#DíasdelFuturoPasado 109
“El sistema debe ser temido y reverenciado”
Sebastian Shaw
En marzo después de casi veinte años de reuniones y negociaciones entre más de doscientos países, desde la Organización de las Naciones Unidas, se firmó lo que se conoce como el Tratado Global de los Océanos, que tiene como objetivo -según los países firmantes- el promover áreas marinas protegidas, compartir los beneficios de los recursos genéticos de las especies marinas, así como hacer evaluaciones de los impactos ambientales de las operaciones comerciales a gran escala principalmente. Como un plus para reforzar el tratado, se le piensa dar un mayor protagonismo al papel de la ciencia en la toma de decisiones, especialmente en aquellas zonas de aguas internacionales, es decir que geopolíticamente no pertenecen a ningún país.
Antes de hablar de las limitaciones de este tratado global, es importante mencionar algunos datos del estado del arte en que se encuentran los océanos para comprender la magnitud de la problemática a la que nos enfrentamos. Primero el sesenta y cuatro por ciento de la superficie oceánica está fuera de los límites jurisdiccionales de cualquier país, es decir poco más de la mitad de los océanos pertenece a lo que comúnmente se conoce como “aguas internacionales” por lo tanto no forman parte de las zonas económicas exclusivas (ZEE) de ningún país por lo tanto no están sujetas a ninguna regulación, ni comercial, ni mucho menos ecológica.
Lo segundo a destacar es que las ZEE se rigen por normas, leyes y políticas públicas del país en que se encuentran jurisdiccionalmente hablando, por lo que los tratados y/o convenios internacionales están en segundo plano, pues los países tienen plena autonomía sobre su política tanto interna, como externa, es por eso por lo que de pronto vemos que muchos de estos no se cumplen cabalmente.
Lo que busca fundamentalmente este tratado es proteger al menos el treinta por ciento de la superficie oceánica en general y no sólo el sesenta y cuatro de las aguas internacionales, que si tomamos en cuenta que actualmente solo el ocho por ciento tiene algún tipo de protección, el reto es mayúsculo por decir lo menos, aunque imposible podría definir mejor lo que se esta pretendiendo con la esta acuerdo que al igual que el Acuerdo de París en lo que se refiere al cambio climático, no es vinculante y choca con algunas leyes y normas de los países que tuvieron a bien firmar. Entre ellos México que fiel a su tradición firma lo que le ponga enfrente sin comprometerse a darle seguimiento.
Ahora bien, a pesar de la celebración de los gobiernos y de muchas ONGs, principalmente de corte conservacionista y/o transnacional, la realidad es otra, especialmente en lo que respecta a políticas públicas, normas o leyes que protejan de entrada las costas y las ZEE de los países firmantes, por lo que el panorama pinta demasiado oscuro. Hay dos ejemplos muy claros y significativos de esto, especialmente por su importancia ecosistémica en primer lugar y comercial en el segundo.
El primero de ellos se refiere a los ecosistemas coralinos, mismos que por su alta vulnerabilidad a los cambios y su importancia en muchos procesos físico-bioquímicos en los mareas los pone en un riesgo mayor, especialmente porque en los últimos treinta años se han perdido más del treinta por ciento de los arrecifes de coral en el mundo. Cabe mencionar que este es un ecosistema muy difícil de restaurar y/o recuperar cuando se ve afectado por la contaminación de cualquier tipo, dentro de lo cual la crisis climática es el foco a tener en cuenta pues, de no hacer algo pronto, estamos viviendo la desaparición de uno de los ecosistemas más importantes para la vida y las dinámicas poblacionales en los océanos.
El segundo es de por sí el más importante ecosistema marino, pues por él pasan la gran mayoría de dinámicas poblacionales en los océanos, tanto en las costas como mar adentro y que en los últimos veinte años ha perdido alrededor del veinte por ciento de su superficie, principalmente para darle paso al turismo de sol y playa. Me refiero a los manglares, los cuales se prevé que de continuar el paso que llevamos desaparecerán para el 2050 y que al igual que los arrecifes de corales la posibilidad de restauración o recuperación es mínima, el esfuerzo es muy grande, mayor al que se necesita para conservarlos.
Es importante mencionar que estos dos ecosistemas son vitales para que las dinámicas ecosistémicas en los océanos se mantengan estables y sanas y su impactos se ve reflejado más allá de los mares, es un impacto a nivel global, por lo que cada hectárea que desaparece nos acerca más a la desaparición de muchas especies marinas, muchas de ellas con un valor comercial por ser parte de las dinámicas pesqueras.
Este tratado como la mayoría de los convenios, protocolos, acuerdos firmados por los países “interesados” siempre estarán hechos a lo mucho desde lo políticamente posible, no desde lo urgente y necesario. Claro, es de aplaudirse que después de casi veinte años de reuniones se haya alcanzado un acuerdo mínimo de protección que además recoge las problemáticas más actuales como son las energéticas y las del plástico en todas sus presentaciones, es pues un tratado que cumple con todas las agendas políticas y que fue negociado para ser parte de las medidas que el sistema intenta poner en marcha como paliativos ante una crisis socio-ecológica a la cual no hay como revertir y que sirve de oportunidad para que el capitalismo tardío saque su mayor provecho en el reacomodo geopolítico que se esta dando. Para lo que estamos viviendo, esta Tratado Global de los Océanos se queda muy corto, es insuficiente y su aporte a resolver y proteger los mares es casi nada.
Desde el exilio en Ankh-Morpork
Mayo 2023
Jorge Tadeo Vargas, escritor, ensayista, anarquista, a veces activista, pero sobre todo panadero casero y padre de Ximena. Está construyendo su caja de herramientas para la supervivencia.
En sus ratos libres coordina el Observatorio de Emergencias Socio-Ecológicas
