POR JORGE TADEO VARGAS

Momento de darle un descanso a los actos formales.
Momento de plantar semillas de reconstrucción.
Ahora no es momento de fingir resistencia.”

Evacuation, Pearl Jam

Escribo este texto el treinta de diciembre a unas horas de que se acabe este año, a sabiendas de que no se publicará hasta inicios del 2025. Más que un balance de los bueno y lo malo que nos deje este año en temas socio-ambientales, pienso en lo importante que es comenzar una reflexión sobre en dónde estamos parados en estos momentos –incluidos aquellos que defienden el territorio o están activos en alguna resistencia- y la importancia de comenzar cambios radicales que nos permitan avanzar realmente hacia un mundo más justo, desde donde seamos capaces de darle la vuelta a este sistema de clases y su modelo de producción-consumo que lo sustenta.

Es importante dejar de aparentar y enfrentar la realidad tal y como se presenta, por eso antes de hacer un balance prefiero invitarlos a hacer la reflexión sobre esta crisis que estamos viviendo, nuestro papel en ella y cómo darla la vuelta.

A nivel global las problemáticas socio-ecológicas se presentan con dos grandes retos, tanto por la importancia como por su transversalidad al pensar en las demás crisis de forma individual. La primera es la climática, la cual no parece detenerse, al contrario, año con año escuchamos y leemos de cómo vamos traspasando niveles históricos de emisiones de Gases de Efecto Invernadero y los impactos que tienen en la naturaleza a nivel mundial, dejando daños a nivel humanidad/sociedad.

Tres décadas de reuniones entre gobiernos para encontrar una solución que no llega, solo las falsas soluciones que han contribuido más a los impactos. Este es el mejor ejemplo de que el sistema no se regula solo y que por lo tanto será imposible que desde los gobiernos se lleguen a acuerdos que permitan una verdadera solución a los problemas-raíz de la crisis climática, donde la naturaleza y las poblaciones humanas más vulneradas por el sistema son quienes siguen pagando los costos.

Este año se cumplen diez años del Acuerdo de París que en su momento se anunció con bombo y platillo como la solución y del cual no se ha cumplido ni el uno por ciento a nivel de países firmantes. El fracaso es más que evidente. De nuevo un acuerdo que, aunque sí tiene algunos puntos vinculantes, está cooptado por las corporaciones, quienes al final son quienes deciden en este capitalismo tardío.

La guerra contra el cambio climático (o la crisis climática, mejor escrito) ya la hemos perdido y como en toda guerra los más vulnerados por las causas y las consecuencias son quienes se verán más afectados. Millones de desplazados climáticos nos dicen que es algo que ya estamos viviendo.

La segunda crisis que nos tiene en jaque y que al igual que la climática tiene raíces, causas y consecuencias a nivel planetarias, es decir, no hay mucho que se puede hacer con acciones locales dispersas, es la crisis del plástico, la cual ha pasado de una serie de imágenes con animales marinos atrapados en plástico a reconocer que ya los tenemos presentes incluso en la placenta de seres no natos, lo cual genera otra serie de retos mucho más complicados y lo que nos recuerda que aún no vemos todos los daños que se presentarán en las futuras generaciones de seres vivos, con énfasis en la humana.

Con esta problemática también se han reunido muchos gobiernos, principalmente para buscar soluciones-placebos que ayuden a pintar de verde un problema que desde este sistema de clases no tendrá solución, pues para poner en marcha una real que ataque el problema de raíz se tiene que modificar una gran parte de la línea de acción del modelo de producción-consumo, con lo que el sistema podría tener afectaciones en lo económico, no para los afectados, sino para quienes están sacando provecho.

En lo global llegamos a la mitad de esta década en una franca situación de desventaja, en la que hace ya tiempo que dejamos atrás el punto del NO RETORNO y solo queda apostar por medidas de adaptación ante la realidad que tenemos enfrente. Esto no solo por los cambios que se vienen en la naturaleza con la pérdida de ecosistemas completos, sino también en una reconversión a nivel geopolítico, lo cual hace que el reto sea aún mayor.

Ahora bien, en materia local/nacional cerramos el año con un cambio de gobierno que solo es una muestra del continuismo en el que estamos metidos desde hace seis años, es decir el modelo extractivo se mantiene como base para lo que ellos llaman desarrollo y esto no es más que una réplica del modelo capitalista neo feudal de la década de los setenta, aderezado con un neoliberalismo muy bien adaptado a las condiciones actuales. El sistema no se regula, pero sabe adaptarse a las crisis para continuar sacando un provecho económico.

A esto le podemos sumar un discurso engañabobos para implementar políticas socio-ambientales, así como acciones que solo sirven para continuar con su modelo extractivo mientras que las comunidades caen en espejismos y muchas resistencias se debilitan ante estos. Aquí podemos mencionar los planes hídricos –nacional y estatales–, son planes de remediación/restauración entre otros que son claramente acciones contrarias a la preservación de un patrimonio biocultural y de los propios ecosistemas.

Es complicado tratar de hacer un balance de final de año mientras que vemos –y vivimos– una crisis socio-ambiental que no tiene precedente histórico alguno y la cual nos acerca más a un neofeudalismo tecnócrata protofascista, desde donde las formas de gobierno se desdibujan. Ya no hay diferencia entre la izquierda y la derecha, ahora damos paso a gobiernos difíciles de definir, donde su principal función es servir como el brazo político de las corporaciones, las cuales ya no tienen empacho en mostrar su verdadera cara y sus intenciones. Ya no existe la globalización a fines del siglo XX, ahora es mucho más sutil y devastadora.

Diciembre 2024

Desde la frontera con Elisyum