Por Diana Isabel Espinoza Morales/ Mérida Priscilla Baltazar Beltrán/ Erick Reymel Escamilla Isiordia

Un video asegura que cierto alimento “desinflama el cuerpo”. Otro promete “equilibrar las hormonas” en pocos días. Tiene millones de reproducciones, miles de comentarios y muchas personas aseguran que funciona. ¿Eso significa que es verdad?

No necesariamente.

Pero tampoco sería correcto pensar que algo es falso sólo porque apareció en TikTok, Instagram, Facebook, YouTube o X. En las redes sociales también participan universidades, instituciones de salud, investigadores y profesionales que comparten información útil. El reto está en aprender a distinguir entre una opinión, una experiencia personal y una afirmación respaldada por evidencia científica.

La pregunta más importante es sencilla: ¿qué evidencia respalda lo que estoy viendo?

Hoy el teléfono se ha convertido en una de las primeras fuentes de consulta sobre síntomas, alimentación, ejercicio, salud mental, medicamentos y enfermedades. Esto tiene ventajas: nunca habíamos tenido tanta información sobre salud al alcance de la mano. Sin embargo, su calidad es muy variable. Una revisión sistemática encontró información errónea relacionada con vacunas, cáncer, tratamientos, dietas y otras áreas de la salud en distintas plataformas sociales, aunque su frecuencia cambia considerablemente según el tema y la red estudiada (Suarez-Lledo & Alvarez-Galvez, 2021).

Por eso conviene entender que no todo contenido incorrecto es igual. La información errónea es falsa o inexacta, pero puede ser compartida por alguien que sinceramente piensa que es verdadera. La desinformación, en cambio, se produce o difunde sabiendo que es falsa y con intención de engañar. Esta diferencia depende principalmente de la intención de quien genera o comparte el mensaje (Organización Mundial de la Salud [OMS], 2024).

También existen opiniones, testimonios personales, publicidad y contenidos pseudocientíficos. Que alguien diga “a mí me funcionó” puede ser completamente cierto como experiencia individual, pero no demuestra que ese tratamiento funcione para todas las personas. Una anécdota puede ser interesante; no sustituye a una investigación científica.

La OMS utiliza además el término infodemia para describir una sobreabundancia de información —incluida información falsa o engañosa— que puede dificultar encontrar fuentes confiables y tomar decisiones adecuadas sobre nuestra salud (OMS, s. f.).

Ahora bien, ¿por qué una afirmación falsa puede parecernos verdadera? Una explicación está en la manera en que procesamos la información. Tendemos a aceptar con mayor facilidad aquello que coincide con nuestras creencias y también podemos sentir mayor confianza en algo simplemente porque lo hemos escuchado muchas veces. Este fenómeno se conoce como efecto de verdad ilusoria: la repetición puede hacer que una afirmación parezca más verdadera, incluso cuando es incorrecta (Udry & Barber, 2024).

Las emociones también cuentan. Un testimonio como “lo probé y me curé” suele llamar más nuestra atención que una explicación llena de estadísticas y limitaciones. Lo mismo ocurre con frases como “este alimento está destruyendo tu hígado”, “los médicos no quieren que sepas esto” o “haz esto durante siete días y cambia tu metabolismo”. El miedo, la sorpresa y las promesas extraordinarias pueden hacer un contenido más atractivo, pero no más verdadero.

Algo semejante ocurre con los likes. Un millón de reproducciones no equivale a un ensayo clínico. Las plataformas utilizan algoritmos que seleccionan y recomiendan contenido según diferentes señales de interés e interacción. Estudios recientes señalan que influencers y sistemas de recomendación pueden contribuir a amplificar afirmaciones de salud que no han sido verificadas científicamente (Li & Ye, 2026).

Por eso debemos recordar dos ideas: popularidad no es igual a calidad científica y número de seguidores no es igual a autoridad científica. Los likes pueden indicar alcance e interés; no miden la calidad de una investigación.

¿Y si quien lo dice es médico? La formación profesional es importante, pero tampoco convierte automáticamente una afirmación en verdadera. Un profesional puede interpretar incorrectamente un estudio, utilizar evidencia desactualizada, exagerar un resultado o expresar una opinión personal como si fuera una conclusión definitiva. Una revisión sistemática reciente encontró que la identificación de una fuente como experta influye en cómo evaluamos información sanitaria en redes, pero el efecto de la experiencia profesional por sí sola puede ser limitado (Simmonds et al., 2026).

Esto no significa desconfiar de los médicos que divulgan ciencia. Muchos realizan un trabajo extraordinario. Significa que el título profesional no debería impedirnos formular una pregunta esencial: ¿qué evidencia respalda esta afirmación?

También debemos tener cuidado con otra frase muy popular: “hay un estudio que demuestra que…”. La existencia de un artículo científico no convierte automáticamente una afirmación en cierta. Un estudio realizado en células no demuestra que un tratamiento funcione en seres humanos. Un experimento en ratones no equivale a un ensayo clínico. Y una investigación con pocos participantes puede encontrar resultados que posteriormente no se confirmen.

Por eso importa saber qué se estudió, cuántas personas participaron, si existió un grupo de comparación, cuáles fueron las limitaciones y, sobre todo, si otros investigadores encontraron resultados semejantes. En medicina basada en evidencia no se trata simplemente de encontrar un estudio que diga algo, sino de conocer qué dice el conjunto de la evidencia científica.

¿Cómo podemos aplicar todo esto mientras deslizamos la pantalla del teléfono? Una estrategia sencilla es hacer una PAUSA. Primero, precise qué se está afirmando: ¿realmente promete prevenir, tratar o curar una enfermedad? Después revise al autor: ¿quién habla?, ¿tiene experiencia en ese tema?, ¿está vendiendo algo? Luego ubique la evidencia: ¿menciona un estudio que pueda localizarse o sólo presenta testimonios? Después sitúe ese estudio en contexto: ¿fue realizado en personas?, ¿cuántas participaron?, ¿es reciente? Finalmente, asegure la información comparándola con otras fuentes independientes.

Esta forma de revisar información coincide con recomendaciones del National Center for Complementary and Integrative Health, que propone preguntar quién produce el contenido, qué promete, cuándo fue actualizado, de dónde procede la información y si existe algún interés comercial (NCCIH, s. f.).

Conviene aumentar nuestra atención cuando aparecen expresiones como “cura garantizada”, “funciona para todos”, “sin ningún riesgo”, “resultado inmediato”, “elimina toxinas” o “lo que los médicos no quieren que sepas”. Ninguna de estas frases demuestra por sí sola que algo sea falso, pero sí debería despertar una pregunta: ¿dónde está la evidencia?

La buena noticia es que el pensamiento crítico puede entrenarse. Las investigaciones muestran que las intervenciones diseñadas para corregir información sanitaria falsa pueden reducir su influencia (Walter et al., 2021). También se han estudiado estrategias de “inoculación” frente a la desinformación, que consisten en enseñar previamente a reconocer técnicas de manipulación. Un metaanálisis de 42 estudios y más de 42 mil participantes encontró que estas intervenciones mejoraron la capacidad para distinguir información fiable de información falsa (Lu et al., 2023).

Ser crítico, sin embargo, no significa desconfiar de todo. Pensamiento crítico no es responder automáticamente “eso es falso”, sino aprender a preguntar: “¿cómo sabemos que esto es cierto?”

A veces descubriremos que una publicación viral estaba equivocada. Otras veces encontraremos que explicaba correctamente un conocimiento científico. Y en muchas ocasiones la respuesta más rigurosa será reconocer: “todavía no lo sabemos con suficiente certeza”.

Eso también es ciencia.

Las redes sociales pueden difundir mitos, pero también acercar información médica útil a millones de personas. El reto no es dejar de utilizarlas, sino aprender a utilizarlas mejor.

La próxima vez que aparezca una afirmación sorprendente sobre nuestra salud, vale la pena hacer una PAUSA, preguntarnos quién la comparte, qué evidencia presenta y si otras fuentes confiables llegan a la misma conclusión.

Porque en salud, viral y verídico no son sinónimos.

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Referencias

Li, R., & Ye, H. (2026). Wellness misinformation on social media: A systematic review using social cognitive theory. Health Communication, 41(7), 1175–1190. DOI: 10.1080/10410236.2025.2555614.

Lu, C., Hu, B., Li, Q., Bi, C., & Ju, X.-D. (2023). Psychological inoculation for credibility assessment, sharing intention, and discernment of misinformation: Systematic review and meta-analysis. Journal of Medical Internet Research, 25, e49255. DOI: 10.2196/49255.

National Center for Complementary and Integrative Health. (s. f.). Finding health information on social media: How to know if health information on social media is accurate. National Institutes of Health.

Organización Mundial de la Salud. (2024, 6 de febrero). Desinformación y salud pública.

Organización Mundial de la Salud. (s. f.). Infodemic.

Simmonds, B. P., Ransom, K. J., Mullins, E., & Stephens, R. G. (2026). The effect of source expertise on the persuasiveness and sharing of health information on social media: A systematic review. Psychonomic Bulletin & Review, 33, Article 175. DOI: 10.3758/s13423-026-02943-2.

Suarez-Lledo, V., & Alvarez-Galvez, J. (2021). Prevalence of health misinformation on social media: Systematic review. Journal of Medical Internet Research, 23(1), e17187. DOI: 10.2196/17187.

Udry, J., & Barber, S. J. (2024). The illusory truth effect: A review of how repetition increases belief in misinformation. Current Opinion in Psychology, 56, 101736. DOI: 10.1016/j.copsyc.2023.101736.

Walter, N., Brooks, J. J., Saucier, C. J., & Suresh, S. (2021). Evaluating the impact of attempts to correct health misinformation on social media: A meta-analysis. Health Communication, 36(13), 1776–1784. DOI: 10.1080/10410236.2020.1794553.