Son las cinco de la tarde. El pequeño pero tenaz grupo que conforma La Resistencia termina de comer rápidamente para ponerse a acomodar el espacio. Los grabados y los textos ya están montados. No sé en qué momento han tenido tiempo para hacerlo. Los textos y los grabados están sujetos por unas modestas pincitas de madera sobre unas cuerdas, pero lo que hay detrás es un trabajo arduo.
Arman la estructura para la carpa de afuera, porque llegará mucha gente y cómo llueve últimamente en la Ciudad de México. Aunque hoy no llovió en el centro de la ciudad, por lo menos no llovió lluvia. Llovieron poemas, abrazos, palabras, lágrimas, pero no, no llovió hoy la lluvia. Hoy nos inundamos de otra cosa.

46 rostros
La idea surgió de una de muchas reuniones amistosas entre Blanche, María y Alfredo. Hace apenas tres semanas, Alfredo les contó que había estado haciendo unas pruebas de grabado con los rostros de los normalistas de Ayotzinapa y de ahí salió la idea de hacer una exposición: un grabado de cada uno de sus rostros acompañado por un texto. Alfredo puso manos a la obra y María y Blanche comenzaron la curaduría y las invitaciones para sumar voces al proyecto. Convocaron a periodistas, escritores, poetas, actrices, maestras, defensores de derechos humanos y seguro se me escapa algún oficio o profesión. Buscaron también una diversidad de voces, desde plumas consagradas como Elena Poniatowska, José Reveles, Hermann Bellinghausen o Marcela Turati, hasta personas mucho más jóvenes y voces provenientes de otros espacios y trayectorias. A cada uno de los convocados le tocó un muchacho.

El proyecto surge de varias manos, pero detrás de la idea están María Cortina, Blanche Petrich y Alfredo López Casanova. María es periodista, escritora y gestora cultural; se formó en la ENAH, comenzó su trayectoria periodística en Proceso y cubrió procesos políticos y conflictos en Centroamérica. Blanche, desde los años setenta, ha cubierto conflictos armados, movimientos sociales y derechos humanos, especialmente en Centroamérica, además de Irak, Europa del Este, Sudamérica y la frontera norte de México. En 2016 recibió el Premio Nacional de Periodismo. Ambas tienen una trayectoria sorprendente pero, sobre todo, me han enseñado que el trabajo periodístico y el compromiso por las causas que más importan no están exentos de ternura y amistad. Su amistad es una de las fuerzas más imponentes de la naturaleza.
A Alfredo, Blanche lo llama con cariño “el multiusos de todas las buenas causas”. Es escultor y artista plástico y ha realizado trabajos como la estatua de Gilberto Bosques en Casa Refugio y la de Chavela Vargas en Garibaldi, entre muchas otras, pero buena parte de su trabajo ha estado ligado a las luchas sociales. Con su colectivo Huellas de la Memoria fundó La Resistencia, un espacio que está por cumplir cinco años y donde se reúnen familiares y comunidades en resistencia. Alfredo ha sabido crear imágenes, artefactos y objetos de memoria tangibles, resistentes a la disolución por parte del tiempo. Objetos necios de la memoria, podríamos decir.

Ya existía el proyecto “Ilustraciones por Ayotzinapa”, en el que participaron distintos artistas, entre ellos Alfredo, pero esta vez hizo él mismo los 46 grabados. Me explica que buscó “las claves del retrato en el gesto de la mirada como hilo conductor gráfico”. Trabajó las fotografías en alto contraste y utilizó matrices de madera y trovicel para el grabado.. Mientras Alfredo convertía las fotografías en grabados, cada uno escribía el texto del muchacho que le había tocado y después lo grababa también en audio, dando como resultado un gran proyecto multimedia. En algún momento pensaron que no llegarían al 25 de septiembre: eran 46 textos y 46 grabados en apenas tres semanas. Pero lo lograron. Hay quien entregó dos líneas potentes y poéticas, como María Baranda; hay quien se extendió y utilizó un formato más bien de crónica, como Pablo Ferri. Todos terminamos acercándonos íntimamente al muchacho que nos había tocado: recorrimos su rostro con nuestras palabras, buscamos su historia familiar, su comida favorita, pequeñas y grandes cosas de su vida. Blanche los llamaba una y otra vez “nuestros muchachos”.
El nombre “Para emboscar el olvido” proviene de un capítulo de Memoria intacta, el libro testimonial de María Cortina sobre la guerra y la violencia política en El Salvador, construido a partir de su experiencia como corresponsal en El País. La idea central del proyecto, repetirá María varias veces a lo largo de la noche, es “poner a las víctimas en el centro”.

La impresión estuvo a cargo de Francisco Omar Pacheco; el diseño, de Cinthia Bernal; el montaje, de David Salvaje; y el diseño de cápsulas, de Jonathan Torres, Elizabeth Sauno y Jair Cabrera.
La exposición
Unos momentos antes de la inauguración, Alfredo hace pruebas de audio —con su cubrebocas puesto porque trae tos, pero ninguna gripa lo para— y se acomodan varias sillas dentro y fuera del local.

Al principio las sillas están vacías. Cuesta sentarse en ellas. Pareciera que están esperando a que los muchachos lleguen a ocuparlas.
La gente va llegando y va encontrándose con los rostros. Te sumerges en un mar, en un oleaje de miradas. Observas un retrato. Bajas la vista y lees el texto. Vuelves a subir y te encuentras otra vez con la mirada. La de Emiliano, la de Abel, la de Julio César… y te sumerges en sus ojos.
A pesar de ser un espacio pequeño, el recorrido es largo. No porque sea pesado, sino porque cada rostro obliga a detenerse. Los grabados logran darle un movimiento distinto a las imágenes escolares que tantas veces hemos visto de esos jóvenes. En el fondo del retrato aparecen detalles de sus vidas, como unos balones detrás de Antonio Santana Maestro, a quien tanto le gustaba el fútbol. También ocurre que los trazos del grabado les aumentan la edad. Se abren surcos donde no los había, arrugas que no aparecen en sus fotografías. Sin inteligencia artificial podemos ver sus rostros doce años después. Para hacer los grabados, Alfredo tuvo que encontrarse con cada uno de esos rasgos: el brillo preciso de los ojos, el gesto exacto de las bocas.

Ese mismo 25 de septiembre, la exposición se inauguró también en Barcelona, París, Roma y Guadalajara, ciudades donde tiene presencia el colectivo Huellas de la Memoria. En La Resistencia permanecerá montada durante quince días, pero la idea es que después pueda moverse “a donde necesite”, dice Alfredo.
Van llegando reconocidos periodistas y personas de los medios, tanto quienes han estado muy cerca de aquella noche en Iguala como quienes comparten el duelo colectivo sin haberse sumergido de lleno en la historia. Todos se abrazan con alegría, con gusto de verse. México en su extrañeza. Estas formas tiene de reunirnos nuestro doloroso país.
A las 19:00 en punto comienza la inauguración. Primero Alfredo, Blanche y María dan unas palabras. Por un momento, las luces rojas y azules de una patrulla se filtran por entre la gente. Por instinto muchos volteamos hacia la calle, asustados. Fiuf. La patrulla pasa, no se detiene.
Blanche recuerda aquella frase del expresidente Enrique Peña Nieto —durante cuyo gobierno desaparecieron los normalistas— llamando a “superar” aquel momento de dolor, y señala que los gobiernos que vinieron después, incluido el actual, han seguido el mismo camino. Pues no. Ni la revictimización, ni la desensibilización, ni el olvido han conseguido borrarles. Aquí están.

La lectura
El bullicio del Centro también se cuela al evento. “Escándalo”, de Raphael, suena a todo volumen en el restaurante de enfrente. Pero ni eso logra disminuir la potencia de las voces.
Abre la lectura Pepe Reveles, quien entre su amplia trayectoria escribió Échale la culpa a la heroína: de Iguala a Chicago, una investigación que sigue la ruta de la heroína de Guerrero a Estados Unidos y la plantea como una de las claves posibles para entender lo ocurrido en Iguala. Él fue de los pocos que eligió a su muchacho: Jhosivani Guerrero de la Cruz. De Jhosi, como le decían sus amigos, se identificó en 2021 un fragmento óseo hallado en la Barranca de la Carnicería. El hallazgo contradecía puntos centrales de la mal llamada “verdad histórica”. El fragmento que permitió identificarlo había sido encontrado a unos 800 metros del basurero de Cocula y no presentaba alteración térmica, en contraste con la versión de la PGR de que los estudiantes habían sido incinerados en el basurero.

Le siguió la filósofa Silvana Rabinovich, quien escribió a Bernardo Flores Alcaraz, y Marta Durán, quien escribió sobre la sonrisa de Christian Alfonso Rodríguez Telumbre. Marta contó que años atrás había acompañado a un equipo de televisión alemana hasta la casa de Christian en Tixtla. Mientras filmaban con un dron, la imagen les mostró que estaban rodeados por integrantes de Guerreros Unidos. Por un momento, contó, pudo asomarse a la dimensión del riesgo que rodea a las familias en Guerrero.
Después llegó Adriana Catarino Sánchez, quien venía corriendo desde Tixtla. Adriana conoció a los jóvenes normalistas cuando impartía la clase de “Historia de la represión en Guerrero”. Con la voz firme y una sensibilidad innegable, se preguntó si, en medio de aquella noche, alguno de ellos se habría acordado de sus clases, o de ella. Venía de estar con Inés Gallardo Martínez, madre de Daniel Solís Gallardo, uno de los tres normalistas asesinados en Iguala. El texto que Adriana leyó sobre Daniel había nacido de las anécdotas que Inés le contó de su hijo.
Les siguieron otras voces. Mariana Mora, antropóloga del CIESAS y una de las autoras del informe de impactos psicosociales del caso Ayotzinapa; Pedro Faro, defensor de derechos humanos en el Frayba, en Chiapas, nos muestra aquí su faceta de poeta con “Arde la memoria”, escrito para Carlos Iván Ramírez Villarreal; y Enrique Gallegos, quien con “El balón suspendido”, escrito para Martín Getsemany Sánchez García, nos recuerda que la poesía también puede ser un puñetazo contra el olvido.

Se presentaron también Beatriz Zalce y Julieta Giménez Cacho. Entre quienes no pudieron asistir pero también participaron están la defensora de derechos humanos Griselda Triana, Carlos Beristain, la actriz Luisa Huertas, las y los periodistas Marcela Turati, John Gibler, Gloria Muñoz, Elena Poniatowska, Hermann Bellinghausen, entre muchos otros.
A los jóvenes normalistas se les habla en presente. No para negar la ausencia, sino para no dejar que la noche de Iguala sea lo único que se diga de ellos. Aparecen sus nombres, sus familias, sus bromas, la comida que les gusta. No se trata de devolverles una dignidad que nunca perdieron, sino de nombrarla. Muchos de los textos tienen algo de cuento de cuna. Los muchachos ya no son niños, pero tampoco dejan de serlo del todo. Se les habla con cariño y ternura, uno por uno, por su nombre y mirando sus rostros.
Los familiares en el centro
A las 20:40 llegan a La Resistencia seis familiares de los normalistas de Ayotzinapa. Hasta entonces hemos hablado de los muchachos, hemos leído sobre ellos, hemos recorrido sus rostros. Cuando entran sus familiares es evidente que la noche es suya.
La primera en hablar es Delfina de la Cruz Felipe, madre de Adán Abraján de la Cruz. Viene cansada del viaje, pero su voz no tiembla y habla con una firmeza que atraviesa el lugar: “Nosotros aquí estamos. No vamos a dejar la lucha”. No hay resignación en sus palabras. Hay cansancio, sí, pero también una convicción que doce años no han conseguido desgastar.
Después toma el micrófono Jorge Ortega Valerio, hermano de Mauricio Ortega Valerio. “Nosotros como hermanos los estamos esperando”, dice. Los hermanos también esperan, también buscan. Esperan a quienes crecieron a su lado, con quienes compartieron la casa, los pleitos, la infancia. En las palabras de Jorge aparece con toda su fuerza ese lugar del hermano, que tantas veces queda fuera del relato.

Melitón Ortega, tío de Mauricio, cuenta que durante el Mundial de este año viajaba con Delfina rumbo a la Ciudad de México para manifestarse cuando, según relata, les retuvieron durante más de cuatro horas en una caseta. La justificación fue “por seguridad nacional”. Doce años después, la exigencia sigue siendo la misma y todavía hay que pelear incluso por llegar a pronunciarla.
Los familiares agradecen la exposición porque saben también cómo trabaja el olvido. Conforme pasa el tiempo, dicen, se habla menos de sus hijos; septiembre vuelve a traer sus nombres y después el ruido baja otra vez. Los grabados, en cambio, permanecen. Se les entregan impresiones de los grabados y se propone llevar la exposición a Ayotzinapa. Los rostros que durante la tarde estuvieron colgados de las paredes regresan con sus familias.
Antes de irse llaman a la marcha del 26 de septiembre, a las cuatro de la tarde. La despedida no tiene nada de despedida. Entre la gente vuelve una consigna conocida: “¡No están solos!”.

43 + 3
En México hay números que dejaron de ser sólo números. 45 es Acteal; 49, la Guardería ABC; 72, San Fernando. El +43, colocado en Paseo de la Reforma en 2015, fue el primer antimonumento de México. Son cifras que llevamos grabadas en el pecho porque permiten dimensionar la enormidad de las tragedias, pero también corren el riesgo de hacer lo contrario; reducir a un número el halo de nombres, familias, historias y dolores.
“Este país está roto, no sólo herido”, afirma María Cortina.
Por eso importa el pase de lista. Por eso uno debe tardar en recorrer la exposición y detenerse frente a cada rostro. Y por eso el proyecto no se llama solamente 43, sino 43 + 3. El 43 nombra a los estudiantes desaparecidos la noche del 26 de septiembre de 2014. El +3 está ahí para que tampoco se borre a los tres normalistas asesinados durante los ataques de Iguala: Daniel Solís Gallardo, Julio César Ramírez Nava y Julio César Mondragón Fontes. Son 46 rostros. Son 46 nombres.

Por eso también pesa la frase que Silvana Rabinovich lee durante la noche: “el amor es más fuerte que la muerte”. La muerte también está en esta historia, y tiene nombres. La desaparición tiene otros. Frente a ambas, y frente al olvido, los familiares llevan doce años sosteniendo una amor rebelde y una esperanza disciplinada.
Blanche termina así sus palabras de inauguración: “Les estamos diciendo, desde estos grabados que nos miran a los ojos y nos dicen ‘no te vayas a dormir sin pensar en mí’, que juntos estamos emboscando al olvido”.
Hoy no llovió la lluvia en el Centro de la Ciudad de México. Nos inundamos de memoria, con todo lo que la memoria trae: dolor, rabia, ternura y esperanza. Memoria rebelde y compartida. Memoria implacable que no descansa.
Para Emiliano Alen Gaspar de la Cruz.

Publicado originalmente en Desinformémonos






