Fue Antonio Soto Canalejo un anarcosindicalista nacido en Ferrol en 1897, que emigró a la Argentina para huir del reclutamiento obligatorio para la Guerra de Marruecos y que, tras destacadas peripecias militantes en la Patagonia y otras localizaciones, falleció en Punta Arenas (Chile) en 1963.

Por Germinal Cerván.

Hace poco más de un par de meses, Antonio Soto volvió a morir. El actor Luis Brandoni, que lo encarnó en La Patagonia rebelde, falleció en Buenos Aires el 20 de abril pasado. Los que descubrimos la historia del conflicto patagónico argentino de los años 1920-1921 no podemos dejar que las veleidades y peripecias políticas de Brandoni, sus querencias por la Unión Cívico Radical y sus intentos de alcanzar notoriedad política en diversos cargos, nos hagan olvidar aquel otro Antonio Soto, el que promovió las huelgas de los peones rurales y esquiladores en defensa de unas mejores condiciones de trabajo contra los brutales abusos de los estancieros de la Patagonia.

La Sociedad Obrera de Río Gallegos declaró huelgas y movilizaciones con algún éxito. Aún podemos recordar cuando la Sociedad penalizó a un patrón de los hoteles de la localidad con una multa al ser culpable de la huelga, multa que se utilizó para la compra del “objeto más querido para un anarcosindicalista”, una imprenta Minerva. La celebración del triunfo se hizo con la interpretación al piano del compañero Graña del himno libertario Hijos del puebloEs el mismo Graña, también fallecido como Soto, que plantea en plena asamblea sindical la disquisición filosófica de “¿para qué hacemos la revolución?” y protesta porque se le coarta en su libertad de expresión cuando se le retira la palabra. Graña, sindicalista gallego conocido como El Español, fue encarnado por otro gallego, Tacholas, actor nacido en Ourense y radicado en Argentina desde la dictadura de Primo de Rivera.

La Sociedad Obrera de Río Gallegos organizó la movilización de los peones rurales y venció, pero cuando se retiró el ejército, garante del pacto sindical, los estancieros incumplieron descaradamente lo acordado. Cuando los peones retomaron las movilizaciones, se desató la represión más cruda.

El teniente coronel Varela fue el ejecutor de la masacre. Bajo el nombre de comandante Zavala, Héctor Alterio encarnó a este personaje asesino y servil, que llegó a decir “Tal vez digan de mí que fui un militar sanguinario. Nunca un militar desobediente.” Varela comenzó a descabezar el movimiento reivindicativo asesinando a los delegados de los peones rurales, que confiaban en él por su papel anterior en el conflicto.

José Font, Facón Grande, está entre sus víctimas. Carretero de gran predicamento entre la peonada, dirigió una columna de huelguistas. Confiando en Varela, se entregaron con la promesa del respeto a sus vidas, pero fueron fusilados ignominiosamente. Federico Luppi hizo cuerpo en Facón Grande, que en su último acto de rebeldía, se enfrentó al pelotón de fusilamiento, cuando fue consciente de lo que iba a pasar y no se le permitía sujetar con la faja las bombachas, que se le estaban cayendo, al grito de “Cobardes, así no se mata a un criollo”.

Mientras tanto, la columna de Soto se establecía en la hacienda La Anita, a donde comenzaron a llegar noticias de la terrible represión. Reunidos en asamblea, el debate ya solo era la rendición o no. Su compañero Shultz, El Alemán, era partidario de continuar la lucha, pero también de aceptar la decisión de la asamblea. El Alemán, amigo de Soto, disciplinado y contrario a la decisión individual de huir, aunque era consciente de lo que les aguardaba al ponerse en manos de Varela. Pepe Soriano, también fallecido hace unos años, encarnó a un Alemán honrado e incapaz de abandonar a sus compañeros aunque se rindiesen.

Soto intentó durante horas convencer a los huelguistas para continuar la lucha: “Os fusilarán a todos, nadie va a quedar con vida, huyamos compañeros, sigamos la huelga indefinidamente hasta que triunfemos. No confiéis en los militares, es la traílla más miserable, traidora y cobarde que habita la tierra. Son cobardes por excelencia, son resentidos porque están obligados a vestir uniforme y a obedecer toda su vida. No saben lo que es el trabajo, odian a todo aquel que goza de libertad de pensamiento. No os rindáis compañeros, os espera la aurora de la redención social, de la libertad de todos. Luchemos por ella, vayamos a los bosques, no os entreguéis.” Por fin, en la última asamblea les imploró: “Sois obreros, sois trabajadores, a seguir con la huelga, triunfar definitivamente para conformar una nueva sociedad donde no haya pobres, ni ricos, donde no haya armas, donde no haya uniformes ni uniformados, donde haya alegría, respeto por el ser humano, donde nadie tenga que arrodillarse ante ninguna sotana ni ante ningún mandón.”

La asamblea decidió rendirse y entregarse. Soto se despide diciendo: “Yo no soy carne para tirar a los perros; si es para pelear me quedo, pero los compañeros no quieren pelear”. Él y un pequeño grupo huyeron monte a través a caballo hasta conseguir entrar en Chile. La represión se hizo más cruenta y Varela diezmó a los peones rurales que se entregaron, dándole la razón a Soto. Shultz, El Alemán, estaba entre los fusilados.

En algunos sectores sindicales se acusó a Antonio Soto de aventurero y de provocar las masacres. A la propia amargura de la derrota, tuvo que añadir la infamia, pero durante toda su vida no abandonó sus ideas anarcosindicalistas y elaboró los informes con toda la descripción de lo sucedido para conocimiento de la FORA (Federación Obrera de la Región Argentina), central a la que estaba adherida la Sociedad de Río Gallegos. Cuando falleció, una inmensa manifestación ocupó las calles de Punta Arenas. Cuando falleció Brandoni, muchos de los asistentes a su entierro lo fueron en recuerdo de aquel Antonio Soto que había encarnado con tanta pasión.

¿Y qué fue de aquel Zavala, mejor dicho, Varela, asesino y militar obediente? Un año más tarde, un obrero alemán de ideas anarquistas Kurt Gustav Wilckens lo esperó delante de su casa, le arrojó una bomba y le metió cuatro tiros, los mismos que les adjudicaba Varela a los reprimidos. Tolstoiano, pacifista y vegetariano, su ansia de justicia lo llevó al atentado. Ya en la cárcel escribió: “No fue venganza; yo no vi en Varela al insignificante oficial. No, él era todo en la Patagonia: gobierno, juez, verdugo y sepulturero. Intenté herir en él al ídolo desnudo de un sistema criminal. ¡Pero la venganza es indigna de un anarquista! El mañana, nuestro mañana, no afirma rencillas, ni crímenes, ni mentiras; afirma vida, amor, ciencias; trabajemos para apresurar ese día.”  Wilckens falleció en la cárcel, asesinado por un ejecutor, que tampoco se libró, tiempo después, de su propia ejecución.

Osvaldo Bayer recuperó para todos nosotros esta historia en su libro Los vengadores de la Patagonia trágica, lo que lo obligó a exiliarse de la dictadura argentina, al igual de Luppi, Soriano, Alterio o el propio Brandoni, perseguidos por la triple A, aunque todos ellos pudieron volver tras la dictadura militar. Fallecido en 2018, lo mataron por segunda vez cuando demolieron la estatua que se había erigido en su honor a la entrada de Río Gallegos. Lo hizo la llamada Vialidad Nacional en cuanto entró Milei con la motosierra con la excusa de que era una reestructuración viaria y Vialidad es el organismo encargado de estas cuestiones.

Osvaldo Bayer nos cuenta la única derrota de los asesinos. Es la protagonizada por las “putas de San Julián”, a las que Varela envió a los criminales para recompensarlos por su esfuerzo fusilador. Las prostitutas se negaron y se enfrentaron a la tropa al grito de “con asesinos no nos acostamos”, protagonizando el único acto de solidaridad y resistencia con los represalidados. Se salvaron ellas mismas del fusilamiento porque las autoridades llegaron a la conclusión de que sería peor darle visibilidad a estos sucesos y decidieron la expulsión. Sus nombres eran Consuelo García, Ángela Fortunato, Amalia Rodríguez, María Juliache y Maud Foster. Todas ellas han fallecido ya y las quisieron matar también por segunda vez, sepultando sus nombres y obligando a cambiárselo. Alguna volvió años después y en su tumba nunca faltan flores.

Dice Bayer en su libro Las putas de San Julián“Jamás creció una flor en las tumbas masivas de los fusilados; sólo piedra, mata negra y el eterno viento patagónico. Están tapados por el silencio de todos, por el miedo de todos. Solo encontramos esta flor, este gesto, esta reacción de las pupilas del prostíbulo “La Catalana”, el 17 de febrero de 1922. El único homenaje a tantos obreros fusilados”.

Que su memoria de todos ellos, muertos por segunda vez, no sea solo una anécdota histórica más o menos interesante. Que su legado nos sirva para nuestra propia peripecia vital.



Fuente: Sindicalismo.org