POR: TONATIUH CASTRO SILVA

El “habla sonorense” viene siendo en realidad un conjunto de las lenguas del noroeste de México; un panorama abundante tanto en términos históricos, como actuales. Ahora bien, si asumimos a cabalidad el término “sonorense”, este se referiría entonces sí a la forma idiomática de interés de Rodolfo Rascón Valencia en su libro homónimo, que es la predominante en una región particular del vasto horizonte del estado de Sonora, correspondiente con un segmento poblacional específico que es justamente el gestor de la identidad cultural que se asume como prototípica de la entidad, donde destaca la denominación estatal y el gentilicio “sonorenses”.

A partir de un profuso léxico, de un sugerente apartado de dichos y refranes regionales, y de una constante alusión a la toponimia, el autor de El habla sonorense, siglo XX nos introduce en un viaje en el tiempo para redescubrir el presente, en múltiples sentidos; tanto en el que el autor asume como postura personal y desearía inducir en sus lectores, como en otros sentidos que es posible plantear pretendiendo una apreciación del trabajo en su justa dimensión.

Siendo yo un fuereño, fue un gusto y un reto a la vez acompañar al autor en la presentación de su entonces reciente obra, valiosa como siempre son los textos de “tioRodolfo”, quien no es mi tío pero que, asumiendo el discurso propio del volumen, debo mencionar de tal forma –pues así se acostumbraba, se señala, entre los sonoreños de abolengo, en los pueblos de la sierra, y no como “don Rodolfo”, pues pecaría de forastero indeseable, de acuerdo con la postura claramente planteada en el texto–.

            El habla sonorense, siglo XX, es un libro que explora, a partir no sólo de un atesoramiento de palabras, sino también de una crónica de la tradición oral serrana sonorense, las formas lingüísticas que caracterizan a la sierra sonorense, así como a aquellos asentamientos que nutrieron con sus descendientes a la generalidad de las ciudades sonorenses, destacando la localidad que contiene a la mitad de la población del estado, Hermosillo.  El autor considera respecto a los orígenes del léxico: “Es posible […] que varios vocablos sonorenses provengan de lugares lejanos, aunque por allá se encuentren en total desuso”. Es este supuesto el que nos conduce a pensar en los diversos orígenes del bagaje lingüístico que nos comparten las páginas del libro, y en particular en la etnicidad plural que subyace a un mundo oral en el que, en realidad, no sólo está lo que entendemos por “Sonora”.

En cuanto a los sujetos, los hablantes o usuarios de las lenguas involucradas, el autor distingue de forma polarizada entre sonorenses –acotando: “Los sonorenses más genuinos”–, y los foráneos, a quienes designa “guachilangos”, denominación que acompaña de la arbitraria clasificación de “surianos”, o lo “suriano”, acusando como contexto que su presencia, y sus consecuencias, representan un proceso llamado “transculturación suriana”, que es ubicado en las décadas recientes.

            Bajo el manto de la añoranza por la ruralidad que se desvanece, se encuentra un panorama cultural de Sonora constituido por diversas culturas regionales, y no sólo por un prototipo con determinados rasgos físicos o conductuales. Ciertas culturas regionales tienen un fundamento étnico (es decir, son el resultado de matrices biológicas y culturales a la vez), y otras, aunque tienen procesos demográficos históricos comunes, han asumido identidades diferenciadas, con rasgos culturales propios y distinguibles: la sierra, los valles y las fronteras. ¿Cuál es el origen de esta distinción? Debemos identificar dos momentos históricos: la Colonia, y la reconfiguración sonorense del siglo XX.

Templo Histórico de Nuestra Señora de la Purísima Concepción en Caborca, Sonora, famoso por su fachada blanca de estilo franciscano.
La misión original fue fundada en 1692 por el misionero jesuita Eusebio Francisco Kino.

Desempañando el espejismo insular

            Al asistir en junio de 2002 como profesor invitado a la Escuela Nacional de Antropología e Historia para impartir el curso “Espacio e interculturalidad en el noroeste”, el maestro Gotés (+), recientemente fallecido, y que se encontraba en la audiencia, señaló acertadamente que los sonorenses tendían a pensar que Sonora era una isla flotante en el aire. Veamos cómo se trozó el cable a tierra.

Resulta inapropiado el concepto de mestizaje para reconstruir la historia regional si se parte de los tradicionales términos de “indios” y “españoles”. El arribo de los europeos y la colonización del noroeste ocurrió entre fines del siglo XVI y principios del XVII (en la región cahita) y concluyó en esta segunda centuria (en el desierto de Altar)[1]. Respecto a las primeras décadas, es posible distinguir asentamientos de originarios y asentamientos de ibéricos y/o criollos: misiones y visitas para los primeros; ranchos, haciendas, reales de minas y presidios para el segundo sector. Durante el siglo XVII, los colonos europeos se asentaron en la porción norteña de la Sierra Madre Occidental, y procedían de las regiones de Extremadura, Andalucía y, principalmente, del País Vasco o Euskadi. Sólo hasta el siglo XVIII se dio la ocupación de Aridoamérica, es decir, la costa sonorense, por parte de ibéricos, criollos y sus descendientes. Para que esto fuera posible, fue necesario segregar espacialmente a la mayor parte de las etnias originarias. Pocas naciones ancestrales participaron en el mestizaje, dándose este proceso en la sierra, heredando a los primeros “sonorenses”, los del siglo XIX, un enorme conjunto de elementos culturales que aún forman parte de distintos aspectos de diversas culturas regionales: fiestas tradicionales, gastronomía, vocabulario, entre otros, aunque asumidos como “sonorenses”, distantes de lo “indígena”, de su origen eudeve, jova u ópata.

El etnónimo o gentilicio que se asume sempiterno, en realidad corresponde con un proceso etnohistórico y político plenamente identificable: fue durante el siglo XIX que se conformó un sector autodenominado “sonorense”, siendo el resultado de una serie de flujos migratorios originados en diversos continentes y múltiples regiones, y sobre todo, de una autopercepción identitaria basada en la modernidad cívica y económica. Esta creciente población, descendiente de criollos, españoles y ópatas, se enfiló hacia la costa y explotó el comercio, surgiendo o desarrollando así los asentamientos que hasta nuestros días constituyen importantes localidades urbanas de Sonora, Hermosillo y Guaymas. Desde fines del siglo XVIII hasta el inicio del porfiriato, se dio la emergencia de un discurso regionalista basado en nuevas categorías socioculturales para la época. Guillermo Núñez Noriega considera en su artículo clásico “La invención de Sonora” que a lo largo de este proceso el término “sonorenses” fue impreciso respecto a los habitantes criollos a que se refería (ya que en ciertos periodos, los actuales estados de Sonora y Sinaloa constituyeron un mismo territorio), pero en relación a la población originaria, existió consenso en cuanto a su exclusión del sector referido como “sonorense”[2].

El tránsito de la minería a la gran agricultura, determinado por la quiebra de la primera actividad mencionada, a raíz de la crisis mundial de 1929, implicó el abandono de la sierra y la toma definitiva de la costa por los autonombrados sonorenses. A partir de ello, se consolidó el área costera del estado por parte de una población que no era ajena a la vida tanto rural, como urbana, pero habiéndola vivido en sus propias localidades, como Nacozari, Cananea, Moctezuma y Ures[3].

Por su contenido, por el propio léxico que atesora el libro El habla sonorense, paradójicamente, se revelan los nexos de Sonora con el resto de las regiones de México: el occidente, el norte, el noreste, el centro, el sur y el sureste; se enfatizan, también los lazos con Latinoamérica, y con la patria que sin ser madre como se pretendió discursivamente, dispuso el idioma hegemónico de nuestra región continental. Con ella y con los demás países compartimos no sólo palabras, sino también frases, dichos populares, que aun cuando aparecen en este volumen como “sonorenses”, provienen de otras latitudes, si bien en esta porción del noroeste mexicano poseen una entonación distintiva.

Catedral de Nuesta Señora de la Asunción, Hermosillo.

Entre los vocablos que son préstamos de otros idiomas, podemos retomar dos, que son cada uno de ellos muy emblemáticos de dos de los procesos demográficos históricos que dieron y dan rostro y voz a Sonora: uno de filiación yuto-nahua, y otro de origen vasco.

Un aspecto etnohistórico fundamental del noroeste es la pertenencia de sus pueblos originarios a la familia lingüística y cultural yuto-nahua, también llamada yuto-azteca, que territorialmente comprende desde los estados de Utah y Oregon, hasta Centroamérica. De Sonora, pertenecen a esta familia la mayoría de los idiomas originarios: o’otam ñeoki (del pueblo tohono o’odham), o’ob ñeoqui o “pima”, ópata, jiak noki o “yaqui”, yoremnokki o “mayo” y makurawe o “guarijío” –quedando fuera las lenguas kuapak o cucapá, y cmiique iitom o seri–.

Del náhuatl, resalta el término que devino en uno castellanizado con el que paradójicamente se nombró a uno de los elementos culturales de mayor simbolismo para la sonorensidad, la “coyota”, cuyo nombramiento proviene, señala el autor, de xocoyotl. El sentido es el siguiente: la coyota era preparada con “la última masa del pan que no bastó para llenar una hoja”, que es derivación de un préstamo lingüístico, y que se coteja con otra derivación: “en Sonora se le decía ‘Socoyote’, y se trataba del hijo menor, del último hijo de la familia”. Sin embargo, es importante señalar que esa adaptación es de uso generalizado en el país. Ahora bien, como mencionaba al inicio de esta observación, lo interesante es el hecho de que permite ver la ascendencia común de las etnias de Sonora con las del resto del territorio nacional, y por tanto, del habla sonorense mestiza.

Por otra parte, entre los prestamos lingüísticos externos se encuentra el término boruca, definido en el libro como “Ruidajo o ‘barullo’, provocado deliberadamente, para distraer, o descontrolar a alguien y no se fije, o se entere de algo”. “Boruca” proviene del término vasco o euskera buruka, que significa, justamente, bulla, algazara. Su uso regional radica en el sentido distractor, en la intención de la algarabía deliberada, que es la intención con la que se usa en Sonora, y no así necesariamente en otras latitudes.

El léxico sonorense

El léxico o conjunto de vocablos de lo que genéricamente podemos reconocer como “habla sonorense” está conformado, de acuerdo a lo contenido en el volumen pero a partir de un criterio propio, por: términos en castellano ordinario, arcaísmos del castellano, regionalismos mexicanos, regionalismos sonorenses, préstamos lingüísticos del entorno originario (o de las lenguas indígenas), préstamos lingüísticos del entorno externo (o de otros idiomas). La primera clasificación, no merecería aparecer como una distinción importante, pero como tal se refiere, y que es el conjunto que ubico en primer orden:

Léxico en castellano ordinario

Abarrotar

Acostado

Acedo

Achaque

Acomedido

Batido

Descarapelar

Marisma

Conjunto Universitario.

Arcaísmos del castellano

Burrada

Cantón: una entidad territorial de carácter subnacional.

Capar

Desahijar

Grisma

Malcriado

Mortificar

Regionalismos mexicanos o latinoamericanos

Afuerita

Al hilo

Apelmazado

Bebelechi (“bebeleche”, en otras regiones)

Buqui

Capirotada

Jíjuela

Jincar

Juilón

Liacho

Liriar

Lograrse

Machín

Molcas

Pajita

Regionalismos sonorenses

Abarrotar: optar, seleccionar, escoger. ‘Yo no abarroto, tomo lo que sea’”)

Airo

Alborotar la bitachera

A mate

Ándale, pues

¡A’ñil!

Canatén

Enque

Quebrajado

Sambutir

Tilichis

Heroica Guaymas.

Préstamos lingüísticos del entorno originario

A pupuchi

Ari

Baburis

Bucho

Saruqui

Préstamos lingüísticos del entorno externo

Boruca (del vasco o euskera buruka, hacia el español mexicano)

Coyota, del náhuatl xocoyotl

Lonchi (del anglicismo lunch, hacia el español mexicano, con variantes, como “lonche”)

Comentarios finales

En la búsqueda de la identificación de quiénes somos, de lo que somos, y de lo que hemos sido, los diversos campos del conocimiento inician apenas su labor en Sonora. La lingüística histórica es una de las disciplinas que al tener un limitado desarrollo en la región, sigue teniendo grandes retos. Por ese sólo sentido, el nuevo libro de Rodolfo Rascón Valencia constituye un aporte de gran valor. Respecto a sus planteamientos y contribuciones específicas, significa un encomiable aporte adicional, siendo una obra que en el momento actual significa no tanto un redescubrimiento para el promedio de los sonorenses, asumiendo que el grueso de la población es joven y urbano sino, de plano, un descubrimiento.

El habla sonorense, siglo XX es un avizoramiento a través de una ventana que cada quién, identificándose con la hiper reiterada frase “orgullosamente sonorense” procurará congruentemente, según el cariño real que profese a su terruño, a su familia, y a su propia condición individual.


Artículo basado en el texto de presentación del libro El habla sonorense, siglo XX, de Rodolfo Rascón Valencia, realizada en el marco del Festival Kino, organizado por el Instituto Sonorense de Cultura y el Ayuntamiento de Magdalena de Kino, Sonora, en su Palacio Municipal, el 18 de mayo de 2019.

[1] Manríquez Durán, Miguel y Tonatiuh Castro Silva, “Globalización y diversidad cultural en el Sonora contemporáneo. Variaciones sobre región, etnia y lenguaje”, Región y Sociedad. Revista de El Colegio de Sonora, vol. XIX, número especial, marzo 2007, Hermosillo.

[2] Núñez Noriega, Guillermo, “La invención de Sonora: región, regionalismo y formación del estado en el México postcolonial del siglo XIX”, Revista de El Colegio de Sonora, 1995, año VI, núm. 9, pp. 159-160.

[3] Castro Silva, Tonatiuh, “La industria en la configuración espacial de las culturas sonorenses”, en Varios autores, La industria en la historia de Sonora, Sociedad Sonorense de Historia, A.C./Universidad de Sonora, Hermosillo, 2004.