Cultura light 2020

Manuel Alberto Santillana

Alberto 2016:

     —Ahí está. Se ve a simple vista, no hay dificultad para encontrarlo —me dijeron mientras terminaba el café en el restaurante Las Palmeras—. Sí, ahí sencillo se mira, está todo claro. Es cuestión de que se vaya caminando y llega a la casa de Doña Victoria Palomares entonces se detiene, se para uno de frente y se detiene un momento. Tranquilo, observa usted un momento debajo del ala derecha del porche, por dentro, y ahí se encuentra, clarito, un Aleph.

—¿Un Aleph, aquí en Sonora? ¡Coño, no es posible!

—Sí, ahí se mira. ¿Verdad que ahí está? —corroboró la adolescente mesera volteando a preguntarle a otra, aún más joven.

—Sí, ahí está, lueguito se ve, no hay que agacharse mucho. Luego se mira — respondió la chica casi quinceañera que limpiaba la mesa de al lado.

—Pero ¿Cómo llegó ahí? ¿Quién lo puso? ¿Desde cuándo está? ¿No me están engañando? ¿Es cierto? ¿Es seguro? —pregunté veinte cosas todavía sin creer en tal prodigio—. Sí —sonrieron ambas, se miraron entre sí. Rieron entonces con una carcajada y afirmaron con la cabeza

Y fui. Eran casi las seis de la tarde de noviembre y comenzaba a anochecer. Caminé por el callejón del beso, de ahí a la Alameda, luego a la entrada del pueblo. Todas las calles adoquinadas se encontraban con poca gente. Ruidosos los chamacos de la escuela regresaban corriendo a sus casas apresuradamente. De la entrada del pueblo me desvíe dos calles hacia el oriente, recordé que esa era el camino hacia la casa de doña Victoria. No la había vuelto a ver desde 1981,  y según un rumor había fallecido, pero no lo sabia con certeza. Y al terminar de caminar la segunda calle ahí estaba la casa que conocí casi treinta años antes, de un color anaranjado. No recordaba bien si ése era el color de hace años, pero tal vez eso ahora era irrelevante. El porche daba a la calle y tenía un par de poltronas mecedoras de madera. Era amplio y podía uno caminar de la banqueta directo al porche de arcos color naranja. Una lámpara iluminaba bien la sala interior y dejaba traslucir algo de luz por la puerta de entrada. Me quedé observando el porche completo, entré a los arcos de adobe y comencé a buscar por las esquinas hacía arriba. Y, en efecto, en la esquina superior derecha, casi en la confluencia con el techo estaba un Aleph.

La gente pasaba por la calle; una señora vendía empanadas rellenas de cajeta de guayaba; unos niños que habían salido hacia un rato de la escuela primaria Paulita Verján pasaban correteando y gritando; un viejito que caminaba lentamente apoyándose en un bordón me dio las buenas tardes. Dos o tres adultos saludaron al pasar.

Me agaché un poco, tal vez con respeto, más con incredulidad, aún más con ansiosa sorpresa de inferir qué vería.

Vi en el Aleph lo que Borges dijo y aún más. Ahí estaba la pequeña esfera tornasolada de tres centímetros. Ahí miré el infinito y la nada, el absoluto y el microcosmos, y me contemplé a mí mismo y al universo femenino entero, a Gaia y al inframundo, a los surrealistas discutiendo de películas y a los infrarrealistas inventando poesías. Todo y al mismo tiempo desde todos los ángulos. Todo está y se observa, sin sobreponerse ni confundirse. Miré al mismo Borges mirando el Aleph bajo la escalera de una casa en Buenos Aires. Atisbé la llegada de un inseguro John F. Kennedy una noche con una embriagada Marilyn; el terror del asesino del Che Guevara cuando éste le sostuvo sin miedo la mirada; las musas de Boticelli sonriéndole; las lágrimas luego de un pleito atroz de Diego y Frida. Estaba ahí también una sencilla mujer morena siendo acechada por un tigre en un bosque de bambú en la India, un oso polar husmeando un camión ruso en el ártico, las huellas de los tanques entrando a Praga, la sangre en las gradas del estadio Nacional de Santiago luego del golpe militar. La tarde aburrida de una millonaria sentada en la terraza de un castillo en Edimburgo, dos niños columpiándose en un parque atestado de flores en Cuernavaca, la imagen de la luna reflejándose en las costas de Capri, un anciano solitario dio su último suspiro en una sala de urgencias de un hospital en Lima, todo eso también estaba ahí. Observé con calma la escena del último ladrillo puesto por un humilde obrero concluyendo por fin la soberbia muralla China; el piolet con sangre apenas desprendido del cráneo de León Trotsky en una sucia comandancia de Coyoacán; el gran señor maya en su postrero aliento antes de entrar a la tumba del templo de Palenque; la mirada de Peter Shilton cuando Maradona le pega al balón con la mano de Dios. Me ví a mí mismo leyendo a Borges… Y miré más, miré todo.

Cerré los ojos y volví a la calle.

Veneré el momento y como no soy porteño, me alegré. Sonreí y silbé una canción ranchera. ¿Ranchera, de José Alfredo? ¿Y eso?, si no me atrapan los recuerdos serán las visiones, me dije. Lo que hace un Aleph, reiteré. Seguí silbando satisfecho de lo visto, del café y del anochecer en Álamos.

Regresé caminando por el mismo camino. En los amplios pasillos de la Alameda escuché las canciones de un conjunto norteño y los gritos incomprensibles que salían de la cantina de Los Ramírez. El mundo real, este que camino, me parecía de una cotidianidad simple y llana después de admirar unos segundos esa esfera. Llegué al hotel, pedí la llave. Llegué a mi cuarto del hotel de la Casa de Los Tesoros. Recordé unas palabras de Borges de ese melancólico cuento: “Cambiará el universo, pero yo no…”

*Es la primera parte del capítulo inicial de la novela que cierra la Trilogía del Noroeste. Son las primeras tres páginas de  L.A. Woman. LA Woman, canción de The Doors es Marilyn Monroe, quien es mandada a radicar a Alamos Sonora, luego de negociar la entrega de su diario con Robert Kennedy.