Joel Montoya

Al familiar que cuida a un ser querido se le junta todo. Bañar y limpiar, tomar signos vitales todo el día, elaborar alimentos y suministrarlos, proporcionar medicinas, trasladar a las citas médicas y al hospital, la limpieza y seguridad del entorno, ser confidente de muchos secretos; receptora de problemas psicológicos complejos, estar a cargo de la relación con la familia y los vecinos.

A todo eso hay que añadir la necesidad de cumplir con el trabajo, el estudio, compromisos personales y responsabilidades familiares.

Hay familias unidas que cuando alguien la está pasando mal, todos actúan como relojito. Se autoasignan tareas y se convierten en un pequeño ejército que pone a prueba de que estamos hechos y sacan a relucir el grado de humanidad que poseen, aprendida precisamente de quienes nos cuidaron. Saber que estaremos ahi, incondicionalmente y cuando se necesite es un sentimiento humano extraordinario.

También hay familias donde esto no sucede; en la prueba de fuego, se desbaratan. Cuando se trata de padres o abuelos, con bienes o herencias de por medio, no faltará quién demuestre sus miserias. En todos los casos, el blanco directo o indirecto, son las personas cuidadoras, a quienes además les toca organizar la cooperacion para el costoso proceso y son los que se quedan con el agradecimiento eterno o el dolor de saber quienes se ausentaron, para ver el drama de lejecitos, sin llamar, sin apoyar, sin transferir, sin cambiar un solo pañal.

En México, el 86.9% de personas cuidadoras principales son mujeres y el 13.1% son hombres. Ellas podrán platicar que después de finalizar la más grande de todas las batallas de su vidas, deberán estar presentes y seguir soportando otras, relacionadas con los cierres, curar las heridas mentales propias y de los demás o en muchos casos enfrentarse a los litigios familiares.

En la cultura local, si son mujeres, de antemano saben que ni rancho, ni vacas, ni derechos ejidales les corresponden, de existir hombres en la familia.

A nivel nacional, solo el 27% de las personas con derechos agrarios vigentes son mujeres (incluyendo ejidatarias, posesionarias y comuneras), mientras que el 73% son hombres. Esta disparidad se refleja también en Sonora y el Noroeste, donde las costumbres patriarcales han influido históricamente en la asignación de propiedades.

En el país existen 58.3 millones de personas que necesitan cuidados, y tan solo 31.7 millones de personas se dedican a cuidarlas, De ese porcentaje, entre el 76% al 80% de personas adultas mayores, no tienen quen les cuide.

Aunque ayer se anunció que, por primera vez, el Gobierno Federal destinará 466 mil millones de pesos para la consolidación de una sociedad de cuidados, ojalá esto repercuta en beneficio directo a los cuidadores y más aún, llegue a oídos de funcionarios en todos los estados de la República, donde la violencia institucional, con su indiferencia y abandono, es pan de cada día.

En mi ámbito, saber que la comunidad de pensionados del Isssteson sigue mendingando servicios médicos de calidad y surtido de medicinas, es de dar pavor y nos permite medir lo que está sucediendo con personas en otras instituciones de atención a la salud.

Ojalá todas personas cuidadoras del mundo tengan a la mano imágenes como las que conserva mi familia de nuestras queridas personas cuidadoras, quienes con vacunas de amor nos cargaron la memoria de solidaridad y agradecimiento, para estar ahi, librando la mayor de las batallas, para cuando haga falta.

Doy permiso de compartir o enviar a quienes crean necesario este mensaje. Es importante agradecer, felicitar, alertar, reclamar y exigir atención a las personas cuidadoras de Sonora, México y el mundo.

Publicado originalmente en: https://www.facebook.com/joel.montoya