Luego de 31 años del magnicidio que cambió el rumbo político de México, la Fiscalía General de la República (FGR) detuvo en Tijuana, Baja California, a Jorge Antonio Sánchez Ortega, exagente del desaparecido Centro de Investigación y Seguridad Nacional (CISEN), quien desde 1994 ha sido señalado como el presunto “segundo tirador” en el asesinato del candidato presidencial del PRI, Luis Donaldo Colosio Murrieta.

La detención, realizada la tarde del sábado en la colonia Los Reyes, obedece a una orden federal que habría sido reactivada en 2024, cuando la FGR retomó la hipótesis de que no actuó un solo agresor en Lomas Taurinas. De acuerdo con registros ministeriales, Sánchez Ortega fue arrestado originalmente el mismo día del crimen, pero liberado al día siguiente por la entonces Procuraduría General de la República (PGR), tras determinarse que el arma homicida pertenecía a Mario Aburto Martínez.

Documentos judiciales consultados por medios nacionales refieren que en su ropa se detectaron manchas de sangre atribuibles al político sonorense y residuos de disparo. Además, diversos testigos afirmaron haberlo visto en la escena tras el ataque. Aun así, fue exonerado por “falta de elementos”, en una liberación que —según nuevas líneas de investigación— habría sido favorecida por Genaro García Luna, entonces subdirector operativo del CISEN y hoy sentenciado en Estados Unidos por narcotráfico.

El nombre de Sánchez Ortega volvió a los reflectores en 2024, cuando la FGR, con el respaldo del presidente Andrés Manuel López Obrador, insistió en que existían pruebas suficientes para imputarle participación directa en el atentado. Un juez federal se negó en aquel momento a otorgar la orden de aprehensión, pero el expediente continuó abierto.

Hasta ahora, la Fiscalía no ha precisado los delitos que se le imputarán ni si la nueva aprehensión implica la reapertura formal del caso Colosio, considerado uno de los episodios más oscuros y controvertidos en la historia reciente de México.

La detención revive el debate sobre las versiones de un “asesino solitario” frente a la posibilidad de una conspiración en torno al homicidio del candidato que simbolizaba, para muchos, una esperanza de cambio.