Alejandro Valenzuela/Vícam Switch

La viejita lloraba mientras relataba que el aduanal la había zangoloteado. El locutor se afanaba por sacarle más información. Es que cuando me preguntó a qué iba al otro lado, le dije que a comprar “cochinaditas”. En los Estados Unidos no vender cochinaditas ─le dijo el oficial de la Border Patrol en su pobre español─, la agarró de un bracito y la dirigió a que cruzara la frontera de regreso.

El público de la radio hervía de indignación. Cientos de llamadas telefónicas registró el noticiario aquella mañana en que los tijuanenses se sintieron más agraviados que nunca.

En una de tantas llamadas, un hombre propuso el boicot. El locutor se interesó por el tema y el que llamaba especificó que su propuesta era una especie de un día sin mexicanos comprando en el otro lado. Además, dijo, nos ahorraremos por lo menos el desprecio de ese día. Se refería al momento de angustia por el que pasa todo mexicano que cruza la frontera. Para empezar, hay que poner cara de circunstancias y esperar, con el alma en un hilo, que el sujeto del que depende pasar o no pasar, no vaya a salir con alguna ocurrencia.

Antes de que se mencionara el boicot, las propuestas iban desde las estrambóticas, como que México construyera un muro sin puertas a lo largo de toda la frontera norte, hasta las comunes, como hacer una manifestación en el consulado americano…

La propuesta del boicot prendió como fuego en pradera seca. Un boicot al comercio del lado americano empezó a sonar muy atractivo.

Para los comerciantes de allá, los mejores días eran los de asueto marcados por el calendario patrio mexicano. Era noviembre y se acercaba la conmemoración del Día de la Revolución. Aquel año de 1992, el 20 de noviembre cayó en viernes. Con tres días de asueto, los comerciantes allende la frontera se preparaban para recolectar las jugosas ganancias que los mexicanos les dejarían.

Hasta los chinos, que esos sí vendían “cochinaditas”, ponían “ofertas revolucionarias” de sus productos de a dólar que se descomponían antes de cruzar la frontera de regreso.

Otra persona propuso que el boicot fuera no sólo por el 20 de noviembre, sino por los tres días de ese largo fin de semana. Durante los siete días posteriores, todos los noticiarios de todas las radiodifusoras abordaban el tema con profusión. Entrevistaron a gente en la calle, en los carros y en las plazas comerciales, preguntándoles si se sumarían al boicot. Nadie decía que no.

Los periódicos y la televisión también se sumaron al tema del momento. Hubo entrevistas a académicos especialistas en migración, empresarios, políticos y hasta a comerciantes que ofrecieron ofertas copeteadas para quienes hicieran sus compras en Tijuana.

Día con día, la expectación crecía. Hasta las autoridades de los estados y municipios de ambos lados de la frontera (condados son allá) se pronunciaron diciendo que lamentaban el trato que el aduanal le había dado a la viejita, que la amistad de las ciudades de Tijuana y San Diego era grande y firme, y que se trataba de una sola macrorregión que no se explicaba una sin la otra.

Por fin llegó el día tan esperando. Prensa, radio y televisión montaron carpas de campaña en la línea fronteriza y los reporteros se instalaron allí desde la madrugada del viernes.

Como sigue siendo usual en la frontera, los fines de semana las aduanas gringas abren todas las puertas porque, aun así, las filas de carros llegan hasta el centro y la Zona del Río, contando doscientos, trecientos carros en espera.

Ese día, la noticia corrió por el mundo. La aduana cerró la mayoría de las puertas y dejó solamente cinco en funciones. Los aduanales gringos echaban sonoros bostezos porque las filas no pasaban de cinco carros y muchos de ellos eran ciudadanos de los Estados Unidos que iban de regreso.

Los periodistas entrevistaban a los automovilistas mexicanos que, avergonzados por no solidarizarse con la protesta, enhebraban las más diversas escusas. Es que llevo a mi mamá a una cita médica largamente esperada, es que yo sólo trabajo allá los fines de semana y no puedo prescindir de esos ingresos, soy turista del interior del país y no me di cuanta de lo que sucedía…

Pasó el fin de semana y el boicot había sido un éxito. Un evento que nadie organizó, sin líderes ni comités, había creado una guerra binacional de desplegados y aclaraciones. La cámara de comercio de los Estados Unidos fustigó con dureza al gobierno federal de aquel país por permitir abusos como el del aduanal. Los mexicanos son nuestros amigos y aquí se les trata con respeto y cariño, llegó a decir la asociación de comerciantes de las ciudades pegadas a la frontera.

La cámara de comercio mexicana saludaba el extraordinario acto de dignidad de la población tijuanense y hacía un llamado para que nunca jamás volvieran a ir de compras al otro lado.

Los gobiernos y las oficinas del sheriff de las ciudades de San Isidro, National City y Chula Vista emitieron sentidas disculpas a los mexicanos. A los lamentos del otro lado se sumó también la patrulla fronteriza. Quedaba comprobado que el órgano del cuerpo que más le duele los seres humanos es el bolsillo.

En los días subsiguientes nos enteramos de que las ventas habían caído en un 70% en las ciudades más cercanas a la frontera; 30% en San Diego y hasta la caída del 5% de las ventas de Oceanside fue lamentado.

Mientras tanto en Tijuana, los comerciantes hicieron su agosto. Nunca habían vendido más que en aquellos tres días teñidos de nacionalismo, patriotismo e incluso revanchismo ante el perene abuso de los gringos.

La Ciudad de Tijuana le había dado al país una lección de dignidad, de lo que se puede hacer en momentos de agravio.

Publicado originalmente en: https://www.facebook.com/alejandro.valenzuela.7921