Ignacio Mondaca. Fuente: Facebook.
  1. Esta semana el leñazo de los Heraldos Negros nos golpeó como nunca: Se llevó a nuestro querido Nacho Mondaca. Van una palabras de nostalgia y rememoración de su vida. Dedicada a su familia y a la promoción de la lectura, es decir, en esencia, a la vida misma.
  1. Conocí más a Nacho Mondaca cuando fue el coordinador de literatura en tiempos de la Poly Coronel. En tiempos, diríamos nosotros los críticos ubicados en la izquierda, en los que menos pensábamos que se iba a estimular la cultura y la literatura. Tapadón de boca que me llevé con Nacho. Él fue un insobornable promotor del ejercicio literario en la primera de sus partes: saber leer. Le preocupaba mucho que los chicos y alumnas de secundaria o preparatoria no supiesen leer con propiedad, Esto quiere decir, no sólo entender lo que se está leyendo sino sobre todo entonando sus propios ritmos, acentuaciones, espacios dados por los signos de puntuación, énfasis en los pasajes, variaciones emocionales de lo que dijera la lectura y, finalmente, hacer suyo el texto al lector, apropiarse a través de la forma del contenido de un texto. Que todo eso es saber leer.
  1. Y la idea que tenía el Maestro en Literatura Ignacio Mondaca era muy sencilla, enseñar a leer con literatura de autores sonorenses a jóvenes de bachillerato y de preparatoria. Y entonces en cada evento de escritores siempre nos invitaba a dar una plática y leer obra nuestra en el Cobach Reforma, o el de Nogales, o el de San Luis Río Colorado, o donde se pudiera. Experiencias que por lo demás eran muy enriquecedoras no sólo para los chicos y jovencitas, sino para los maestros de esos lugares y sobre todo para los novelistas, cuentistas o poetas quienes salíamos refrescados de cada evento de interacción con los jóvenes.
  1. Adicionalmente presidía la asociación civil Escritores de Sonora, que a tumbos ha ido creciendo y organizando eventos literarios como promoviendo la obra de autores regionales. Pero sobre todo haciéndolo sin un ego protagónico, sino desde una perspectiva horizontal, solidaria y real: “hagamos lo que podamos con lo que tengamos, pero hagámoslo bien”. Y con eso se logró conformar una serie de eventos literarios a lo largo de casi una década de historia que en mucho vino a compensar la desaparición de aquél mágico evento “Horas de Junio”.
  1. Cierro con tres anécdotas que lo pintan de cuerpo entero en su bonhomía, generosidad y calidad humana:

Le pedí que fuera mi editor de la segunda novela de la serie Noroeste: “Simpatía por el Diablo”. Y fue implacable como editor, como si fuera él un impecable editor gringo y yo un desorganizado escritor beatnik: “Mira esto sí, esto no; esto no lo puede decir un narrador, esto es una exageración, aquí se pasó, etc”. Yo tomaban nota y hacia las correcciones, le insistí en dejar así unas pero en otras no y acataba su indicación. Antes de enviarlo a la editorial me dijo: “Fíjate que me tienes sorprendido; no todos los escritores aceptan las indicaciones de su editor. De hecho, la mayoría, no, para nada. Hace un par de años me pidió un escritor ya maduro que le revisara el libro que iba a publicar en ese tiempo. Pues le hice las correcciones, se las presenté y… dejó de hablarme como dos años”. Me dijo quién era. “Pues sí -le dije-, ese bato es muy ego”.

  1. Regresamos una noche de Cd. Obregón a donde habíamos ido a un evento literario que culminó en el centro penitenciario de mujeres. Fue una fiesta de literatura y vida. Muy buen rollo, pero yo tenía cierta urgencia de regresar para no viajar de noche. Nacho Mondaca me sugirió que nos quedáramos hasta el cierre del evento, y lo veía feliz estimulando el programa que conducía Mara Romero con sus niñas. Total que de querer o planear regresarnos a las 4 de la tarde, finalmente lo hicimos a las 8 de la noche. “Quieres que maneje – me dijo-, sí”, le respondí y entonces me dio una cátedra de dirección vehicular, porque en sus tiempos mozos había tomado un curso de “escape y conducción para escoltas” que los había instruido la policía israelí o no se de donde coños. Veníamos bien, pero rápido, como a 120 km por hora de noche. “ ya quiero ver a Blanca” me confesó. Y con sorna le dije: “Oye, primero quieres quedarte y ahora quieres llegar ya. Pues qué onda”. Se quedó cinco segundos en silencio (no aguantaba más) y se volteó conmigo con una sonrisa de mazorca, “sí, verdad, es verdad”.
  1. Como a mí, a Nacho Mondaca lo seducía la buena música y el buen cine. Supe que para acabalarse económicamente como literato, junto con su esposa –quien es directora de un coro y maestra de canto- interpretaban arias y salmos en algunas bodas en catedral. Pero más aún, que dos o tres veces al cierre de los eventos literarios y ya en la pachanga cantábamos rolas de Joan Manuel Serrat, con él a la guitarra: “Te la sabes”, me preguntó. “Me las sé todas las de Serrat” le dije. Y dos o tres veces le dimos, pero habíamos quedado en alguna ocasión posterior tendríamos pendiente, con un buen vino, cantar todo Serrat. Pero la luminosidad de la cara de Nacho era mayor cuando  me conversaba de los logros de sus hijas e hijo. La mirada era de un brillo galáctico contagioso de amor y dulzura. Ahí estaba Nacho verdaderamente, en la combinación de amor y música; ahí, con sus hijos.

Hasta siempre amigo, te leeremos y el mejor homenaje que te podemos hacer es y será continuar tus proyectos.