Columna Vicam Switch
Por Alejandro Valenzuela.
¿Quién no recuerda con cariño a la profesora que marcó nuestras vidas? Los profesores eran personajes cultos, educados, bien vestidos y que imponían la disciplina sin que nadie les disputara ese derecho.
Cada quien tendrá su lista particular, pero yo recuerdo a mis maestros como verdaderos apóstoles de la enseñanza, a pesar de que mi profesor de primero usaba un palo de escoba para pegarnos en el antebrazo cuando estábamos distraídos; que el de segundo nos aplacaba con la pura mirada; que la de tercero se dedicaba solamente a la fila de los aplicados ignorando a fila de los burros; que el de cuarto nos aterrara todas las mañanas al revisar la tarea o que el de quinto y sexto, que en mi caso fue el mismo, me diera una sonora cachetada delante de todos para que aprendiera a respetar los símbolos patrios…
Todos tenemos al prototipo del profesor. El mío es Miguel Ángel Galdino Hernández Navarro, un maestro excelente, pero muy afecto a la bárbara creencia de que las letras con sangre entran. Por la mañana, se paraba ante el grupo con un varejón de mezquite en la mano y, empezando por el último de la fila de los burros, preguntaba algo que había dejado de tarea. El que no había estudiado, recibía dos varejonazos. Cuando la pregunta era muy difícil, el castigo alcanzaba para casi todo el salón. Esa disciplina de hierro era, nos decían, por nuestro propio bien y si alguien se quejaba en su casa, recibía un segundo castigo porque quién sabe qué habrás hecho.
Conforme transcurría el día, el energúmeno de la mañana se convertía en un ser agradable. Relataba la historia de México de manera que era capaz de tocar las fibras más sensibles de los niños menos sentimentales. Le infundía tal dramatismo a los cuentos de la historia patria que los alumnos ardíamos de indignación por la destrucción de la Gran Tenochtitlán y por el fuego que chamuscó los pies de Cuauhtémoc, que aguantó el castigo sin revelar dónde estaba el tesoro; nos encendía el orgullo con el arrojo sin límites de Narciso Mendoza, el Niño Artillero, héroe del sitio de Cuautla, y por la valentía de Juan José de los Reyes Martínez Amaro, mejor conocido como el Pípila, que quemó la puerta de la Alhóndiga de Granaditas para que el pueblo entrara a saquear los granos que los hambreadores acumulaban allí; nos horrorizaba saber que las cabezas de los padres de la patria fueron exhibidas durante días después de ser fusilados en Acatita de Baján; nos despertaba la imaginación pensando que todos podíamos ser como el pastorcillo de Guelatao que llegó a ser presidente de México, y nos identificábamos con el heroísmo de los Niños Héroes de Chapultepec, que con su vida defendieron a la patria de la agresión del imperio.
No sé tú, pero yo le debo todo a la escuela pública y a esa disciplina que nos inculcaron. Gracias a eso estudié la primaria, la secundaria, la preparatoria y obtuve una licenciatura, una maestría y un doctorado, como muchos mi generación que ahora viven de lo que aprendieron.
A pesar del rigor de la disciplina, recordamos con cariño a nuestros profesores porque sus enseñanzas fueron los ladrillos de una formación que nos permitió tener oportunidades que, de otra manera, jamás hubiéramos tenido. Siempre digo que si no hubiera sido por la escuela pública, yo andaría cuidando chivas en Casas Blancas.
No es nostalgia por el pasado, sino por el futuro. Tengo la sospecha de que las élites se dieron cuenta de que la educación era la única puerta del pueblo hacia la libertad y ahora la están cerrando. No están diseñando programas para elevar a los mediocres hacia la excelencia, sino que están aprobando hasta los que no saben; están pasando a todos hacia la fila de los burros.
