Días de revuelta, días de combate
POR JORGE TADEO VARGAS
Vivimos en la era de la inmediatez, una época donde el éxito se mide en milisegundos y la eficiencia es nuestra nueva religión. Esta cultura del “ahora mismo” ha colonizado el aspecto más básico y sagrado de nuestra existencia: la alimentación. El reciente análisis de Verdades Incómodas sobre el concepto de Fast Food vs. Good Food no es solo una crítica a las hamburguesas menos de cien pesos, las pizzas por un precio similar, los tacos de dudosa procedencia o cualquier comida callejera o de restaurantes transnacionales de comida rápida; es un espejo de nuestra incapacidad para gestionar el tiempo y, por extensión, para proteger el planeta que nos da de comer.
El artículo plantea una tesis perturbadora pero necesaria: nuestra dieta no solo está enfermando nuestros cuerpos, sino que es uno de los motores principales del cambio climático. Sin embargo, el problema no es solo qué comemos, sino la estructura sistémica que nos obliga a elegir lo rápido sobre lo real.
Cuando optamos por la “comida rápida” -ese procesado diseñado en laboratorios para ser adictivo y barato-, estamos participando en un sistema de externalidades masivas. Lo que no pagamos en la caja del supermercado o en el mostrador del restaurante, lo paga el suelo degradado por monocultivos intensivos, el agua contaminada por fertilizantes y la atmósfera saturada de gases de efecto invernadero provenientes de cadenas de suministro kilométricas.
Como bien señala el texto de referencia, la “buena comida” (Good Food) no es un lujo elitista, sino una necesidad climática. Comer productos de proximidad y de temporada no es -o no debería de ser- una moda hipster; es un acto de resistencia contra un sistema logístico que quema petróleo para que podamos comer aguacates en invierno o fresas en otoño o duraznos chilenos, envasados en Malasia, comprados en una tienda en Zinacantepec y consumidos en un hogar de Metepec. De los vinos, mejor ni hablamos.
Uno de los puntos más lúcidos del debate es la importancia de la asertividad frente al consumo. Decir “no” a la inercia de la industria alimentaria es, hoy en día, un acto político. Decir “no” a los ultraprocesados – incluso a aquellos que se disfrazan de “veganos” pero están cargados de aditivos y huella de carbono – es elegir la salud propia y la del ecosistema.
El sistema actual nos ha vendido la idea de que no tenemos tiempo para cocinar, para elegir, ni para pensar. Nos ha convertido en consumidores pasivos. Pero la transición ecológica no vendrá solo de grandes acuerdos internacionales en cumbres lejanas; vendrá de la recuperación de nuestra soberanía alimentaria.
La lucha contra el cambio climático se libra también en la cocina. El “Good Food” implica reconectar con los ciclos de la tierra. Implica entender que la comida real tiene imperfecciones, tiene temporadas y, sobre todo, tiene un tiempo de preparación que no se puede hackear.
Si queremos un futuro habitable, debemos dejar de comer como si los recursos fueran infinitos y el tiempo fuera nuestro enemigo. La verdadera “verdad incómoda” es que, para salvar el clima, quizás lo primero que debamos hacer es aprender a sentarnos a la mesa, mirar lo que hay en el plato y preguntarnos si lo que estamos ingiriendo construye vida o acelera el final.
El sistema nos ha forzado a vivir en la inmediatez, a estar siempre moviéndonos de un lado a otro, sin poder detenernos a disfrutar. La comida rápida, callejera se ha convertido en parte fundamental de las dietas, donde poco a nada nos ponemos a pensar en lo que estamos comiendo -de dónde viene, si es de temporada, cuan procesada esta – no nos alimentamos, sólo comemos para tener energía y continuar. Es hora de desacelerar el tenedor para frenar el termómetro. No es solo es cuestión de supervivencia personal, sino parte de la resistencia contra un sistema que nos envenena y esclaviza.
Desde el autoexilio en los bosques de Klatch City
Profesor, escritor, traductor, anarquista, exactivista y panadero casero.





