Texto publicado en colaboración con el área de Difusión del Colegio de Sonora.
Por Mario Alberto Velázquez García*
El pasado 4 de septiembre ocurrió en Naciones Unidas un acontecimiento que podría parecer trivial frente a las guerras, crisis económicas y disputas comerciales que ocupan diariamente las noticias internacionales: 164 países votaron a favor de promover un cambio en la manera en que representamos cartográficamente el mundo. La resolución, impulsada por Togo y respaldada por los países africanos, propone favorecer mapas como la proyección Equal Earth, que representa de manera mucho más proporcional la superficie de los continentes. Estados Unidos fue el único país que votó en contra.
¿Por qué dedicar tiempo diplomático a cambiar un mapa?
La respuesta comienza con una constatación incómoda: los mapas nunca han sido únicamente representaciones neutrales del territorio. Son también formas de clasificar, ordenar e imaginar el mundo. Aquello que aparece en el centro, arriba, más grande o más pequeño contribuye a construir nuestras ideas sobre qué lugares son importantes y cuáles son periféricos.
Durante siglos, buena parte del mundo aprendió geografía utilizando la proyección de Mercator, creada en 1569. Su permanencia tiene inicialmente una explicación técnica. Fue extraordinariamente útil para la navegación porque permitía representar determinados rumbos mediante líneas rectas. El problema comenzó cuando una herramienta diseñada para navegar terminó convirtiéndose en una imagen general del planeta.
Mercator conserva determinadas propiedades geométricas sacrificando la proporcionalidad de las superficies. Conforme nos alejamos del Ecuador, los territorios aparecen progresivamente agrandados. El resultado es sorprendente: Groenlandia puede parecer casi tan grande como África cuando, en realidad, África es aproximadamente catorce veces mayor. Europa y América del Norte aparecen también sobredimensionadas respecto de regiones cercanas al Ecuador.
Entonces surge una pregunta fundamental: ¿por qué continuamos utilizando esa representación si desde hace décadas contamos con conocimientos y tecnologías capaces de producir mapas más proporcionales?
La respuesta ya no puede ser solamente técnica. Tiene que ver con nuestras instituciones y con formas heredadas de mirar el mundo. Mercator quedó incorporado a escuelas, atlas, oficinas gubernamentales y medios de comunicación. Una representación creada en el siglo XVI terminó naturalizándose hasta convertirse, para millones de personas, simplemente en “el mundo”.
Aquí el pensamiento poscolonial resulta particularmente útil. Edward Said mostró en Orientalismo que Occidente no solamente ejerció dominio mediante ejércitos, administraciones y mercados. También produjo representaciones sobre los otros: los clasificó, describió y convirtió en objetos de conocimiento. Representar al otro es también una forma de ejercer poder sobre él.
Aníbal Quijano llevó este argumento más lejos mediante su concepto de colonialidad del poder. El colonialismo como sistema político formal desapareció de gran parte del planeta, pero muchas de las jerarquías, clasificaciones y formas de conocimiento producidas durante aquel periodo sobrevivieron. La colonialidad consiste precisamente en esa persistencia: estructuras creadas bajo el colonialismo que Por Mario Alberto Velázquez García
continúan organizando nuestra manera de entender el mundo mucho después de terminados los imperios coloniales.
Los mapas constituyen un ejemplo extraordinario.
El historiador de la cartografía J. B. Harley sostuvo que los mapas deben ser entendidos también como discursos de poder. Ningún mapa reproduce simplemente la realidad. Todo mapa selecciona, ordena, destaca y omite. Decide qué aparece en el centro, dónde termina un territorio, qué nombres se utilizan y qué dimensiones adquieren los espacios.
Por ello resulta especialmente significativo que sea África quien impulse este cambio. No se trata simplemente de sustituir una proyección matemática por otra. Se trata de cuestionar quién ha tenido históricamente la capacidad de representar el planeta y de convertir esa representación en universal.
¿Quién se beneficia entonces de cambiar el mapa?
En primer lugar, África, que recupera visualmente dimensiones mucho más cercanas a su verdadera superficie. También América Latina y otras regiones ecuatoriales se benefician de representaciones más proporcionales. Pero existe un beneficiario todavía más importante: nuestra comprensión del planeta. Un mapa más preciso permite dimensionar mejor territorios y comprender de otra manera las relaciones espaciales del mundo.
La oposición de Estados Unidos resulta por ello particularmente interesante. Su representante sostuvo que Naciones Unidas debería concentrarse en problemas “reales” relacionados con la paz y la prosperidad y cuestionó conceptos asociados con la iniciativa, como reparación y justicia cognitiva.
Paradójicamente, este argumento confirma parte de aquello que pretende negar. Si cambiar un mapa fuera verdaderamente irrelevante, difícilmente sería necesario oponerse políticamente a su modificación. Lo que está en disputa no es únicamente una técnica cartográfica, sino el significado histórico asociado al cambio.
Esto no significa que Mercator deba ser presentado simplemente como un instrumento creado para dominar África. Esa interpretación sería históricamente incorrecta. La proyección respondió a necesidades concretas de navegación y continúa siendo útil para determinados propósitos. El problema está en haber convertido una herramienta específica en una representación aparentemente universal y neutral del planeta.
¿Estamos entonces ante una acción simbólica e inútil?
Solamente si consideramos que las imágenes mediante las cuales aprendemos a pensar el mundo carecen de importancia. Generaciones enteras han aprendido que Europa es enorme, Groenlandia casi continental y África relativamente pequeña. La repetición convierte una distorsión matemática en una percepción cultural. Y las percepciones importan porque contribuyen a construir aquello que consideramos central, periférico, grande, pequeño, poderoso o insignificante.
En esto coinciden, desde perspectivas diferentes, Said, Quijano y Harley: el poder no consiste únicamente en controlar territorios; también consiste en producir las categorías y representaciones mediante las cuales esos territorios son comprendidos.
Además, los mapas ya no están solamente en las paredes de las escuelas. Están en nuestros teléfonos, automóviles, sistemas logísticos y plataformas digitales. Miles de millones de personas consultan diariamente representaciones cartográficas sin preguntarse quién decidió sus dimensiones, nombres, fronteras o centros.
Por eso quizá la pregunta correcta no sea por qué África quiere cambiar el mapa, sino por qué tardamos casi cinco siglos en preguntarnos quién había decidido cómo debía verse el mundo. África no creció el 4 de septiembre. Siempre tuvo aproximadamente 30 millones de kilómetros cuadrados. Lo que comenzó a cambiar fue nuestra manera de representarla. La descolonización no consiste únicamente en cambiar gobiernos, devolver objetos saqueados o revisar libros de historia. También significa examinar las categorías e imágenes que heredamos y que seguimos utilizando como si fueran naturales.
Cambiar un mapa no terminará con las desigualdades económicas ni modificará por sí solo las relaciones internacionales. Pero transforma algo previo y fundamental: la imagen desde la cual pensamos esas desigualdades. Porque antes de gobernar, comerciar, conquistar o dividir el mundo, las sociedades necesitan imaginarlo. Y durante siglos, los mapas han sido una de las herramientas más poderosas para hacerlo.
*Profesor-investigador del Centro de Estudios Transfronterizos de El Colegio de Sonora.



