Por Manuel Alberto Santillana

1. Una de las ventajas competitivas del Estado mexicano, para poder alcanzar el tan anhelado sistema de salud nórdico a fin de sexenio o cuando se pueda, es la formación de médicos especialistas. Nuestro país es uno de los pocos del mundo, hasta donde conozco, en los que el Estado asume el costo de la formación de casi la totalidad de los médicos especialistas. Lo cual implica un esfuerzo institucional de gran calado porque hasta el 2018 el número de médicos o doctoras que, cada año, ingresaba a las especialidades médicas era de alrededor de 7900 y, desde el 2020, se amplió casi una tercera parte hasta llegar actualmente a aproximadamente 12 mil residentes de primer año. No es un esfuerzo menor, reitero, porque el salario promedio del residente de primer año de una especialidad es de alrededor de 12 mil pesos y se incrementa mil o mil quinientos cada año que progresa en la especialidad.

2. 12 mil pesos mensuales por 12 mil residentes nos dan un total de 144 millones de pesos que se tienen que erogar por mes. Por 12 meses son 1728 millones de pesos, es decir más o menos lo que lleva erogado hasta el día de hoy el Hospital de Especialidades de Sonora, en Hermosillo, aún sin concluir. Si a esto le sumamos que, en el cuarto, tercero y segundo año los residentes pasaron de 7900 a 8500, a 10 mil y los actuales 12 mil entendemos que, en promedio el estado mexicano eroga alrededor de 1500 millones de pesos por año de residencia, y en total sería, 4500 a 5000 millones de pesos el costo total de un ciclo de formación de especialistas. En otras palabras, equivaldría cada año a construir 4 o 5 nuevos hospitales de especialidades de 100 camas con la última tecnología o, si se me permite la comparación, a diez mil esquemas completos de 3 dosis de vacunas contra el Covid19 por año.

3. Pero hay un aspecto que se minimiza en los costos de la formación de médicos especialistas en México. Y es, sin duda, el alto y en general homogéneo nivel de buena calidad de la formación educativa de postgrado de los médicos mexicanos. De hecho, hay digamos “catedrales” de la formación médica como el Centro Médico Nacional Siglo XXI, el Centro Médico “La Raza”, ambos del IMSS; el Hospital “20 de noviembre” del ISSSTE, o los Centros Médicos e Institutos de Salud como el “Salvador Zubirán” de Nutrición, el “Ignacio Chávez” de Cardiología o el de Perinatología. Pero la realidad es que ninguna de esas catedrales le pide algo a varios hospitales de Tijuana, Monterrey, Torreón o Guadalajara. Y entre ellos en Hermosillo la especialidad de psiquiatría que se cursa en el Hospital “Cruz del Norte”, la segunda mejor del país.

4. Desde luego los costos de la atención no se circunscriben a la beca que se le proporciona a los médicos residentes cada mes. A lo anterior hay que agregar los costos de ropa médica, alimentación diaria, áreas de descanso (cuando las hay) y sobre todo los del personal médico especialista que ya sea en forma tutorial o en clases escolarizadas somos los docentes de los residentes. Aunque no se han cuantificado sí puede asumirse que agregarían de un 20% a un 30% al presupuesto anual por año.

5. Todo lo anterior porque y para que se note el esfuerzo nacional que implica contar con médicos y doctoras de altísima calidad y eficiencia en México. Se resalta porque es un esfuerzo nacional que se proporciona a profesionales de postgrado independientemente que provengan de caras universidades privadas como la Anáhuac, la Panamericana o el Tecnológico de Monterrey o públicas como la de Baja California, Sonora o Sinaloa. Aquí, como con las pensiones del bienestar, no se hacen distingos. El o la que ingresan a especialidad lo hacen por méritos propios, por promedio y examen, y así se mantienen. A todos se les paga con nuestros impuestos independientemente de que, al egresar, algunos (por fortuna pocos) nunca vuelvan a dar consulta en un hospital público o de la seguridad social porque les parece poco, o porque desean desde ya un alto nivel de vida.

Publicado originalmente en inversionistasonora.com

Reproducido con la autorización expresa del autor.