un alto en el camino y recordarlos con cariño. El dolor de la ausencia siempre estará, pero desde la Resurrección sabemos que en la ausencia se da la presencia. Desde la fe, tenemos la confianza de que nuestros muertos, desde el más allá, nos sostienen e impulsan en el más acá. Desde la esperanza, el filósofo francés, Gabriel Marcel, decía: «Amar a alguien es decirle: tú nunca morirás». Pues que estas fechas que se acercan nos lleven a recordar y rendir tributo a nuestros difuntos, agradeciéndoles que fueron buena noticia en nuestras vidas, y tomemos conciencia de que nos pasan la estafeta para que ahora nosotros seamos buena noticia para los que están a nuestro al rededor.
¡Feliz día de muertos! ¡Feliz día de todos los santos!
Ismael Bárcenas Orozco, SJ.
(2022, México)





