La inteligencia artificial nos amputa el placer del descubrimiento y de su esfuerzo. En dos segundos nos enteramos de lo que no sabíamos que sabíamos. Nos responde con la melosa cortesía de lo que quisiéramos escuchar. Nos adula contestando a preguntas imperiosas: ¿Cuándo llorará en público un robot? ¿Es inclusivo que el más encantador de los tiranos sea una máquina? ¿En qué fecha la inteligencia artificial superará la estupidez humana? ¿Por qué se tarda tanto el fin del mundo? ¿Es el burro el animal más malentendido de la historia?
Responder la última pregunta exige un regreso a lo primitivo. Volver a las fronteras de África de donde los burros y nosotros venimos. Hoy pensamos en la desconexión y en la vida de campo como cura de la esclavitud de la tecnología. Más allá del temprano fracaso de la especie, hemos acabado por perder lo que llamamos experiencia, un sustantivo que hoy significa todo y nada. Lo confirmamos en actos mínimos: escribir a mano un número de teléfono con el suspenso de perder el papelito. Preguntar una dirección y que nos mientan por amabilidad. Mirar a los ojos de un amigo a quien le vamos a contar un secreto, y que un ruidito del teléfono nos permita escapar. Es en ese momento incómodo cuando un burro se quedaría allí.
El ensayo —ese discurso a tientas, contradictorio, sin certezas— nos permite cierta alegría en la incertidumbre. Creer en la ilusión de explicar lo que no sabemos del todo. Es un yo inseguro y comunitario que exhibe un rebuzno propio, ese libro de poemas de Leoncio Bueno, cuyo título insuperable nos exige la falsa modestia de llamarnos Rebuzno (y punto).
Durante siglos hemos construido la idea de que un burro es tonto, terco, sumiso. Antes del cristianismo, podía ser símbolo de sabiduría, rebeldía y hasta de erotismo. Para nosotros es sobre todo un compañero juguetón y amoroso. Parimos Rebuzno (y.) para discutir sobre el error constante en nuestras vidas.
Urge rebelarse contra la estupidez natural.
Juguemos a pensar por cuenta propia.
Todos deberíamos ser más burros.
Publicado originalmente en Dromómanos

