“DUELE EN EL ALMA”, alcancé a leer en el titular del periódico Expreso, mientras esperábamos la luz verde del semáforo, que en cuatro palabras, como si hubiera sido posible hurgar los más profundos sentimientos de cada habitante de la ciudad y gran parte del País, describía de manera única lo que se vivía en Hermosillo desde hacía no más de quince horas. Miré también al joven papelero que ofrecía el diario a los automovilistas. No sé si fue mi vista obnubilada la que lo percibió de forma diferente. Esta vez no se movía animoso entre los autos como lo hacía siempre.
Eran minutos antes de las ocho de la mañana del 6 de Junio del 2009, en el auto viajábamos en silencio total Estela y yo, nos dirigíamos a la unidad de medicina legal de la PGE, con destino a llevar a cabo la tarea que nunca, ningún padre o madre quisiera tener que realizar: Recibir el cuerpo sin vida de un hijo. Me es casi imposible recordar si cruzamos alguna palabra en el trayecto y si lo hicimos, mi mente y el tiempo, se han encargado de ocultarlas en algún muy escondido recoveco de mi cabeza. Lo que si tengo muy claro, es que de cuando en cuando, mi vista se posaba en el regazo de mi esposa, donde ella llevaba, cuidadosamente doblado, un cambio de ropa de nuestro hijo Julio César. Pantalón y camisa y sobre ellos un par de zapatos. Conjunto con el que tantas veces Estela lo vistió coronando con un –Que guapo!-, esta vez fue escogido para que fuera su última vestimenta, la que lo acompañaría ahora por siempre.
Al llegar al frio edificio que a esas horas lucía desolado pero que una noche antes había sido cadalso o el mismo infierno para tantos padres y familias que habían acudido en la búsqueda de sus hijos, deseando con todo su ser no encontrarlos, a esa área de la Procuraduría de Justicia del Estado donde son llevados los cadáveres de personas que tuvieron una muerte no natural. Los tramites y papeleo para la entrega del cuerpo de Yeyé fueron inusualmente rápidos, algo que en ese momento no percibí pero que con el paso del tiempo comprendí que tal inusual eficiencia burocrática estaba íntimamente ligada a la dimensión de la tragedia. Calculo que fue quizás media hora lo que demoró en darse cumplimiento al papeleo. En unos pocos minutos, después de finalizados los tramites con los empleados de la institución del gobierno estatal, Estela le entregaba la ropa al empleado de la funeraria que sería el encargado de arreglar y trasladar el cuerpo de nuestro amado hijo a la funeraria donde la daríamos el adiós definitivo.
La sala se encontraba totalmente vacía cuando llegamos a la funeraria ya que habíamos citado y pedido que se avisara a nuestras familias y amigos que el servicio funerario iniciaría a las once de la mañana. Como es de todo ese día, no recuerdo muchos diálogos o momentos, se centran en los más importantes y sobre todo en esa hora a partir de que arribamos al lugar. En un momento salió un empleado a decirnos que podíamos pasar si queríamos estar a solas con nuestro hijo antes de que llegara la gente. En lo que pareciera ser, a la vez un instante y una eternidad, que llevo grabado en lo más profundo de mi ser, lo teníamos frente a nosotros. Ahí estaba, pero esta vez era muy diferente. Ya no sonreía, no abría los ojos, no hablaba. Ya no diría que el era “monito” , ni que se llamaba Chavo. De su boca no podrían ya salir las palabras para contarme acerca de las películas que vieron en su sala de la guardería la mañana del día anterior, previo a la hora de la siesta que nunca acabó. Ya no estaba más. Decir tocar su rostro, su cabello, es sentirlo literalmente en este momento, Vuelvo a escuchar las palabras que Estela le dirigía a Yeyé. Su despedida.
Poco después el mismo empleado nos preguntó si queríamos mantener abierto o cerrado el ataúd durante el servicio. Estela y yo no lo habíamos pensado antes, pero fue de inmediato que decidimos: se mantendría cerrado y no porque como he dicho en otras ocasiones, su cuerpo estuviera lastimado o con lesiones. No, queríamos que quienes lo hubieran conocido mantuvieran en su mente el recuerdo de cómo fue en vida. Riendo a carcajadas, enojado, dormido, haciendo rabietas, jugando con una pelota. Como fuera, pero con vida. Así lo quisimos y el ataúd se cerró definitivamente.
El resto del día yo no estuve allí, estuvo mi cuerpo pero no más. Mi mente decidió instalarse en un lugar cómodo, sin ir más lejos de un par de días atrás. Ahí todo era felicidad aun, no había dolor.
Familia, todos mis hermanos y padres, algunos tíos y primos que viajaron de otras ciudades, amigos muy cercanos, hermanas de Estela y mi suegra. Mas familia, gente, muchísima gente hasta ese momento desconocida pero que desde un día antes se volvieron familia y sufrieron como propio ese dolor que a todos acuchillaba, estuvieron ahí, acompañándonos y brindándonos todo de si.
Al filo de las seis de la tarde, el empleado de la funeraria nos dijo que era hora de partir al cementerio. La hora de la despedida final había llegado. Escogimos como última morada de nuestro hijo el panteón Colinas de San José, ubicado muy al norte de la ciudad, totalmente fuera del casco urbano. Así lo decidimos porque en ese mismo cementerio se encuentra sepultado mi suegro, quien en Mayo del 2004 perdiera la vida trágicamente en un accidente de tránsito a muy pocas cuadras donde ocurrió el incendio de la Guardería. Don Santiago no tuvo la más mínima posibilidad de conocer a su nieto, pero en cambio, descansarían por siempre muy cerca uno del otro.
Después de formar una de las tantas caravanas trágicas de ese día sábado y precisamente haber coincidido con otra en el trayecto de casi cuarenta minutos, arribamos al lugar de destino. Nubes se formaban en el horizonte, como si el cielo triste quisiera derramar lágrimas contenidas. Finalmente no llovió, quizás entendió que ya dentro de nosotros mismos se formaban verdaderas tormentas.
Ver descender el pequeño cajón blanco al hoyo en la tierra hecho para tal fin, es algo que genera un sentimiento que no tiene forma de describirse. Es ese momento donde para muchas personas que sepultan seres queridos se siente un brutal golpe en la nuca. Es entrar en la realidad. Cuando se está en la funeraria se puede pensar que todo es un mal sueño o que nuestro ser amado en cualquier momento despertara de nuevo. Pero ahora, cada centímetro que baja el ataúd es un sin retorno que jamás, nada ni nadie, podrá revertir.
Bastante tiempo después, un conocido me dijo en una conversación que tuvimos sobre el tema, que recordaba que al vernos tan aparentemente serenos a Estela y a mí a lo largo de todo ese día, le había hecho pensar en que éramos muy fuertes interiormente y que nos admiraba por ello. Nada más alejado a la realidad, estábamos en un completo estado de parálisis, que en mi caso empezó a revertirse con cada paleada de tierra sobre el ataúd. Tierra cayendo que significaba el verdadero adiós definitivo.
En el momento de la última paleada terminan mis recuerdos de ese día. Si los hay, pero ya no forman parte de esta historia, porque a partir de ahí, iniciaría otra muy diferente qué hoy se sigue escribiendo…

#GuarderíaABC
Del muro de Julio Cesar Marquez
