Si no entra ayuda, morirán 14.000 bebés: el hambre como arma genocida.
Israel está matando de hambre a Gaza mientras el mundo se limpia la conciencia con palabras vacías.
Israel no solo bombardea Gaza, la está dejando morir de inanición con precisión quirúrgica y cálculo colonial. La ofensiva terrestre “Carros de combate de Gedeón” lanzada en mayo de 2025 no pretende liberar rehenes ni destruir a Hamás, sino aplastar a toda una población con la brutalidad de quien se sabe impune. Lo ha dicho ya la Corte Internacional de Justicia: la ocupación es ilegal. Lo ha reiterado la Corte Penal Internacional: bloquear la entrada de comida es un crimen de guerra.
Y sin embargo, lo siguen haciendo. Durante más de 75 días no ha entrado ni agua ni harina. La malnutrición infantil se ha disparado un 80% solo en marzo. El precio de la harina ha subido un 3.000% desde febrero. El Programa Mundial de Alimentos agotó sus reservas el 25 de abril. World Central Kitchen cerró el 7 de mayo. Y, mientras tanto, Netanyahu anunció con desprecio que no permitiría la entrada de ningún bien en Gaza, en una declaración pública que ignora todas las resoluciones internacionales, pero que cuenta con la aprobación tácita de Washington, Berlín, Ottawa y Bruselas.
¿Qué pasa cuando las potencias dicen “nunca más” mientras miran hacia otro lado? Pasa que miles de bebés palestinos se mueren literalmente de hambre mientras las y los líderes occidentales posan con banderas azules y hablan de paz.
LA AYUDA COMO CARNADA, EL SILENCIO COMO CÓMPLICE
No es que falte ayuda. Hay cientos de camiones bloqueados en la frontera, parados por decisión política. El plan “humanitario” israelí ha sido calificado por la propia ONU como “una estrategia militar”, diseñado para forzar el desplazamiento masivo hacia el sur y concentrar a la población bajo vigilancia de soldados y mercenarios. Unicef lo ha llamado por su nombre: “una trampa”. Una red cuidadosamente urdida para hacer elegir entre desplazamiento y muerte. Entre rendición y extinción.
El relator Michael Fakhri lo ha dicho con todas las letras: Israel está usando la comida como moneda de cambio. Como chantaje. Como castigo colectivo. Y la comunidad internacional responde con declaraciones de condena mientras firma acuerdos de cooperación militar y comercial con Tel Aviv.
El lunes 19 de mayo, tras la liberación de un rehén estadounidense, Israel “permitió” que entraran 9 camiones con ayuda. Al día siguiente, 93 más. Un gesto simbólico que no alcanza ni el 5% del volumen necesario. Antes de octubre de 2023, entraban 500 camiones diarios y aún así el 50% de la población pasaba hambre. Hoy, tras 19 meses de sitio, ni 1.000 serían suficientes.
No es negligencia. Es arquitectura del exterminio. No es descoordinación. Es castigo ejemplar. Y mientras tanto, Estados Unidos planea tomar el control del plan de ayuda a través de una “fundación humanitaria” opaca, militarizada y dirigida por la misma lógica colonial que ha devastado Irak, Afganistán o Libia.
La Fundación Humanitaria de Gaza, dirigida desde Washington y protegida por las Fuerzas de Defensa de Israel, no responde ante ningún parlamento, no se somete a auditoría pública y no está respaldada por el derecho internacional. Es el enésimo teatro de sombras de la hipocresía occidental. Y es rechazado por la ONU, por los expertos, por las ONG y por las familias palestinas que siguen cavando fosas con las manos desnudas.
El hambre no es un daño colateral. Es la estrategia. Y si se tolera hoy, mañana será utilizada en Sudán, en Siria, en Yemen o donde convenga al poder.
El Consejo de Seguridad de la ONU no actúa porque Estados Unidos veta cualquier resolución. Pero la Asamblea General tiene la herramienta: “Unión por la paz”. Ya se utilizó antes para enviar cascos azules cuando el veto lo impedía. Hoy, puede y debe hacerse de nuevo. Se necesita una resolución que permita a convoyes humanitarios, escoltados por fuerzas internacionales, entrar en Gaza sin el permiso de su verdugo.
Mientras tanto, la ayuda se amontona frente a la frontera, los bebés mueren en incubadoras sin electricidad y el mar devuelve cuerpos de niños famélicos. Y en los foros diplomáticos se habla de “iniciativas de paz”, “declaraciones conjuntas” y “presión simbólica”.
Pero la única presión que sienten las familias palestinas es la de sus estómagos vacíos.
Publicado originalmente en Spanish Revolution
