Texto publicado en colaboración con el área de Difusión del Colegio de Sonora.
Por Socorro García Bojórquez*
Algo está ocurriendo con las escritoras contemporáneas. Sus libros circulan, se traducen, reciben premios y atraviesan fronteras hasta llegar a lectores de distintas partes del mundo. Se habla incluso de un “nuevo boom” de escritoras latinoamericanas, aunque la etiqueta ha sido cuestionada: las mujeres no comenzaron a escribir en el siglo XXI. Basta retroceder hasta 1691, cuando Sor Juana Inés de la Cruz, en su Respuesta a Sor Filotea de la Cruz, defendía su derecho al conocimiento, al estudio y a la escritura en un mundo que imponía límites a las mujeres.[1]
Lo nuevo, entonces, no es que las mujeres escriban. Lo extraordinario es la dimensión que ha alcanzado su presencia: hoy podemos leer a escritoras latinoamericanas que cruzan fronteras, generaciones y tradiciones literarias. Y este presente luminoso también ha vuelto la mirada hacia atrás. ¿Quiénes escribieron antes? ¿Qué ocurrió con su obra? ¿Por qué algunos nombres permanecieron mientras otros fueron borrándose de nuestra memoria literaria?
Desde hace décadas, la crítica literaria feminista sigue esas huellas. En México, el Taller de Crítica Literaria Diana Morán, fundado en 1984, ha hecho de la lectura y el estudio de escritoras mexicanas una tarea sostenida durante más de cuatro décadas. Sin embargo, como advierte Adriana Pacheco, todavía en pleno siglo XXI muchas escritoras permanecen “invisibles a plena luz del día”.[2] De ahí la necesidad de mirarlas también desde la historia intelectual: no solo recuperar su obra y sus nombres, sino reconstruir los espacios que habitaron, las redes que tejieron, las publicaciones en las que participaron y las formas en que intervinieron en la vida cultural de su tiempo.
Situar nuestra mirada en las profundidades del desierto sonorense supone seguir huellas que se remontan, al menos, hasta los albores del siglo XX. En 1900 nació en Pitiquito Carmela Reyna de León, maestra normalista y narradora cuya trayectoria nos conduce por los caminos de la educación y la creación literaria. En 1943 publicó Dolores o la reina de los kunkaks,[3] una breve novela histórica salida de la Imprenta Económica de Cananea que permaneció durante décadas prácticamente fuera de la historia literaria sonorense. El único ejemplar localizado hasta ahora en el estado se encuentra bajo resguardo en la Sala Noroeste de la Biblioteca Fernando Pesqueira de la Universidad de Sonora. Su caso permite comprender de manera casi material cómo opera el olvido o la invisibilización en el canon de la literatura mexicana.
Más al sur, Álamos guarda también una genealogía de mujeres poetas que escribieron durante las décadas de 1930 y 1940. Conchita Fauvet, por ejemplo, publicó en Los Ángeles, California, Alma sonorense. Canciones y poesías en 1944. Esta cartografía permite reconocer la escritura de las mujeres más allá de los centros tradicionales desde los que circula y se legitima la cultura. Este mapa llega hasta nuestro presente y nos obliga a preguntarnos: ¿quién legitima y reconoce a las escritoras en pleno siglo XXI?
En este sentido, las escritoras sonorenses contemporáneas como Sylvia Aguilar Zéleny, Sylvia Arvizu Lucero, Selene Carolina Ramírez, Claudia Reina, Suzette Celaya Aguilar y Julia Melissa Rivas, entre otras, publican, reciben premios y circulan en circuitos nacionales e internacionales. Cartografiarlas junto a quienes las precedieron permite reconocer una genealogía que desborda los límites de lo regional. Quizá el verdadero desafío no sea preguntarnos si asistimos a un nuevo boom, sino construir una historia intelectual capaz de inscribir esa genealogía en un continuum temporal, visibilizar las escrituras que han permanecido en sus márgenes y, finalmente, desbordar el canon de la literatura mexicana.
[1] Sor Juana Inés de la Cruz, “Respuesta a Sor Filotea de la Cruz”, en Obras completas, México, Porrúa, 2010, pp. 827–848.
[2] Adriana Pacheco, “Las escritoras mexicanas de hoy: invisibles a plena luz”, Letras Libres, 2018. https: //letraslibres.com/revista/las-escritoras-mexicanas-de-hoy-invisibles-a-plena-luz/
[3] Cabe señalar que Dolores o la reyna de los Kunkaks (1943) precede a la novela Lola Casanova de Francisco Rojas González, publicada en 1947. La obra de Rojas González fue llevada al cine por Matilde Landeta en 1948 y estrenada en 1949.
*Investigadora posdoctoral del SECIHTI en El Colegio de Sonora.


