Por Alejandro Valenzuela/Vicam Switch
Cuando estábamos en el CBTA 26, allá en los setentas, la moda era ser revolucionario. Si no lo eras, te convertías en un paria social. Atraídos por eso, empezaron a llegar representantes de partidos y organizaciones a cual más inverosímil, que se reunían con nosotros en sesiones interminables donde se discutía con pasión tácticas y estrategias jamás puestas en práctica.
Entre los alumnos estaba Pablo Plascencia, unos años más viejo que todos los demás y con un rollo interminable sobre lo que él llamaba la auténtica teoría revolucionaria. Había llegado de Navojoa y traía, según él, una larga e indemostrada historia de agitación revolucionaria que nos deslumbró a todos: al Pancho Jara, al Beto Mendoza, al Pollo Moreno, a Octavio Montiel, a Eusebio Valdez, a Nacho Camarena y, desde luego, a mí. Mi compadre Bardomiano Galindo asegura hasta la fecha que a él no lo deslumbro porque las teorías revolucionarias eran parte de la discusión cotidiana en el seno de su familia. De todas maneras, todos formamos parte del Comité de Lucha Ideológica.
Una madrugada de diciembre llegaron unas vacas de Wisconsin, los choferes las bajaron en el llano y al rato andábamos todos los alumnos correteándolas para meterlas a un improvisado corral. Con el tiempo, la producción de leche fue abundante, pero de todas maneras un día las vacas se murieron porque no había qué darles de comer y tuvimos que darles una pastura contaminada con un fertilizante que las llevó a la muerte.
Una noche nos reunimos en el techo del telégrafo, donde solíamos reunirnos para discutir ideas que nosotros suponíamos clandestinas. “A ver, cabroncitos –dijo Pablo con una sonrisita condescendiente–, si todos los días se producían casi mil litros de leche, ¿por qué habría de faltar alimentos para las vacas?”. Todos nos quedamos absortos, asimilando la verdad revelada. De allí agregó lo del fraude y la nómina de aviadores.
El Roñas y el Ronco se lanzaron a comprar unas botellas de Ron Canaima para amenizar la reunión y el Pollo se fue a pedirle permiso a su novia para faltar a la visita. También estaba el Huevo Martínez, pero llegó su mamá y se lo llevó a cintarazos.
En Vícam jamás había habido una huelga y nosotros, incipientes revolucionarios, quedamos electrizados por la tangible posibilidad de participar en una. Allí mismo el Pablo redactó el pliego petitorio y se acordó que la huelga fuera a las 7 de la mañana del día siguiente. Luego nos pusimos a celebrar el acuerdo. Por la madrugada hubo un pleito a puñetazos por un asunto que no revelaré, separamos a los contendientes, se hizo la paz y todos nos fuimos a dormir.
El Pablo despertó a las 6 de la mañana, dio un salto, se despegó el pliego petitorio del cachete y salió corriendo rumbo a la escuela. A pesar de los estragos del Canaima, todos llegamos antes de las 7. Yo, que estaba sentado en los bebederos, vi que Pablo llegó con unos lentes negros con los que trataba de ocultar los estragos de la cruda.
Unos cerramos las puertas mientras otros se pusieron a escribir en la pared aquella frase de Carlos Puebla que decía: “No somos intransigentes ni nos negamos a hablar, pero aceptan nuestros puntos o no hay nada que tratar”.
Se informó que la escuela estaba tomada. Todos tomaron con entusiasmo la toma porque lo que menos querían era tomar clases. Nos atrincheramos en la escuela hasta la tarde del tercer día, en que llegó el teniente Cadena con un piquete de soldados de la Compañía Fija del Río Yaqui. Luego se oyó la voz del teniente que, en su particular estilo, gritó: “A ver putitos, si van entregando la escuela o los mando a arrestar”. La mayoría de nosotros éramos conscriptos del servicio militar.
El teniente era un tanto rústico. El primer domingo de servicio nos pidió que le lleváramos tres fotografías. Al Serra Vidaurrázaga se le ocurrió preguntar que si de frente o de perfil y el militar, viéndolo con desprecio, le contestó: “De culo, si quiere, pero tráigamelas”. A todos nos dio un ataque de risa, el teniente se enfureció y nos acuarteló hasta el día siguiente. Al amanecer nos despertó y nos puso a correr y a hacer unos ejercicios tan pesados que el Carlos Anaya se desmayó.
Nos negamos a entregar la escuela, vino un representante de la SEP a negociar con nosotros y luego hicimos una asamblea en la Escuela Kino para decidir el levantamiento de la huelga aceptando, como único logro, la renuncia del Director José Camilo Reyes Pérez.
En esa asamblea, una madre de familia se quiso llevar a sus hijos porque “ese muchacho es un agitador”. El Pablo se levantó de su asiento, le pidió que lo oyera y le dijo: “Si ser agitador es defender los derechos del estudiantado, ¡entonces soy un agitador!” Todos lo ovacionamos.
Salimos de allí embriagados por el triunfo, triunfo que no consistía en correr al director, sino simplemente en hacer una huelga. Nosotros, que en interminables noches de discusión habíamos fantaseado con ser revolucionarios, pensábamos que eso por fin nos subía al tren del proletariado y que además, según nosotros, ponía a Vícam en el mapa…
El tiempo ha ponderado las cosas: el único tren que agarramos fue al Burro, para irnos a estudiar a otras ciudades, y Vícam, que hoy se está pudriendo en el abandono, sigue ausente de cualquier cartografía.
Foto: Movimiento Estudiantil 1967 en la Universidad de Sonora.
