Alejandro Valenzuela/Vícam Switch
Con el paso de los días, el mal de Moisés fue empeorando, aunque con lentitud. Ya no le dolía sólo el tobillo, sino todo de la cintura para abajo. Ya no pudo, ni tenía ganas de salir con sus amigos. La Gloria estaba alarmada a tal grado que le dijo a Ramón que lo llevaran a Vícam para que lo viera el doctor.
Al amanecer del día siguiente, que era lunes, se olvidaron del doctor porque Moisés amaneció sin dolor. No podía caminar porque se sentía entumido, pero por lo menos el dolor se había ido. Alegría general. Ramón le ensilló el caballo y lo ayudó a montar para que fuera a buscar a sus amigos.
Parados en el patio, lo vieron cabalgar hasta que desapareció detrás de los álamos de la casa de Timo Jusacamea. La Gloria, siempre tomando precauciones, preparó más pasta de ruda, albaca y petróleo para frotarlo cuando regresara. Vale más tomar precauciones –dijo.
La alegría nada más duró hasta el amanecer del día siguiente. Al despuntar el alba se empezaron a oír sus lamentos y para mediodía parecía que se iba a morir.
El mal le avanzaba a tal velocidad que en el transcurso de los primeros tres meses se le entiesaron las articulaciones, le dolían todos los huesos y llegó el momento en que de plano ya no podía caminar. Hasta la infundia de gallina había fallado.
En pocos días adquirió una palidez de muerto reciente y se puso tan flaco que los huesos se le notaban a través de la piel; cada día se veía más encorvado y parecía que se iba encogiendo.
Un día, la Gloria vio que le empezó a salir paño. Esa mancha en la cara, que la gente atribuye al hambre consuetudinaria, se extendía cada vez más. Había empezado como una manchita en la frente, pero luego se le extendió hasta la barba y de un cachete al otro.
Un día la Gloria le estaba haciendo cariños y notó que al pasarle los dedos por la cara, la mancha se le quitaba, como si se despintara. Sorprendida, fue a la cocina, trajo un trapo húmedo y le talló la cara dejándosela limpiecita, como siempre la había tenido.
No es paño –dijo para sus adentros– porque el paño viene de adentro, y esto parece polvo.
Para entretenerlo, la Gloria había comprado en Vícam un grueso tercio de revistas para que Moisés leyera. Se fue a hacer sus cosas y, más tarde que regresó a verlo, vio que la mancha había regresado. Lo limpiaba, la mancha regresaba, lo volvía a limpiar, regresaba de nuevo, y así se entabló una lucha entre ella y esa misteriosa mancha que parecía paño.
Fue por entonces que empezó a rezar. En esos días llegó de visita la Maclovia, hermana de la Gloria, y le platicó lo de la mancha. La Maclovia que no era muy devota que digamos, le recomendó que le rezara a Santa Zita, la patrona de la limpieza, santa a la que en Roma le atribuyen ciento cincuenta milagros.
Antes del rezo, hornearon pan y fueron a recoger flores silvestres para hacerle un altar como le gustaba a la beata más ilustre del pueblo mediterráneo de San Frediano.
Esos días, las dos mujeres se la pasaron horneando, recogiendo flores silvestres, rezándole a la santa y limpiándole la mancha.
CONTINUARÁ…
Publicado en: https://www.facebook.com/alejandro.valenzuela.7921