Columna Vícam Switch
Por: Alejandro Valenzuela
Se nos ha dicho que la militarización es una decisión obligada por la falta de policías profesionales y honestas que combatan la impunidad y la inseguridad. Es cierto: la dinámica heredada del crimen no deja otra alternativa y sería irresponsable regresar a los soldados a sus cuarteles en este momento. Sin embargo, esa realidad es el envoltorio de un proyecto de más largo plazo: se trata también de asegurar la continuidad del proyecto en marcha.
“Se viene una tormenta, señor Wayne –le dijo la Gatúbela a Batman–, y cuando llegue no sabrán cómo pudieron vivir en medio de tanta opulencia dejando tan poco para todos los demás”. El saqueo a la nación había sido demencial, tanto que parecía que la Gatúbela se estaba refiriendo a México.
Treinta años después de que la Corriente Democrática se salió del PRI, y habiendo incubado en Andrés Manuel López Obrador al líder carismático que los guiaría, la tormenta llegó como una insurrección electoral.
Sin embargo, no querían la verdadera transformación de México. Como no hay epopeya sin narrativa épica, disfrazaron su movimiento con los ropajes y las consignas de la Independencia, la Reforma y la Revolución, pero en realidad querían la restauración del ogro filantrópico, la continuación del sistema PNR-PRM-PRI, cuyos excesos pusieron en grave riesgo una forma de gobierno basada en un partido de estado y en una presidencia todopoderosa. Por esa razón, los enemigos del obradorismo no son los explotadores (ni la clase política de treinta años hacia atrás), sino todos los que piensan diferente y que han sido metidos, junto con los que continúan siendo opositores, en el costal amorfo del neoliberalismo conservador.
Cuatro años de gobierno evidencian que el propósito principal nunca fue acabar con la pobreza, la impunidad, la corrupción, el nepotismo y, en fin, el uso patrimonialista del poder.
Si en verdad quisieran acabar con la pobreza, en lugar de repartir dádivas (que solamente la alivian al costo de eternizarla y convertirla en el filón de oro de votos), hubieran dedicado el presupuesto necesario para subsidiar a la infancia, dándole educación de calidad, salud y alimentación en escuelas de tiempo completo para sacarla del abandono, la desnutrición y darle así las oportunidades que ahora no tiene. Además, ¿qué mejor subsidio para una familia pobre que le eduquen y le alimenten a sus niñas y niños? Ese solo programa, además de sentar las bases para acabar con la pobreza, hubiera hecho innecesarios todos los demás subsidios.
Si quisieran enderezar la economía, para darle sustento a las oportunidades, hubieran impulsado una reforma fiscal progresiva y progresista para financiar la transición, apoyar empresas e impulsar la economía social para promover el involucramiento de la gente en actividades propias y solidarias.
Si quisieran acabar con la inseguridad no se fijarían solamente en las mínimas reducciones de delitos (que lo atribuyen al eslogan vacío de abrazos, no balazos), sino en el índice de impunidad, que se mantiene arriba del 95 por ciento; tendrían un plan para la creación de policías locales profesionales, competentes y honestas; le hubieran regresado a los soldados la dignidad perdida ante los ataques arteros de la población; tendrían un fuerte equipo de inteligencia financiera para córtale las rutas del dinero al crimen organizado y tendrían, en fin, una estrategia de enfrentamiento en escenarios de combate.
Algunas veces parecen que sueñan con la Rebelión en la Granja (de George Orwell), porque tantean el terreno violando la Constitución, sometiendo a los otros poderes y atacando a los movimientos sociales y órganos autónomos, como lo haría cualquier aspirante a dictador. Pero otras veces, parece que sueñan con un Mundo Feliz (de Aldous Huxley), donde el pueblo, sin represión y con libertad, acepte contento la dominación y ellos, magnánimos, dirijan un sistema donde la corrupción, la impunidad y el nepotismo sean administrados de manera eficiente y ordenada, justo lo contrario de lo que se ha hecho en México desde siempre.
Pero hay un riesgo para el proyecto de restauración: la ausencia del líder carismático puede desmoronarlo porque es casi seguro que llegará a la presidencia un personaje gris, sin gracia, sin carisma y sin las habilidades para entusiasmar a las mayorías, sin el don de sumergir en el fango a quien le dé la gana, para luego purificarlo y perdonarlo. Andrés Manuel López Obrador es un maestro de la argumentación ad hominem: no discute ideas, sino que ataca, insulta y descalifica a quien las emite; pero sabe que tarde o temprano, si las cosas no mejoran, las prebendas, la abyección y el discurso del odio no serán suficientes porque el proyecto del nuevo partido de estado resultó un endeble entramado de ambiciones aún más cínicas que las del PRI, su inmediato antecesor.
La única respuesta para la continuidad está en la militarización. Sin embargo, el poder de los generales causa tantas reacciones en contra como la reelección del presidente. Por eso, tienen que disimular, enmascarar sus intenciones y usar la inseguridad como el pretexto perfecto para lograr sus objetivos.
El fondo de la militarización, el motivo real, es que las Fuerzas Armadas son la única institución que puede hoy garantizar la continuidad del proyecto de restauración del sistema de dominación e impedir la atomización del poder en cacicazgos gremiales, estatales y regionales.
