Lo que llamamos normalidad funciona como un régimen higiénico. Para sostenerse, exige cuerpos dóciles, biografías lineales y conductas de género fijadas de antemano. A quienes desafían esa asepsia, el poder les asigna el margen, el silencio o la patologización. Sin embargo, en las fisuras de esa maquinaria a veces irrumpen figuras capaces de hackear su código. Entre ellas, la que nos ocupa aquí: Frau Diamanda, artefacto estético-sensual creado por Héctor Acuña (Lima, 1971).

Frau no busca legitimidad ni un efecto estético inmediato; opera como una tecnología disidente, como un desborde de la identidad que, en su propio accionar, infecta. Desde Lima hasta Barcelona, su recorrido traza una cartografía de resistencias en la que el cuerpo deja de ser objeto de regulación estatal y se convierte en un territorio soberano.

Lo que sigue es el relato de esa insurrección: de cómo una “infectora cultural” reutiliza los desechos del sistema para producir una verdad propia.

1. Pornopoder, la pornografía como contraataque

Cuando la sociedad biempensante agita la moral para tapar las violencias que ella misma sostiene, Frau Diamanda responde con la abyección para exponerlas. Su estrategia, que denomina “PornoPoder”, no responde a una búsqueda formal, sino a una metodología de supervivencia y contrapoder.

Frente al mandato patriarcal que fija roles y regula deseos, Frau se apropia de la estética BDSM y del imaginario pornográfico para invertir el dispositivo del señalamiento. Allí donde la mirada heteronormativa insiste en ver perversión, ella plantea una escenificación performativa que desmonte esa mirada normalizadora. Así se produce un quiebre simbólico que derriba el régimen jerárquico-visual donde a cada cuerpo se le asigna un uso, una conducta y un destino.

Este método toma el lenguaje de la dominación y lo usa contra la propia gramática del poder. Aquí, las nociones foucaultianas de poder, saber y placer, como también el “cuerpo insólito” de Paul Ardenne, operan como herramientas de trabajo. En escena, el cuerpo deviene un operador político que fuerza al espectador a enfrentarse con las estructuras que sostienen la exclusión y no con la figura deformada de quien se coloca fuera de la norma. En lugar de ver al señalado, ven el rostro detrás del dedo acusador.

La plasticidad sexual que despliega Frau derriba la idea del género como fatalidad biológica y la revela como una ficción política sostenida por siglos de coerción y vigilancia. No hay respuesta conciliadora, hay soberanía de un cuerpo que se levanta frente a los dispositivos de control.

2. Exhumar la guerra en los Andes

La memoria oficial peruana se construyó desde los despachos militares y los estrados judiciales, no desde las comunidades que cargaron el costo humano de la guerra interna. Entre 1980 y 2000, las mujeres andinas quedaron atrapadas entre el terror senderista y la violencia estatal, pero el relato nacional insistió en presentarlas como figuras pasivas, desprovistas de agencia y relegadas al margen de la historia. Ese borramiento formó parte del orden que convirtió a los campesinos en cuerpos sacrificables.

Frau Diamanda interviene ese vacío con “Transversiva Post Andina Revolucionaria”, una obra que ha acompañado su trayectoria por más de una década, desde sus primeras presentaciones en Lima hasta su reformulación en el CAC de Quito en 2021. A modo de restitución simbólica, la pieza se sostiene sobre un testimonio real: el de mujeres como Tarcila Rojas Llactahuamán, “Comanda Tarcila”, campesina ayacuchana desplazada, entrenada y finalmente convertida en mando contrasubversivo. Su historia, relegada por la narrativa heroica masculina, desmiente la división tajante entre víctima y combatiente.

Frau recoge estas experiencias y las reencarna. Su cuerpo travesti asume la ambivalencia del rol impuesto a aquellas mujeres que, presionadas por las rondas campesinas, debieron tomar las armas y ocupar un espacio históricamente reservado al guerrero masculino. La pollera intervenida, la capucha y el arma se convierten, durante el acto performativo, en una síntesis visual del conflicto: género, territorio y violencia trenzados en un mismo gesto.

Así, el arte deja de ser representación para volverse documento vivo. Al poner su cuerpo travesti al servicio de la memoria campesina, Frau teje una alianza entre los marginados de la guerra y los marginados del género. Ambas luchas convergen en el rechazo a ser borradas por la maquinaria del archivo oficial.



Fuente: Contraindicaciones.net