Yo bailando en el Noa-Noa era feliz
Y cantando en el Noa-Noa
conocí a mi primer amor
…
pero hoy
en el Noa-Noa ya todo pasó,
en el Noa-Noa ya todo acabó…
“Dulces momentos de ayer” (1980)
Por: Josué Gutiérrez.*
Dedicado a Gaby Baeza.
Querida
Mis primeros recuerdos de Juan Gabriel vienen de 1984, tenía nueve años y un vecino mucho menor apareció tarareando el tema que mantenía secuestrada la radio: “Querida”. Mi hermano y yo comenzamos a atacarlo con la artillería pesada de la homofobia. El niño, frustrado con el escarnio que hacíamos de la melodía y su intérprete, lanzó un grito de ayuda: “amá, ¿verdá que Juan Gabriel no es joto?” La respuesta de la madre—reconocida fan—fue implacable, “ese cabrón es más puto que la chingada”, luego soltó una carcajada que me dejó pensando porque aquella mujer se burlaba de alguien a quien admiraba tanto.
A partir de ahí puedo recordar un largo catálogo de momentos similares, Juanga y Rocío Durcal actuando como pareja en una escenografía de cartón y todos en la estancia de mi casa burlándose de su evidente homosexualidad. Juanga en una película haciendo de estudiante chicano enamorado de una muchacha guapísima y todos haciendo mofa por su intento fallido de parecer “hombre”. Juanga con Raúl Velasco y lo mismo. Confieso que sin pensarlo me unía a las burlas, pero en secreto, a mí me fascinaban sus melodías.
Tiempo después, a los 16 años, al escuchar por primera vez el disco debut de Maldita Vecindad me encontré de nuevo con la canción en cuestión. Me cautivó de inmediato la versión ska y secretamente me reconcilió con el inmenso repertorio de Juan Gabriel que permanecía dentro de mí. Desde entonces, el divo de Juárez no me ha abandonado.

Lo que se ve no se pregunta
Me gusta imaginar que esta relación ambigua con Juan Gabriel se desprende de esa otra historia compleja que México sostuvo por 45 años con su ídolo. Desde sus inicios, el público nacional quedó prendido de aquel muchachito de corta estatura, esbelto, con rasgos delicados, vestido con pantalones de campana, camisa con estoperoles, con una voz extravagante y una capacidad inusitada para tomar el escenario y transmitir aquello que el gran público admira y reconoce: la sinceridad. Al mismo tiempo, nuestro artista fue objeto de especulaciones y chistes acerca de su sexualidad, al principio ambigua o confusa, más tarde obvia, sin cortapisas, al grado de transformar para siempre un dicho popular: “lo que se ve no se pregunta”. Puedo asegurar que nadie jamás podrá usar esa expresión sin pensar en Juanga y el contexto en que la dijo.
No tengo dinero, ni nada que dar
La sexualidad no es la única dimensión confusa del divo de Juárez. Juan Gabriel fue ante todo un artista que se movía con facilidad entre los límites. Ya Carlos Monsiváis, Alma Guillermo Prieto y tantos otros que se acercaron en su momento al fenómeno Juan Gabriel coincidieron en que materializaba la fórmula para triunfar en México: un artista con talento, con la personalidad para conectar con la gente y una historia trágica detrás de todo. Nadie ignora el pasado de precariedad y abandono de Alberto Aguilera: un padre ausente, una madre entre la espada y la pared, la migración a la frontera, la infancia en internados, la lucha para sobrevivir en las calles de Juárez, el calvario de tocar cientos de puertas hasta la epifanía de ser descubierto por un alma buena que supo reconocer su talento.

Al igual que a Pedro Infante, Cantinflas, José Alfredo y Javier Solís, este relato de pobreza y esfuerzo le permitió a Juan Gabriel convertirse en un ídolo nacional. Porque en el fondo nos fascina la idea de un gran artista que pese a su carácter excepcional mantiene una dimensión humana que nos empareja a su grandeza. Nuestros ídolos son seres que nos recuerdan nuestra propia fragmentación, siempre entre el fracaso y esos breves momentos de gloria.
A mí me gusta más vivir en la frontera
Sin embargo, sería injusto atribuir su éxito solo a esta circunstancia que coloca a nuestro artista entre el Olimpo y la barriada. Con su vida, Juan Gabriel supo producir una poética y una música que sacaba provecho de ese debatirse entre mundos distintos. Su estética le debe mucho a una capacidad innegable para hacer suya la frontera con su multiplicidad de tradiciones, lenguas que se tocan y cuerpos que transitan con mayor o menor dificultad.
Y es que en sus canciones coexisten la música regional mexicana y el country, el disco y la balada, de tal manera que oír cualquier playlist con sus canciones nos lleva por un recorrido en que se resume gran parte de la música de este país. Habrá quien señale la falta de rigor técnico en sus letras, pero qué más da si las rimas son terminaciones verbales o si tenía que alargar las vocales para alcanzar la medida de sus versos. Quién puede fijarse en tales cosas, ante el placer de oír a Juanga entregarse a la celebración de la noche fronteriza en el Noa-Noa o llorar la ausencia definitiva de los que una vez amamos.
Con su sexualidad oculta y explícita a un tiempo, con su debatirse entre la opulencia y la sencillez de ídolo del pueblo, con su maravillosa combinación de lo tradicional y lo moderno, con sus coreografías que van del ridículo a la extravagancia, en el palenque o en Bellas Artes, con Daniela Romo, Rocío Durcal, Natalia Lafurcade o Julión Álvarez, Juan Gabriel se consagra como una auténtica criatura liminar. Un artista de todos.
Siempre en mi mente
Hoy, en miles de oficinas, puestos de comida, refaccionarias, bares, cocinas, tiendas de ropa, recámaras y celulares, todo México llora a Juan Gabriel, y yo desde la intimidad de este teclado también lo lloro en secreto, pero sin vergüenza.

*Josué Gutiérrez. Miembro de El Búnker Biblioteca Popular Ambulante, organización ciudadana dedicada al fomento de la lectura en Sonora (México).
josueg2000@gmail.com

