Lo que nos pasó y lo que hicimos con lo que nos pasó; lo que nos obligaron a callar y lo que podemos contar, después, sobre ese silencio. En ese espacio intersticial vivimos. Yo podría contar que hace un año el silencio y la espera se encarnaron en el cuerpo de mi familia, y que faltan muchos años para que podamos nombrar la razón. Podría contar que ese mes me acompañaron dos libros, que a uno de ellos lo olvidé por completo aunque lo leí en voz alta dos veces, y que el otro se lo regalé a una amiga, también por esos días, el día del funeral de su padre. Regalar libros en un funeral fue un gesto que todavía me carcome de vergüenza por las noches. ¿Qué pretendía? ¿Qué hacía yo en ese momento? ¿Fue imprudente, desconsiderado? Pero ¿qué cosa es adecuada ante la muerte?
Podría contar que el libro que leí y olvidé es El libro de nuestras ausencias, de Eduardo Ruiz Sosa. Que lo leí como quien repite una oración sin detenerse mucho en el significado de las palabras que está diciendo: para acompañarse de la propia voz, que en el dolor tantas veces nos parece ajena. Ida y vuelta, ida y vuelta. Que hay libros que uno lee para no estar solo en lo que no puede nombrarse. Poco importa si podemos hablar de ellos con propiedad después. No sé lo que ese libro hizo en mí. Sé lo que trajo de regreso.
Podría contar algo del otro libro. Del que reapareció en medio de todo aquello. Del que terminé regalándole a mi amiga. El nadador en el mar secreto, de William Kotzwinkle, me acompaña desde hace años, como brújula y ensalmo. Me acompañó cuando murió Miguel Bojórquez, amigo del alma y cantautor culichi. Lo leí para dejar que su pérdida me tocara porque, a veces, ante la conmoción el dolor huye del cuerpo y deja un trance de anestesia y desorientación. Uno camina, habla, come, y pareciera que dentro no hay nada que se mueva, ni dolor ni recuerdo del dolor. El libro fue la forma de abrirle la puerta. Volvía una y otra vez a este fragmento: «Ya se va, pensó Laski. Ha madurado y me abandona. Adiós, adiós, se despidió mirando hacia el hermoso cielo del este, donde el sol encandilaba los árboles. El viento te hace libre. Los vientos y el sol te hacen grande.» Una y otra vez volvía a abrir el librito rojo de pasta dura, leía, esperaba el dolor. Y el dolor llegaba.
Kotzwinkle lo escribió después de perder a su hijo recién nacido. No busca épica en el dolor. Encuentra el estallido y el desgarro de lo irreversible en la intimidad del acontecimiento. Narra el parto, la muerte y lo que quedó después: un hombre solo en un cobertizo, de noche, construyendo el ataúd de su hijo con tablones de pino, los mismos que usó para construir la casa donde viviría. Trabaja despacio, con el aserrín sobre las rodillas. «Construí nuestra casa, con una habitación para él, y ahora le estoy haciendo su ataúd. En nada difiere el trabajo.» Laski termina antes del amanecer. Sale al bosque nevado con la caja entre los brazos. La carga es enorme y ligera al mismo tiempo. Como el libro.
La lectura no es un territorio sagrado. Ni idealización ni romantización ni cinismo. Lo he dicho varias veces ya, siempre hay que volver a decirlo. Pero sigue siendo un territorio de resistencia. Ocurre en la intimidad aunque leamos en la calle, en el camión, en la sala de espera del hospital. La amenaza se instala en las calles, en los cuerpos, en las conversaciones, en lo que uno dice y en lo que uno calla, pero lo que ocurre entre una persona y un libro todavía nos pertenece.
Quizás por eso seguimos leyendo. Quizás por eso seguimos escribiendo sobre lo que leemos en los momentos imposibles. Llevamos años hablando de esto. Escribiendo sobre esto. Nombrando la muerte, la pérdida, la desaparición, la espera. A veces pienso que es demasiado. ¿Y si es así? ¿Y si esto es lo que hay que hacer con lo que nos pasó? Sostener la insistencia. Seguir poniendo palabras donde otros quisieran silencio. Seguir regalando libros, aunque después la vergüenza del gesto torpe vuelva en la noche y no nos deje dormir.
Artículo publicado el 21 de junio de 2026 en la edición número 25 del suplemento cultural Barco de Papel.
Publicado originalmente en Río Doce






