Ojalá aquella hubiera sido la única vez que mis oídos y mi vida estuvieron expuestos a aquel artefacto que es capaz de viajar más rápido que el propio sonido, aquel que solo puedes esquivar en las películas: la bala


Fotos y texto: Anashely Elizondo

Tenía diez años la primera vez que escuché aquel estruendo, uno que no se parece a ningún otro ruido que yo haya escuchado antes: La maestra, miedosa pero firme, nos pidió ponernos pecho tierra, con las manos sobre la nuca y con su voz, temerosa, rota y angustiada, nos pedía calma, susurraba que muy pronto estaríamos en casa, que muy pronto todo aquello sería solo un triste recuerdo. El tiempo pasa y el recuerdo revive, violentamente, frente a mí.

Ojalá aquella hubiera sido la única vez que mis oídos y mi vida estuvieron expuestos a aquel artefacto que es capaz de viajar más rápido que el propio sonido, aquel que solo puedes esquivar en las películas: la bala. Tuvieron que pasar ocho años para que volvieran a ser parte de mi vida, logrando hacerme sentir insegura dentro de mi casa, sonando, como orquesta, al lado de helicópteros, gritos y patrullas. En esa casa se repitió dos veces y aquellas dos veces me hicieron pensar que uno puede llegar a acostumbrarse al ruido de las balas.

Incluso puedes distinguir aquel ruido de otros muy parecidos. Este país te regala ese don, el saber reconocerlo, el correr sin voltear hacia atrás, el pedirle a dios, o a los santos, o al universo, que te deje llegar sano y salvo. Yo pensaba que sí, pero no, uno no se acostumbra (ni debería nunca acostumbrarse) al ruido imparable de las balas, al fuego rojizo que destroza y se expande, igual que el miedo. No debemos acostumbrarnos ni a los gritos ahogados, ni a la pena ni a aquel silencio que ahora parece ser lo único que existe.

Dentro de la incertidumbre, está la compañía y aquella esperanza que dentro de todos espera que mañana pueda ser un día normal, normal, aunque normal no sea seguro. Normal es aquel donde las balas se escuchan lejos y no aquí, en nuestra burbuja falsa de seguridad y armonía. No aquí, en Jalisco que se vende al extranjero, al rico, a la FIFA y al mercado. Ahí, el Jalisco de las balas es ajeno. En esa utopía, ningún jalisciense reconocería, nunca, jamás, el ruido de la muerte.


Publicada originalmente en el portal ZonaDocs

* Este texto forma parte de una serie de testimonios de personas que quedaron en medio del fuego, los bloqueos y el caos, el pasado domingo 22 de febrero, en Jalisco, luego de la caída del Mencho. Aquí puedes leerlos todos.