El ideal debe ser trazado y debe ser tratado de alcanzar, no existe otro camino real aparte de éste, cualquier otro camino conduce al asentamiento de la mediocridad. Las organizaciones de la sociedad civil (aquellas verdaderas y no las inventadas por los políticos con fines electoreros) han trazado ideales de mejoramiento de las comunidades y han demostrado en las últimas décadas, en nuestro país y en el resto del mundo, que son capaces, sin intervención de un gobierno central, de lograr cualquier cosa que el Estado como tal no hace o no le interesa hacer.
Si éstas organizaciones sociales se generan para cubrir las omisiones más flagrantes del Estado, es de esperarse que este tipo de organización social, impulsada por la empatía y la búsqueda del bien común, se pueda utilizar como modelo de un nuevo tipo de institución independiente del control y presupuesto estatal centralizado, lo que plantearía el fin de una burocracia, que en el mejor de los casos promueve un clasismo moderado y en el peor un clasismo segregativo, y se evitaría la centralización del poder y la manera de utilizarlo. Todo esto, obviamente, requiere de reformas legales que busquen el empoderamiento de la sociedad civil y no del Estado, como ocurre generalmente. He ahí el nuevo papel del Estado y su nuevo objetivo autoabolicionista. Y no estoy hablando de neoliberalismo, ni mucho menos, porque en el caso del neoliberalismo el Estado cede poder ante la industria mercantil, lo que debemos evitar a toda costa en la creación de una nueva visión de Estado libertario, más no neoliberal. Declaración confusa, tal vez, pero medular.
El principal papel del presente Estado de Gobierno, y de todos en el futuro para poder ser considerados como libertarios, debe ser el perder poder para cederlo a la sociedad civil. Y para hacer esto tiene la obligación de extender las herramientas a todos sus ciudadanos para lograr una sociedad más fuerte, mucho más participativa, con individuos preparados para asumir su responsabilidad dentro del nuevo contrato social. Esto debe hacerse mediante un proyecto de gobierno a largo plazo, que vaya cumpliendo paso a paso las etapas de abolición de la clase política como la conocemos y del Estado centralizado. Debe ser un cambio emanado por el mismo Estado, si no es así, si proviene del enfrentamiento, el fracaso de la victoria violenta se hará evidente de inmediato.
La abolición del Estado centralizado debe darse de forma paulatina y por decisión del propio Estado, pero impulsado siempre por la sociedad civil. Una abolición violenta sólo degeneraría en el establecimiento de una resistencia igualmente violenta y a la guerra en cualquiera de sus vertientes.
La nueva política estatal debe buscar, con desesperado instinto de supervivencia, que su papel tienda a desaparecer. Como dije antes, encausar su poderío y cederlo para empoderar al pueblo. Un objetivo tan ambicioso requiere acciones radicales. ¡Cambios Constitucionales! Pero como esta propuesta es sólo pacífica y de buena fe, el cambio más radical sólo lo sentirá en principio una fracción de la ciudadanía: la clase política, y los comerciantes de capital a gran escala, la nueva usura, pues. Esto se haría con cambios constitucionales que por un lado prohíban el pago de un salario a la clase política (hablando por supuesto de partidos políticos, y representantes ante las cámaras y su burocracia directa) emanado del cobro de impuestos a la ciudadanía, y por otro lado que se impida desde la misma constitución la acumulación ofensiva de riquezas de todo tipo, riquezas que tanto respeta y protege la clase política de nuestra época.
Es difícil imaginarse esos escenarios en el presente momento histórico, y más difícil imaginarse que ocurra en un futuro cercano, pero es la única vía para vivir en un mundo más justo y sin jerarquías.
Los sueños de anarquismo pueden parecer la última utopía. El dogma más grande de fe en la moral humana. Porque estamos acostumbrados a desconfiar, nuestra época nos ha enseñado eso, sólo puedes desconfiar de esta especie belicosa y asesina, y es verdad, en parte. Probablemente el cambio más difícil sea precisamente el aproximarnos al punto donde se inculque a las nuevas generaciones la empatía y la solidaridad como los más grandes valores para sobrevivir y vivir mejor.
Si este cambio es promovido desde el Estado y por el Estado y la sociedad en su conjunto, y sólo para beneficio del bien común, la resistencia debería ser mínima hablando de un escenario ideal, pero eso es difícil de suponer, va a ser un parto doloroso por varios motivos, pero necesario y con todos los paliativos.
El Estado actual sólo ha actuado como un evangelizador promoviendo su doctrina, y nos han convencido (porque hasta muchos de los más grandes pensadores del mundo lo dicen) que la anarquía es una utopía precisamente, porque sería imposible de sostener como sistema ya que otorga demasiada responsabilidad al individuo y es evidente que no todos pensamos que es buena idea respetar al vecino de al lado. Más temprano que tarde el puto caos reinaría.
Es verdad, si es una anarquía impuesta por la fuerza y como consecuencia de un enfrentamiento armamentístico. Esa anarquía sería probablemente otro comunismo -una paradoja- caminando a la corrupción más podrida, con menos control –supongo–, si no es que estamos ante un bastardo stalinista más.
El anarquismo es la última utopía porque se tiene la idea generalizada que es un credo en el que la bondad humana es el dogma incuestionable. Esta percepción es errada, la nueva organización social reconoce la condición humana y el papel de la ciencia libre (no dependiente de los presupuestos del Estado y los caprichos de las oligarquías comerciales). La noción de derecho no puede eludirse, se tiene qué reformar, la abogacía tiene que ser vista como trabajo de reconciliación y procuración de justicia, y no como negocio, por lo que debe de ser un trabajo sin cobro de honorarios a las partes involucradas, verdaderos abogados de la justicia y no usureros del sistema judicial. (¡Otra reforma de miedo!)
Tenemos los instrumentos necesarios para hacer que los cambios sean graduales y en orden, sólo falta convencer a la clase política, debemos llamar su atención, debemos hacer que nuestra voz se escuche y se respete. Tenemos que llevar el tema a las cámaras de representantes, debe ser una demanda social, la gente tiene que comenzar a hablar de la falta de necesidad de un Estado fuerte y centralizado.
Tanto el Estado como el Mercado deben buscar su propia aniquilación, y esto debe ser porque se lo demandemos, por conciencia social y consciencia moral, así como sucedió con la abolición de la esclavitud, la abolición de la segregación racial, el derecho al sufragio, los derechos de igualdad de las mujeres, los derechos contra la discriminación, etc., que si bien siguen estando lejos de una justicia generalizada, son triunfos que la sociedad civil ha logrado y que en otras épocas parecían imposibles.
De esto estamos hablando. Es un tema enorme y polémico, pero es el camino que necesitamos transitar para poder llegar a ser una sociedad más justa y más sabia, más madura. Habrá piedras en el camino, y muchas montañas, pero debe ser la nueva meta social. No vamos a pedir peras al olmo, vamos a exigírselas.
Debemos hacernos a la idea que la única forma de avanzar hacia una mejor sociedad es enterrando el sistema político como lo conocemos y el gobierno centralista. Si para algo debe servir la democracia debe ser para votar por soluciones y no por individuos que dicen representarnos cuando sólo representan sus propios intereses y los de la oligarquía que los llevó a ese puesto.
El Estado y la clase política actual tienen que entender que la mejor manera de subsistir es cambiar, dejar de ser lo que son, terminar con las prerrogativas. No participemos en el juego que esta clase quieren que juguemos, no votemos por seguir en este modelo de sistema que sólo sirve para mantener el status de una élite alejada de la realidad de la injustica social. El camino es largo pero hay que comenzar a recorrerlo desafiando y señalando el error y la paradoja del Estado democrático. La sociedad misma, si aspira a ser algo más, debe comenzar a gobernarse. Debemos acostumbrarnos a la palabra: anarquía debe ser el fin de toda sociedad que busque su evolución hacia la justicia y la paz. ¿Por qué podemos darnos el lujo de soñar con la colonización marciana, y no nos atrevemos a soñar con una sociedad sin dueños? El camino es largo, el cambio de conciencia debe de comenzar.
Aldo Barrios
aldo_barrios57@hotmail.com



