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El anarquismo propone la abolición del Estado como ente jerárquico de concentración de poder más no la abolición del estado de derecho, el cual debe establecer el marco de respeto de la convivencia más libre y justa, prescindiendo del uso de una fuerza de origen estatal

Por Aldo Barrios

El próximo gran debate (y no hablo del remedo de imitación de “debate” organizado por los políticos, ¡por dios!) será la emancipación de la sociedad civil de las inconveniencias (incongruencias, incoherencias, absurdos, paradojas, crímenes, etc.) del Estado basado en un gobierno central. Mientras el mundo se calienta más y más, y en los foros internacionales y en todos lados se debate sobre si el calentamiento climático es causado por el hombre, o si no qué lo ocasiona, o si nos corresponde hacer algo, etc. Mientras, el futuro nos ha alcanzado y ahora que el calentamiento global es irreversible y las medidas para combatirlo más necesarias que nunca, se debe de comenzar a debatir sobre el cambio de modelo político y económico del mundo.

La necesidad de comenzar a hablar de esta reforma sociopolítica radical está creciendo. Es evidente que otra vez se respira aire propicio para el análisis de teorías anarquistas (llamadas así por su visión de un manojo de principios en común, más que por una serie de ideas en concreto sobre un sistema). Para Graeber ni siquiera se puede hablar de teoría: “estamos refiriéndonos menos a un cuerpo de teoría, entonces, que a una determinada actitud o, quizás podríamos decir, una fe: el rechazo de ciertos tipos de relaciones sociales, la confianza de que otros tipos de relaciones serían mucho mejores para construir una sociedad digna, la creencia de que tal sociedad podría existir realmente”. El anarquismo no es una doctrina, pero cree firmemente que las jerarquías de poder son innecesarias: un mito perpetuado por la oligarquía que se beneficia con este tipo de orden.

Básicamente el anarquismo es la idea de que no necesitamos de una organización que ostente el poder para poder vivir como sociedad en constante evolución, y se basa en tres principios fundamentales: libertad, igualdad y solidaridad. El anarquismo es ético cuando el marxismo es científico. Para el anarquismo el fin no justifica los medios, son éstos los que deben prefigurar el fin que es de otra forma inalcanzable.

Es evidente que lo logrado por la sociedad civil en las últimas décadas de democracia occidental es significativo, pero aún están muy lejanas la paz y la justicia social. Quien cree que estamos en la cúspide del capitalismo democrático está en un error, porque hace rato que el capitalismo democrático está de caída, y si no da un giro drástico se va a estrellar con la realidad de su creación. El tiempo es favorable para llamar a un debate sobre la urgencia de cambiar el actual estado de cosas de forma pacífica, sin jerarquías, justa y radical.

Hablar de la abolición del Estado (entendiendo que el Estado es un ente que domina institucionalmente un territorio por medio del uso de la violencia física, y la imposición de jerarquías; y que abolición significa derogación o anulación de una ley, precepto o costumbre) es más oportuno de lo que nunca lo fue ni antes ni después de su auge a finales del siglo XIX y principios del XX. Las nuevas formas de organización social y las nuevas tecnologías han dotado al anarquismo de nuevas herramientas, y la voracidad neoliberal ha dotado al ciudadano común y corriente de una visión tan crítica respecto a los roles que juegan el Estado y el mercado como la del proletariado de aquella época de auge anarquista.

Se puede hablar de un par de situaciones para un nuevo resurgimiento del pensamiento anarquista. Por un lado la expansión de las nuevas tecnologías ha dotado de una conectividad sin precedentes en la historia que permite la formación de redes de acción anarquista, o redes que actúan alejados de la ideología anarquista pero muy próximos a sus medios; y por otro lado la proliferación de dispositivos de poder por todas partes basados en casi las mismas tecnologías que nos conectan, la maquinaria del Gran Hermano funcionando sin pudor. El poder del Estado está tratando por todos los medios a su alcance a controlar las redes, batallas se libran en las cortes del mundo y los congresos cabildean iniciativas de regulación estatal que comprometería exponencialmente la libertad de internet. El combate se está dando y no sólo es por la libertad de acceso a contenidos en un medio, es por la libertad general.

Los individuos comunes y corrientes tenemos la capacidad de generar resistencia y acelerar el cambio de curso histórico mediante acciones sencillas e inmediatas. Boicotear a los grandes consorcios financieros y políticos evitando consumir sus productos o servicios o evitando participar en la acumulación hacendaria del Estado o evitando el voto o anularlo son formas de resistencia, así como lo es compartir información sobre los agravios diarios del sistema. Y la adopción de la acción directa para satisfacer las necesidades inmediatas y a largo plazo debe ser una forma de resistencia implementada de forma general. Disentir es un derecho de todos, pero con el cambio de paradigma será una obligación (hablando figuradamente, claro).

La resistencia tiene que ser pacífica, visible y ejemplar, la resistencia debe de dar la pauta para el cambio de paradigma, la resistencia tiene que hacerse con empatía y solidaridad.

En el texto anterior mencioné algunas de las reformas para transformar el Estado y que éste ceda su poder a los ciudadanos. Si bien no hay un consenso en los movimientos anarquistas sobre el papel del Estado en la transición de capitalismo democrático a anarquismo, creo que no todo en las presentes democracias está podrido, y que la representatividad puede usarse como instrumento del cambio, debe de ser uno de los frenos del neoliberalismo. En este sentido, la oligarquía financiera debe desaparecer como la conocemos, comenzando con cambiar sus motivaciones, ya que se promovería la implementación de candados para la monopolización, cartelización, o cualquier tipo de acumulación de poder financiero, y también político que influya de manera tendenciosa en el mercado y en las políticas estatales.

El anarquismo propone la abolición del Estado como ente jerárquico de concentración de poder más no la abolición del estado de derecho, el cual debe establecer el marco de respeto de la convivencia más libre y justa, prescindiendo del uso de una fuerza de origen estatal que la haga respetar por medio de la violencia y el castigo. Claro que es cuestión de ver las noticias en cualquier portal y voltear a nuestro alrededor para ver que nuestra sociedad es brutalmente inmadura, maleducada, y adoctrinada, donde la exacerbación del individualismo y el culto al ego prevalece frente al llamado de solidaridad y empatía. El sexismo, el chauvinismo, la xenofobia, el racismo, la homofobia y todo tipo de confrontación y discriminación son cosas de todos los días en nuestras sociedades. Por eso, desde ahora, tenemos que buscar la maduración social, entendiendo ésta como la extensión y generalización de la crítica social, y la conciencia de que el determinismo social no existe y que es posible que la búsqueda del bien común sea la mejor forma de vivir en sociedad. No tenemos que buscar mucho en la historia –de cualquier época– para ver que los Estados y sus gobernantes no son ejemplos de madurez y sabiduría (ni mucho menos). Tampoco es menor el nivel armamentístico en el mundo, el fin de la prohibición de las drogas también es un tema pendiente, así como la abolición de la explotación animal, y la desaparición de todo tipo de esclavitud. Son retos que hay que ir afrontando en el camino, difíciles, como en cualquier gran empresa, pero no imposibles.

No sabemos (aunque ha habido experiencias locales por demás exitosas) si el anarquismo funcionará como sistema global, pero no existe una buena razón para no intentarlo. El próximo gran debate ha comenzado y todos debemos de participar.

Aldo Barrios
aldo_barrios57@hotmail.com