LUIS ENRIQUE ORTIZ

La lucha por detener la destrucción de la naturaleza será una cuesta de enero pero de cuatro años a menos que el nuevo presidente de Estados Unidos, Donald Trump, se las ingenie para dejar sucesor, ni lo mande Dios.

Si no era sencillo -aunque en algunos casos sí muy placentero- luchar por detener el deterioro ambiental, llevado al límite por el consumo y contaminación de los países ricos y uno que otro emergente, en la era de Trump estará mucho más cabrón, con un Estados Unidos fuera del Acuerdo de París, todo lo que huela a verde será destruido sin más consideración que la conveniencia del capital mundial.

Trump se propone reducir los precios del petróleo aumentando su producción, inundando cuasi literalmente al mundo en hidrocarburos más de lo que se encuentra.

Las grandes inversiones serán orientadas a negocios que consumen petróleo en sus miles de formas, todas altamente contaminantes y grandes contribuyentes a la creciente concentración de Gases de Efecto Invernadero (GEI), islas de plástico en los mares y micro polímeros de creación humana disueltos en todo cuerpo de agua.

El Acuerdo de París, procesado a finales de 2015 en la capital francesa, es una larga historia, pero digamos que su objetivo es que los países firmantes, en el marco de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), se comprometan a reducir la emisión de los gases de efecto invernadero, dentro de los cuales destacan bióxido de carbono (CO2) y metano (CH4).

Hay quienes piensan que ya no hay retorno en materia de calentamiento global, provocada por la acumulación anual de decenas de millones de toneladas métricas GEI o subproductos del impacto ambiental de la economía del mundo, pero principalmente de Estados Unidos, China y la Unión Europea.

Sin embargo, existen quienes le dan crédito aún a la pertinencia del Acuerdo de París, como un instrumento multilateral capaz de imperar por encima de los intereses de la oligarquía mundial.

El asunto es que la lucha por la descarbonización se topará con el muro ideológico de los intereses del capital depredador, porque se multiplicarán los ecocidios, saqueo y extractivismo contra los países pobres, todo envuelto en una masa creciente de GEI a escala global.

Mientras la conciencia ambientalista no alcance para evitar la elección de personajes como Trump, la penitencia es que como nunca necesitaremos plantar y sembrar muchos más árboles que cualquier cantidad que se haya hecho hasta hoy, muchos más. De ahí que el esfuerzo de forestación y reforestación deberá ser mayor, cuasi titánico, pero el reto no es para menos.

La destrucción acumulada, no es poca y la capacidad de resiliencia va en desventaja, todas las evidencias apuntan hacia un cambio climático con efectos devastadores, pero el nuevo inquilino de la Casa Blanca, lo niega.

No nos queda otra que plantar árboles, habrá que apurarse antes de que se firme la absurda orden ejecutiva que prohíba hacerlo. Salud.

Publicado originalmente en: https://www.facebook.com/luisenrique.ortiz1