Este reportaje forma parte del proyecto «Desplazamiento forzado, una herida sin sanar en México»

por Carolina Tiznado

Las madrugadas del término de la jornadas campiranas -entre las 4 y 5 de la mañana- terminaron, el sonido de aves y el recorrido entre el monte, se acabó. Los pies que no se cansaban mientras transitaban por las laderas y caminos desiguales, ya no tienen la misma fuerza, ahora están adoloridos, aunque no han caminado kilómetros.

A las personas adultas mayores el desplazamiento forzado interno les atraviesa desde la tristeza y la impotencia. El ruido de la cabecera municipal Escuinapa, es distinta, ya no escuchan los mismos sonidos naturales, ahora todo es ruido estrepitoso.

La cocina comunitaria cerró, no hay más tortillas de maíz calientes preparadas entre lo fresco de los cerros. Las tardes de bordado entre las amigas y vecinas terminaron. Las vacas ya no acuden al llamado de sus amos – es que, en este este pequeño pedazo de la sierra de Sinaloa, hasta ellas eran bautizadas con un nombre-.

A esta zona de Sinaloa, enclavada a 16 kilómetros de la ciudad de Escuinapa de la Sierra Madre Occidental, en septiembre de 2024, solo llegó un anuncio: todos debían abandonar el lugar. La guerra de grupos criminales antagónicos que parecía lejana les alcanzó. También disputan el territorio entre los límites de Durango y Sinaloa.

El Camarón, del municipio de Escuinapa, tiene entre sus habitantes a personas que van de los 50 a más de 80 años. Los jóvenes, en su mayoría, salieron a estudiar o emigraron a trabajar a otros lugares. Regresar de visita siempre era una opción segura, según cuentan los lugareños.

Su principal actividad es la agricultura y la crianza de ganado. Era parte del autosustento para las familias y en algún momento, se convirtió en un lugar para deportistas que usaban la ruta para ciclismo de montaña. Lo habitual para los visitantes era llegar y disfrutar de un desayuno hecho por mujeres de la comunidad.

En la comunidad de El Camarón habitaban treinta familias, tenían ahí su residencia permanente, pero fueron desplazadas el “mes de la patria” de hace dos años. Se fueron a diversos destinos, a casas prestadas, rentadas o sus hijos los recibieron. Otros más cambiaron su residencia a otros estados. La comunicación entre ellos pasó de estar en las tardes socializando a llamarse por teléfono, a soñar con volver a su paraíso, a sus casas construidas con sus manos, con apoyo gubernamental, en El Camarón, dotadas además con paneles solares.

Es la historia de un rincón de Sinaloa, donde la violencia tocó sus puertas antes que las de las casas de la ciudad, donde no fueron necesarias las balas para dejar su tierra, bastó con mensajes o advertencias para que dejaran todo y salvaran su vida.

Cada persona y cada familia sintió el miedo de manera diferente y les advirtieron de manera diferente. Hubo emisarios que parecía traerlos el viento, que confiaban en que sólo se podían ir por ocho días pero estos se convirtieron en dos años de pesadillas, así lo expresan los mismos pobladores.

El Camarón se ubica en la Sierra Madre Occidental, se conecta con el camino hacia las comunidades serranas del estado de Durango. Es un corredor de grupos delictivos en disputa, que bajan hacia Durango o suben de Durango hacia El Camarón y otras partes de Sinaloa.

Fotos: Carolina Tiznado

Contemplar la luna

Don Ángel Valdovinos Suazo y su esposa, Edelmira Miranda Valdez habían cumplido con sus tareas de casa. Él había ido al campo, recién había parido una vaca entre el monte y la cría tenía una mordida de un tigre. Estaba en mal estado y había que darle biberón o pegarla a la mama de la vaca, se tenía que salvar a los dos animales.

Sobre eso le contaba a Edelmira. Estaban acostados, abrazados, cuando el sonido de unas detonaciones los alertó. No hubo ni quién les dijera que tenían que irse, pero en ese momento salieron del lugar. En el camino se fueron encontrando con sus vecinos, todos huían de la comunidad.

“Casi toda mi vida he vivido allá… vivir aquí es una cosa dura, es otra vida a como vivíamos en el rancho. Aquí hay que ir todos los días al campo para poder comer, muy difícil, aparte lo que le sufre uno porque le faltan los animales, perdimos todo”, señala el hombre de 68 años que está refugiado con su esposa en la cabecera municipal.

Lo que más extraña son sus animales, principalmente sus vacas. Tenerlas formó parte de años de sacrificio, de irse por un tiempo a Estados Unidos, de juntar dinero para tener una vida feliz con su esposa.

Están en una casa que compraron antes, con el dinero que lograron cuando migraban a Estados Unidos, lograron juntar dinero para construir su patrimonio.

El matrimonio recuerda que su jornada en El Camarón iniciaba antes de las 6 de la mañana, luego se iba a limpiar la parcela para la siembra de maíz, frijol y otras labores agrícolas como dar pastura a los animales.

Ahora en la ciudad, es despertar temprano para irse a laborar a un empaque agrícola donde tiene un patrón y deben cargar maderas a pesar de las secuelas que tiene de una embolia que le dio hace dos años a Don Ángel Valdovinos. Ahí hace lo que puede, tiene que trabajar para subsistir, para pagar la renta, el agua, la luz, precisa.

Cuando las cosas eran difíciles en su comunidad, vendía una vaca y con eso alcanzaba para sostenerse. En su nueva realidad, eso no es posible porque las vacas también las perdieron.

“Mi anhelo cuando estaba en Estados Unidos era volver, ya había comprado esta casa (en la ciudad de Escuinapa), quería arreglarla (…) extraño mucho allá (El Camarón), toda mi vida. Uno vivía mejor, me iba a buscar las vacas, algunas que parían y así”, dice con nostalgia.

El carro que tenían para moverse, al estar en la ciudad, le han robado la pila, por lo que de momento quedó “tirado”. Dice que la pila es cara y no pueden comprarla.

Don Ángel tiene momentos duros, su enfermedad es una gripe consistente generada por la baja de defensas que le ha provocado la tristeza profunda y contenida, con la que ha vivido los últimos dos años. Don Ángel se niega a mostrar esa tristeza a sus hijos, prefiere aguantarla con la esperanza de regresar a su tierra.

Don Ángel Valdovinos. Foto: Carolina Tiznado

Doña Edelmira ha compartido toda una vida con don Ángel, sin embargo, hoy le toca compartir la tristeza de lo que han perdido, que una vez lo obtuvieron son su trabajo y sacrificios con la esperanza de vivir tranquilos.

“A mí no me gustaba venir (a la cabecera municipal), venía al mandado y para atrás. Extraño mis matitas, mi jardincito que dejé, mi vida era hacer el aseo, hacer lonche. Mi tarea era coser servilletas. Es muy duro, pero tenemos que irlo superando, uno tiene la esperanza de regresar, pero es una guerra, uno no tiene qué ver nada (con ello)”, lamenta.

En febrero del año pasado regresaron a su comunidad acompañados por militares, pero ya no estaban sus gallinas, ninguno de sus animales. Edelmira tomó lo poco que quedaba y sus servilletas.

Hasta las cosas más básicas de la ciudad hacen a la mujer extrañar todo lo que una vez tuvo. Acá donde viven ahora, tienen que comprar agua, ya no la acarrean del arroyo que tenían al pie de su casita, ese hogar al que cuando fueron ya estaba saqueado, ni puertas le dejaron. Sabe que cuando por fin regresen, tendrán que empezar de nuevo y están dispuestos a hacerlo.

“Sueña uno, seguido sueña uno que va al rancho, nos hablamos con las compañeras, me dicen ‘comadre, soñé que allá andábamos’, se siente muy triste esto, perder todo”, comparte doña Edelmira.

No los corrieron con balazos, pero sabían que como todos, tenían que abandonar el lugar. En donde hoy viven intentan recrear una parte del rancho con un pequeño jardín, con la hornilla que no se apaga porque siempre echan tortillas. En este lugar también se pueden ver la estrellas y la luna cuando sale entre los cerros. La contemplan como lo hacían en su casita de la sierra. Dicen gustosos que pueden ver la luz brillante y recordar cómo platicaban de cómo esa luna llena traería quizá uno o dos becerros. Es la misma luna que les trae esperanza.

Foto: Carolina Tiznado

Todo dejo de tener sabor

Una existencia de trabajo, con 12 hijos y lo que consideraban una vida resuelta para la vejez, se terminó en ese mes de 2024 para Santos Valdovinos Suazo y su esposa Elodia Magdaleno Huerta.

“No tenemos nada. Lo que teníamos era allá en el rancho, los animales y la casa, aquí todo es de mis hijos. Una hija nos hizo aquí para que nos viniéramos”, explica Santos.

En la ciudad, además de no tener nada, el médico le ha diagnosticado ansiedad, un término que para él es nuevo, antes no sabía de qué se trataba. No puede dormir, se despierta y quiere irse al rancho, tomar de nuevo camino a donde era feliz.

Desea ir a buscar a los animales que guardaban para cuando fueran viejitos y para no tener problemas para mantenerse. Planeaba no ser una carga, y no tenerlos ahora le quita el sueño, le duele, le frustra.

“Es lo que le duele a uno, porque uno le batalló. Era tener (una reserva) para cuando uno estuviera en cama”, dice.

Cuando les avisaron que se salieran les dijeron que solo sería por unos días. Dejaron todo como estaba porque pensaron que regresarían sin problema. De eso han pasado casi dos años, explica el hombre de 71 años.

Aún espera que sus animales estén, que anden en el campo, aunque quizá estén perdidos. Ellos representan todos los años de trabajo de su vida como migrante, de estar lejos de casa, de sus hijos. Ahora son residentes legales de Estados Unidos, pero ellos prefieren estar aquí, cerca del rancho, para cuando les digan que pueden volver, hacerlo de inmediato.

Santos Valdovinos. Foto: Carolina Tiznado

La pareja extraña todo, lo fresco del clima que aún en verano los obliga a taparse. Dicen que en la ciudad el calor les agobia, tienen que ver la televisión, mientras que en el rancho el aburrimiento se combatía con la plática entre vecinos antes de irse a dormir.

“Le digo a Santos ‘aquí me siento enferma de flojera, no soy así, no me dan ganas ni de hacerte de comer’, y allá, amaneciendo, uno ya anda prendiendo la lumbre, poniendo el agua para el café, a tortear, a guisar un huevito. No me dan ganas, me siento decaída de cuerpo, así sin ganas”, lamenta Elodia.

En la casa que hoy habitan y que es de su hija, Elodia intenta recrear su casa. Construyó un horno de lodo para cuando hace pan y empanadas, o para cuando prepara tortillas. Pero aquí lo que faltan son las ganas. La tristeza le gana, reconoce.

Relata que al ser madre de 12, cuando apenas tenía 6 de ellos y viendo que el dinero no alcanzaba para darles a todos una pieza de pan, le pidió a una vecina que le enseñara cómo hacerlo y así sus hijos pudieran comer más de una pieza.

“A mí me gusta andar en mis hornillas, hice uno (horno) dentro y uno afuera. Tengo mi horno para hacer pan de harina, de coco, de camote, de calabaza, conchitas. Y me ponía a hacer mis servilletas”, expresa.

Elodia también sueña con volver y en cómo construye las hornillas, pero luego la realidad la golpea, no tiene nada. En su casa ya no hay ni un plato. Cuando vieron la situación se les pego la tristeza a la carne, el dolor se convirtió en ansiedad y el gusto por hacer pan se le quitó. Asegura que lejos de su comunidad nada tiene sabor, todo es insípido y el cuerpo no obedece, se aletarga.

Elodia Huerta / En las casas intentan reconstruir los hornos de pan que tenían en su comunidad. Fotos: Carolina Tiznado

Ya no somos nada

Don Margarito Valdovinos Suazo da golpes constantes con el torso de la mano el cuello, el dolor en la nuca es persistente. Tiene 77 años, pero nunca lo había sentido hasta que llegó a la casa que construyó en El Camarón hace unos 50 años.

El dolor es persistente y parece agudizarse cuando la plática transcurre. Narra que se encontraba en la milpa en El Camarón, con un costal al que echaba elotes para cocer, cuando le avisaron que debían dejar el lugar, que sólo era por unos días, después volverían. Era para protegerlos de algún incidente en esta región. A él se lo dijeron en la milpa, no estaba en la concentración de la población.

Se alertaba de un enfrentamiento con “bombazos” lanzados por drones entre los grupos que se disputan ese territorio, entre Sinaloa y Durango. El Camarón está ubicado a 16 kilómetros de Escuinapa. Cuatro meses después, se acrecentó el enfrentamiento en El Camarón y rancherías cercanas. Por ejemplo, a 6 kilómetros de Escuinapa hay dos ranchos y sus habitantes también están desplazados.

“Ya va pa’ dos años y nada, estamos igual o peor, aquí sin trabajar todo este tiempo, no puedo”, dice Margarito.

No puede ir ni a cortar chiles, lamenta, pues en un ojo tiene debilidad visual y a eso se suma que en la última cita médica el doctor le diagnosticó que el dolor de cuello es por estrés, una palabra que no formaba parte de su vocabulario, pero con la que hoy convive.

“Antes, ¿de qué se estresaba uno?, nos llevábamos a puro trabajando en el campo, somos agricultores y ganaderos, éramos, ahora yo creo que ya no somos nada ¿qué podemos ser? Nada, ya no somos nada”, expresa.

Cuando se desplazaron a la ciudad, en el rancho había elotes, pero ya no hubo más siembra, allá ya no hay nada, allá se quedó el costal. Se queja de que su dolor de cuello no cesa y a veces se desespera. No duerme, pero se resigna. Le consuela que tiene a sus hijos y a su esposa en casa.

Aunque para él, El Camarón sea el mejor lugar, el más bonito, donde se puede cosechar frijol, maíz y criar animales, no puede regresar a quedarse. En febrero del año pasado fueron al rancho a ver cómo estaban las cosas. Recuerda que todos lloraron porque las casas estaban vandalizadas, sin puertas ni ventanas, los paneles solares destruidos y sus animales ya no estaban. Dice que fue un momento catártico para todos.

Margarito Valdovinos. Foto: Carolina Tiznado

Un beso como adiós

En la memoria de Alejandrina Llamas Villa hay momentos que atesora, como  cuando con su esposo Guadalupe Castañeda Quintero, bajaban en mulas o caballos hasta El Camarón, eran dos horas montando porque su casa en Tacuitapa, donde vivían a 6 kilómetros, está en una zona más arriba de la sierra.

En las noches de luna, el camino que se abría entre el campo era para admirar el paisaje. Alejandrina Llamas refiere que en ese entonces llevaban a sus hijos a los bailes hasta la comunidad de El Camarón y regresaban a casa sin temor a nada. Fueron 53 años viviendo en Tacuitapa.

Hace toda una vida que empezó su historia con Guadalupe Castañeda. Ella era muy joven y él tenía ya 36. Comenta que se fueron a formar su hogar en la sierra, donde la edad no era visible.

Fueron muy felices hasta que tuvieron que salir y una vez en la ciudad, privaron de la libertad de manera ilegal a su hijo menor, Doroteo. No lo volvieron a ver y con toda esa tristeza en el alma, don Guadalupe se fue apagando. Hace 4 meses murió, a los 89 años.

“Siempre estábamos juntos (su esposo y ella), no nos habíamos visto porque había estado hospitalizado, pero nos lo trajimos. Lo vi, lo abracé y le dije ‘tú quieres que te bese, verdad’. Lo besé y así nos despedimos. Quedó como dormido, murió con la ilusión de volver a Tacuitapa y volver a ver a su muchacho, quería ir a buscarlo”, agrega la mujer de 72 años.

Alejandrina. Foto: Carolina Tiznado

En una pared de su casa, cuelga una fotografía de su hijo Doroteo, quien aún está desaparecido. Una veladora encendida lo alumbra permanentemente. Alejandrina asegura que es para que esa luz guíe a su hijo porque ella confía en que él aún vive.

Extraña todo de su casa, el clima y la vida misma, donde no sentía la edad de su esposo, “vivíamos muy felices allá, ¿usted cree?, toda una vida allá. Me fui cuando tenía 15 años, solo nosotros vivíamos allá. Mi esposo se iba a sembrar, mis hijos iban y venían en ‘aguas’ (temporada de lluvias), había que ordeñar”, recuerda.

Alejandrina advierte que en las más de cinco décadas viviendo en la sierra, sí hubo episodios de violencia. Le secuestraron a otro hijo en la década de los 90, pero aclara que eran años en que las autoridades les escuchaban y se movilizaron para buscarlo. Atendían las demandas de los pobladores. Esa ocasión recuperaron a su hijo y siguieron viviendo ahí.

Ella mantiene la promesa que refrenda a su esposo cada lunes, cuando lo visita en el panteón: cuando ella parta de este mundo será sepultada junto a él. Estarán juntos como siempre en esa tierra tan de ellos, de donde ya no serán desplazados.

El visitador adjunto de la Zona Norte de la Comisión Estatal de Derechos Humanos (CEDH), Erick Tiznado Sánchez, reconoce que quienes más padecen el desplazamiento forzado son las personas adultas mayores. En algunas regiones, algunas personas mayores han dedicido regresar porque no lograron adaptarse y hay quienes han fallecido por enfermedades generadas por la tristeza, lejos de su tierra.

Foto de Doroteo, se encuentra desaparecido. Foto: Carolina Tiznado

Un éxodo sin fecha de regreso

Volver a El Camarón es volver a la época feliz compartida con su madre y hermanas, cuando soñaban en formar que sus hermanas tuvieran sus propias y que pudieran regresar sin problema siempre a su tierra, a su raíz, externa Andrea Angélica Castañeda Galindo.

Allá están los recuerdos de las fiestas de cumpleaños de su madre cada 11 de diciembre, para luego celebrar a la Virgen de Guadalupe el día 12. En El Camarón estaba su plan de retiro del trabajo, ella laboraba en la ciudad de Escuinapa. Andrea Angélica regresaba siempre a El Camarón para tejer otros sueños, a pensar poner algún día una tienda para ofrecer a vecinos y amigos lo que necesitaran.

Sus hijos ya habían emigrado, tenían su vida en otros lugares. Andrea Castañeda, junto con su esposo, consideró que era el momento de vivir en El Camarón de forma permanente, el lugar que siempre los hizo feliz.

Ya tenían casas nuevas hechas con apoyo del gobierno. La comunidad de El Camarón puso la mano de obra: participaron como peones o construyeron los bloques para la construcción. Y tenía lo fundamental: los paneles solares les daban la energía que requerían y así el rancho estaba bien iluminado.

«Construimos casas tan bonitas, oiga. Bonito porque eran las 4 de la mañana cuando todas nos veníamos a la cocina y hacíamos el desayuno. Los hombres hacían los bloques y nosotros los volteábamos, los regábamos, era un trabajo bonito, duro, porque me decía una comadre, ‘me sangran las manos, comadre’. (Yo) decía, ‘a mí también’. Pero estas casas son de nosotras porque las hacemos de nuestra sangre», relata.

Un día salió de la comunidad de El Camarón hacia la frontera de Baja California para ayudar a una emergencia médica de un sobrino y ya no pudo regresar porque llegó la hora del desplazamiento.

«No me tocó volver, a estas alturas ya lo asimilo, pero al principio no porque se me quedó todo: mis cobijas, mi suéter, mi ropa, empezamos de cero aquí en Escuinapa”, detalla.

La salida fue repentina para todos. Algunos le contaron cómo dejaron la comida puesta sobre las hornillas del fogón. También pensaron que en una semana estarían de vuelta y han pasado casi dos años del suceso.

«Allá era una paz, una tranquilidad, no batallamos. Los domingos que llegaban los ciclistas, con gusto me levantaba a las 5 de la mañana para hacer la comida, era una fiesta, muy bonito», dice la mujer de 62 años.

Andrea Castañeda se la pasaba en la cocina cuando los grupos de ciclistas subían el cerro para desayunar en la comunidad. Incluso, inició su emprendimiento de venta de refrescos para tener algo cuando bajara a la cabecera municipal y llevar alimentos.

También atesora las tardes de costura junto a sus vecinas en las que todas bordaban servilletas.

Se le desgarra el alma cuando recuerda la situación que vivieron, se vinieron abajo sus planes de disfrutar la comunidad junto a su esposo, después de haber cumplido como padres.

El primer año ni siquiera podía voltear a ver la zona de cerros y montañas, le dolía, le lastimaba demasiado, “lloraba mucho y para no ver los cerros, a veces no me quedaba aquí (en una colonia de la periferia de Escuinapa)». Evitaba ver los cerros que se visualizan desde la colonia Insurgentes, el camino que conecta hacia El Camarón.

En su comunidad se quedó todo su patrimonio, incluyendo las tres vacas que compraron su hija y su yerno para la graduación de medicina de una de sus hijas. Estaban preparadas para esa fecha tan importante.

«Teníamos tan chiqueonas (mimadas) a esas vacas, cada ocho días lavábamos donde toman el agua. Una hermana era curiosa, le puso pisito, entonces ellas no tomaban agua del arroyo porque estaba sucia, tenía que ser de esa llanta», dice.

Pensar en que sufrieron entre el monte, sin verlos, es algo que le duele, no puede pensar en que están mal. Todo eso la llevo a tener una depresión.

«Antes aquí (en la ciudad de Escuinapa) vendía elotes, ceviche, pero me fui al rancho y ya, ¿a qué venía (a Escuinapa)? Si allá estaba la felicidad más grande», narra y suspira.

Volviendo, todos los dolores del cuerpo y el alma terminan

Don José Quintero Castañeda a veces ha querido correr hasta llegar a su comunidad, volver a respirar ese aire, volver al lugar que fundó junto con otras dos familias como comunidad.

Platica y quiere que no quede ni un hilo suelto de lo que tiene que relatar, de lo que quiere que todo el mundo sepa: cómo es que El Camarón se convirtió en su vida.

Eran terrenos ejidales, él ya vivía en Tacuitapa, una comunidad ubicada hacia arriba, a 16 kilómetros de la cabecera municipal de Escuinapa. Esa comunidad colinda con comunidades de El Rosario, que limita con el estado de Durango.

Cuando se presentó la oportunidad de fundar El Camarón, no tenía ocupación. Fueron dos o tres años de lucha, ellos necesitaban tierras, una vivienda. La lucha para ellos inició cuando él tenía 27 años, hoy tiene 84.

También sostuvo una lucha con las instituciones de gobierno. Sin embargo, consiguieron que se les reconociera y que se fundara la nueva comunidad, El Camarón. Ese logro representó tener tierras, casa y su patrimonio.

“Para mí ha sido una pesadilla (el desplazamiento forzado) que todavía la siento, siento desesperación. El año pasado me golpeó una vaca y me tiró pa’trás, me golpeó la cabeza. De ahí pa’cá me pierdo, pienso que allá se me van a quitar todos mis males, extraño mis vacas, mis caballos, todo”, dice don José Quintero.

No siente miedo, solo quiere volver. Él es de los habitantes mayores de la comunidad. Sus amigos, sus vecinos le preguntan cuándo van a regresar, pero eso lo ve lejano, asegura que se siente acabado en su vida.

Sus días son: no dormir por las noches, levantarse y recorrer los campos viendo los cerros (alrededor de la colonia Insurgentes en Escuinapa). Añora su tierra con la fe de volver en algún momento para ver a la ‘Golondrina’, una de sus vacas. Piensa que quizá esté en los huesos o ande perdida entre el monte porque quizá no ha sido víctima de la violencia.

“Nosotros hicimos el camino con pico y pala, todo hicimos nosotros. Ya les dije a todos (sus vecinos): ‘no podemos volver, no queremos perder a uno de nuestros hijos’”, sentencia.

La vida en la ciudad es de tristeza, afirma mientras se le quiebra la voz. El dolor que siente no es físico, pero es más profundo. “Estar aquí no es vida. Tuve que frenar todo lo que siento. Yo creo que cuando luché (por las tierras) sí tenía enemigos, pero estos no tenían armas, a ellos se les enfrentaba con la cabeza, con palabras, ahora no se puede”, refiere.

A don José, ‘Chepillo’, como es conocido, también le pasó que cuando pudo regresar a su comunidad junto a algunos vecinos, en febrero de 2025, escoltados por las fuerzas federales, la encontraron en ruinas. Recuerda que lloraron, pero no pierde las esperanzas de volver y reconstruir.

“Sueño todos los días con El Camarón, pasan 3 o 4 días que ni hablo, ni platico, es la tristeza, yo no puedo descifrar esto. Tengo esta bola (en el cuello) que de pronto me duele. Por eso me voy a trabajar (al corte de hortalizas) para no estar aquí, porque con cualquier cosa me altero como si fuera un encendedor”, comparte.

Siente que preocupa a su familia con quien discute a veces porque, dice, están detrás de él para cerciorarse de que no tome el camino de regreso a la comunidad. Eso a veces lo altera, hace que discutan y siente que no lo entienden.

“Dos cosas pienso nada más en esta vida: morir en El Camarón y vivir 100 años. Ahora por todo me empieza a salir agua (lágrimas), eso he notado, que desde que estoy aquí se me ablandó todo”, expresa.

José Castañeda Quintero, fundador del Camarón. Foto: Carolina Tiznado

Viven una etapa de duelo

Para especialista internista geriatra, Alejandra Quevedo Herrera, las personas adultas mayores que son desplazadas de manera forzada, viven en etapa de duelo y requieren atención integral en su salud física y mental.

“En el adulto mayor el significado que ellos tienen de desplazamiento es considerado un duelo porque dejan vecinos, amigos, la rutina del día a día y no es nada fácil porque es el grupo más vulnerable que tenemos en la sociedad y económicamente hablando, desde dejar sus recuerdos”, detalla la especialista.

Las consecuencias en su salud son la depresión, la ansiedad, estrés postraumático y el miedo se vuelve permanente, por lo que recomienda que la red de apoyo debe ayudarle a reconstruir rutinas y darles un sentido de vida para que sientan que son útiles y que tienen más que dar. Hacerles sentir que su sabiduría tiene un gran valor para la sociedad.

Lo que más ayudaría es que les atendieran con gerontólogos, apunta Alejandra Quevedo, y aunque se desconoce oficialmente el número de personas adultas mayores desplazadas en Escuinapa, se calcula que sólo de El Camarón son alrededor de 30.

Con relación al desplazamiento forzado interno, la dirección de Bienestar Social del ayuntamiento de Escuinapa, comenzó a registrar los primeros casos en noviembre de 2024, como un fenómeno nuevo porque no tenían datos anteriores al respecto.

“En noviembre (de 2024) tuvimos nosotros el primer contacto con la población desplazada de la comunidad de El Camarón y El Tule, tuvimos una entrevista, nos comentaron que en septiembre de 2024 abandonaron sus casas. Tenemos registradas 16 familias”, informó la directora de la dependencia Bienestar Social municipal, Diana Arely Ramos de la Torre.

Se trata de 13 familias de El Camarón y tres de El Tule, algunas viven en la cabecera municipal, otras en la comunidad de El Valle Agrícola, la mayor parte son adultos mayores que cuentan con la pensión Bienestar y hoy viven en casas prestadas, con sus hijos o conocidos.

Los hombres se dedican a la agricultura y ganadería, las mujeres hacen pan o bordan servilletas. Dejaron su ganado en sus comunidades de origen y esa situación les genera angustia.

“De dos a tres casos nos platicaron que enfermaron, algunos les salió alta presión, les salió diabetes. Sí necesitan esa atención en la salud. Son comunidades formadas principalmente por adultos mayores que están en busca de refugio con sus hijos, dejaron su actividad económica y sus hogares”, reconoció la funcionaria.

El censo de las personas que dejaron sus hogares se actualiza y lo envían a la Secretaría de Bienestar del gobierno estatal, para dar seguimiento y ver la forma para apoyar, aseguró Diana Arely Ramos.

Faltan denuncias por DFI en una zona donde prevalece el miedo

La Visitaduría Zona Sur de la Comisión Estatal de Derechos Humanos (CED) registra desde hace varios años el desplazamiento forzado de diferentes comunidades, pero no consideran a Escuinapa porque es un fenómeno que se presenta prinicipalmente en municipios como Concordia, Rosario y comunidades de Mazatlán, dio a conocer el visitador adjunto Erick Tiznado Sánchez.

“En 2024 empezó a subir el número de registros de desplazados de Concordia y Rosario, es un fenómeno social que nos involucra a todos. Mazatlán no es la excepción de recibir a personas de estos lugares”, añadió el visitador.

Desde que empezó el problema de la guerra entre dos grupos antagónicos y la violencia en la zona rural, no hay datos que señalen el desplazamiento forzado de Escuinapa, que es la frontera sur con el estado de Nayarit, precisó Tiznado Sánchez.

Al destacar que la población más afectada en el desplazamiento forzado es la de las personas adultas mayores, Tiznado Sánchez recordó que un adulto mayor de 80 años falleció por no adaptarse. “Esto porque les cuesta vivir en la ciudad y por pequeña que ésta sea, ellos necesitan estar en su casa”.

El visitador reconoció que, aunque la Ley para Prevenir, Atender y Reparar Integralmente el Desplazamiento Forzado Interno en el estado de Sinaloa existe desde agosto de 2020, no está visualizado en la Fiscalía del Estado, puesto que no hay denuncias para que se siga un procedimiento.

“Es un fenómeno social que afecta no sólo un derecho, sino muchos derechos: el derecho a la educación, a la salud, el poder comercializar. Me tocó documentar en la sierra de Rosario, viven de la venta de ganado y no se les permitía vender, o se los quitaban, si no los vendían pues no podían sobrevivir. Es una situación compleja que viven personas que se resisten a salir de su lugar de origen”, detalla.

Para que la ley de desplazamiento forzado tenga una penalización, tiene que haber denuncias que generen la investigación sobre el hecho, pero no se tienen datos de ello, insistió el visitador.



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