Shopping gallery

El decrecimiento propone el consumo local, la autogestión, por lo que supone terminaría con el mercado global de productos en serie no sustentables […]Cualquier contestación al capitalismo tiene que ser por definición decrecentista, autogestionaria, antipatriarcal e internacionalista, si le falta alguno de estos cuatro pivotes me temo que estará haciendo el juego a ese sistema que teóricamente dice contestar.

Por Aldo Barrios

Es evidente la desigualdad en el mundo, unos cuantos acumulan casi toda la riqueza del planeta, para ser un poco más precisos, el 20% de la población mundial vive con el 85% de los recursos globales, mientras el 80% de la población se las tiene que arreglar con el 15% de los recursos del planeta.

La propuesta más seria para tratar de ajustar esta odiosa desproporción es el decrecimiento.

Consumir, consumir, consumir, acumular, acumular, acumular, en esto se basa básicamente el sistema económico actual, que nos enseña que entre más tengamos y más consumamos lo último de la producción en serie, más felices seremos, esto mediante la propaganda que son las campañas publicitarias. En efecto la publicidad es todo un mecanismo de propaganda, que, aparte de caro, nos incita a consumir creando nuevas “necesidades”. ¿Por qué es importante el consumo? Bajo las reglas del actual modelo económico y sistema financiero el consumo funciona como gasolina para el motor del mercado, y también como fin. El modelo capitalista de desarrollo económico considera al consumo como el objetivo principal de la actividad económica, ya que según esta visión entre mayor es el consumo mayor es el nivel de vida, es decir el bienestar. Pero es esta práctica y la aplicación de la filosofía neoliberal lo que ha llevado al mundo al actual estado de desgaste crítico tanto social como ecológico.

“Una sociedad que priorice la igualdad por sobre la libertad no obtendrá ninguna de las dos cosas. Una sociedad que priorice la libertad por sobre la igualdad obtendrá un alto grado de ambas.” Milton Friedman. Economista e intelectual estadounidense de origen judío que se desempeñó como profesor de la Universidad de Chicago. Liberal y defensor de su doctrina sobre el libre mercado.

Si bien la teoría de Milton Friedman suponía que (concediéndole el beneficio de la duda) la libertad de los mercados y la privatización de los servicios estatales llevarían a una repartición más justa y democrática de la riqueza y sus beneficios, la realidad nos ha demostrado una y otra vez, desde los inicios del movimiento neoliberal allá por los sesentas y setentas, su poca efectividad para resolver la injusticia social. Muy por el contrario: la ha agravado miserablemente y ha llevado al mundo al colapso financiero, ecológico y sistémico. El capitalismo salvaje es la filosofía que impera en los mercados en la actualidad (si es que al robo se le puede llamar “filosofía”).

Bien, pues el decrecimiento es la respuesta a la catástrofe que se viene (hablando del primer mundo, claro, el resto del mundo ya vive en la catástrofe). Joan Martínez Alier lo resume muy bien: “el decrecimiento propone una economía y una sociedad que, en lo ecológico baje su consumo de energía y materiales y, en lo social, ponga en vigor principios de organización basados, no en las prioridades del mercado, sino en la autonomía, en el cuidado de las personas, la reciprocidad, la convivialidad.”

El decrecimiento es exactamente dejar de crecer, y no sólo eso, sino, comenzar a reducir la economía, aplicable esto a los países ricos y también a las enormes ciudades de los países en vías de desarrollo. El decrecimiento en los países ricos (hemisferio norte) debe ir acompañado del crecimiento económico del resto del mundo, es decir, los pobres (hemisferio sur).

Recientemente en una entrevista Florent Marcellesi (portavoz de EQUO en el parlamento europeo) mencionó lo siguiente: “el decrecimiento, como decía Latouche, es un slogan publicitario para que la gente empiece a pensar. El decrecimiento como tal no es una teoría porque la teoría ya existe: en economía se llama economía ecológica, en política se llama ecología política, y en lo social es ecología social, y además, esta teoría ya tiene más de 40 años de historia. El decrecimiento consiste en poner en la mesa y la agenda social y política una palabra que haga pensar sobre el sentido de lo que hacemos, porque en el fondo el decrecimiento dice lo mismo que la ecología social y política: nuestro objetivo como seres humanos y como sociedad es aprender a vivir bien y felices dentro de los límites ecológicos del planeta.”

El decrecimiento surge de la necesidad de reducir conscientemente, de manera paulatina y controlada, y siempre con la solidaridad como bandera, los niveles de producción y consumo en el mundo opulento (como lo llama Taibo) mientras se procura el crecimiento del mundo empobrecido (saqueado, robado, mutilado por el primer mundo).

El decrecimiento propone la recuperación de la vida social, la búsqueda de alternativas de ocio creativo que se alejen del consumismo al que nos hemos acostumbrado, la repartición el trabajo, lo que haría que disminuyeran las horas laboradas y combatiría el desempleo, la reducción de las grandes estructuras, la restauración de la vida local y rural, y el asumir fórmulas de sobriedad y sencillez voluntaria.

Las ciudades de la actualidad, incluso las medianas, no son sostenibles, porque basan su sistema en uno totalmente productivista que ignora los límites del planeta. Por lo que el decrecimiento debe aplicarse en las urbes, donde se encuentra la mayoría de la población y donde el consumo rebasa por mucho las capacidades de sus entornos. El decrecimiento propone el consumo local, la autogestión, por lo que supone terminaría con el mercado global de productos en serie no sustentables.

file0001751187385Busca en última instancia ser una acción preventiva antes del desplome total del sistema financiero y económico mundial, la consecuente afectación social y la aniquilación del ecosistema. Es evidente que los recursos naturales y los combustibles fósiles se acabarán más temprano que tarde al ritmo de la explotación y el consumo actual.

Pero bien, el decrecimiento no es una idea reciente ni mucho menos, aunque como concepto se acuña allá por los setentas del siglo XX, las ideas se remiten a Henry David Thoreau, John Ruskin, León Tolstoi, Mahatma Gandhi, cuyas opiniones tendrían eco en el club de Roma, y en nombres como André Gorz, Georgescu-Roegen, Serge Latouche, Iván Ilich, Cornelius Castoriadis, Herman Daly, Tim Jackson, Ted Trainer, E.F. Schumacher, Vandana Shiva, Arturo Escobar, Carlos Taibo, etc. Todos estos personajes coinciden en que el sistema capitalista se opone a los valores humanos y al bienestar generalizado.

Y es la verdad. El fundamento de obtener bienestar en base a la acumulación y la competencia inherente a las formas capitalistas nos llevan al más descarado de los egoísmos y a la peor de las envidias, ni qué decir de la frustración que ello conlleva. Así es, el sistema nos deprime, o, al menos, contribuye y facilita el estado depresivo, y ve como única salida a este estado desesperado el enrolamiento en la vida productiva, apostándole al olvido de tu inconformidad, a que asumas la vida como es (injusta, culera), y a que te resignes a ocupar el lugar que te corresponde en la sociedad en la que te toco vivir. Las alternativas suelen ser difíciles, pero no imposibles. La rebeldía, la disidencia, la crítica al Estado, la acción directa, la desobediencia civil, la manifestación pública, incluso la autogestión o la ayuda comunitaria pueden y son interpretadas por las autoridades como delitos de todo tipo y grado de seriedad. El Estado, de oficio opresor, suele mantener a raya todo lo que atente contra su estructura. Por eso la importancia del internet y la libertad de expresión en éste, el día que falten estaremos expuestos como jamás en la historia a la voluntad de los que acumulan la riqueza y el poder en el mundo.

Si bien el decrecimiento no es una propuesta con orígenes anarquistas, es una visión que recibe el apoyo desde esta filosofía libertaria porque resulta una respuesta clara, contundente y pacífica contra el capitalismo y sus jerarquías. Lo que ha llevado a Carlos Taibo a plantear los fundamentos de una debida respuesta al actual sistema que agoniza: “cualquier contestación al capitalismo en el mundo opulento a principios del siglo XXI tiene que ser por definición decrecentista, autogestionaria, antipatriarcal e internacionalista, si le falta alguno de estos cuatro pivotes me temo que estará haciendo el juego a ese sistema que teóricamente dice contestar.”

Como he mencionado en anteriores textos la democracia representativa es deficiente y oligárquica (por no mencionar demagógica, corrupta y demás adjetivos), sin embargo es un instrumento que se debe de aprovechar –porque ahí está– para promover y exigir los cambios que nuestra realidad requiere. Los partidos verdes de España y de otras naciones europeas (¿veremos este tipo de propuestas en la actual generación de políticos mexicanos?, al menos del Partido Verde Ecologista podemos olvidarnos) llevan ya tiempo tratando de hacer realidad iniciativas decrecentistas en las cámaras europeas, sin embargo aún no se les toma con la debida seriedad, y desgraciadamente ni Pablo Iglesias ni su PODEMOS hacen eco de propuestas realmente sustentables, lo que hace suponer que seguirán en el mismo juego democrático de simulación y consumo como sinónimo de bienestar, que tanto dicen combatir (esperemos equivocarnos rotundamente).

Parece imposible de tan sencillo, porque básicamente se trata de “convencer” a los gobiernos y a los poderosos de que no sean tan desgraciados. “Convencer” a los gobiernos para que adopten regulaciones mucho más estrictas en el mercado, abandonando por completo el fracasado modelo neoliberal, y que los grandes dueños del capital y conglomerados de poder financiero y político (la oligarquía, pues) ceda y se someta a un nuevo modelo donde el bien común sea la norma. Este es el punto crítico de la posibilidad de que estas políticas se lleguen a aplicar antes de que seamos obligados a hacerlo porque la realidad nos ha rebasado. Y en estos momentos, para mala fortuna de todos nosotros, parece que no se alcanzará el consenso antes de que pase lo peor, quizá porque muchos están esperando que eso ocurra para sacar mayor provecho de ello.

Aun así tengo la esperanza de que algo cambie en las mentes de los individuos de las grandes decisiones fatales. Se han alcanzado derechos que parecieron imposibles en otros momentos históricos, hay que exigir así mismo el derecho a la justa repartición del bienestar real y generalizado y el fin de la acumulación y el consumo como adicciones de felicidad instantánea e instantánea cruda. Dejemos atrás las ideas deterministas del arriba y el abajo, eso es para los teólogos, no para políticos o empresarios, o para el individuo común como tú o como yo. Un cambio de conciencia, sí, hay que ir por él. Difícil, sí, pero no imposible. De hecho si las políticas decrecentistas no se aplican por las buenas, de forma consciente, con programación, previsión y solidaridad, de todas formas se tendrán que hacer modificaciones radicales (mucho más) por el colapso que viene, tanto financiero como ecológico y social.

En resumidas cuentas el decrecimiento propone el fin del capitalismo (antes de que sucumba solo o lo sucumban) para dar paso a una vida mejor y más justa a nivel global –no sólo para el primer mundo– a través de la cooperación y la solidaridad social y el respeto a los recursos del planeta. Y es posible, sí.

aldo_barrios57@hotmail.com