Capítulo 1 de la novela “Desde Lejösburgo” de Jorge Tadeo Vargas, publicada mes con mes.
Comencé a frecuentar de manera regular el jardín Juárez a inicios de la última década del siglo pasado; Madre por fin había puesto término a casi una década de reinado del diablo y regresamos a casa de mis abuelos con lo que acabaron también más de diez años de un exilio impuesto, no por mis abuelos, sino por el paterfamilias: el cura hermano de mi abuela que era quien dictaba sentencia en esa casa. El decidió que Madre, quien tomo el valor y dejo la violencia en la que la hacía vivir mi papá, no era bienvenida. El matrimonio es para siempre, no puede estarse abandonando solo por violencia verbal, física y posibles traumas en los hijos. No es bien visto por dios y por lo tanto el exilio llegó. Bueno, tampoco fue un exilio cumplido cien por ciento, mi abuelo nos llevó a vivir a su lado, al campo agrícola donde trabajaba y así pasamos algunos años, donde la única exiliada por completo era Madre; nosotros podíamos ir a visitar a los abuelos, los tíos y los primos en temporada de vacaciones de verano, diciembre no; son fiestas católicas y pues en esas fechas no teníamos entrada ni nosotros.
Vivimos con mi abuelo en el campo agrícola hasta que llegó el diablo. Conquistó a Madre, mi abuelo regreso a la ciudad cuando se jubiló y así quedamos huérfanos de familia por casi una década. Regresamos justo para mi comienzo en la preparatoria y para tomar el transporte público a la escuela tenía que cruzar esa zona cercana al Jardín Juárez conocida como “el tijuanita” una zona de tolerancia, no reconocida por las autoridades como tal, pero donde las 24 horas del día se podían ver trabajar mujeres, travestis, homosexuales, etc., etc. No era la primera vez que los veía; cuando viajas de los campos agrícolas a la ciudad, la parada obligatoria, es decir la terminal de autobuses, está situada justo dentro de esta zona, así que la conocía muy bien, solo que esta vez pasaba todos los días por ahí, incluso los sábados que tenía que tomar el transporte hacia mi trabajo de fin de semana.
En el Jardín Juárez también vi mi primer concierto de Hardcore, aquí mi memoria me traiciona y no recuerdo si fue en 1990 o en 1989, por lo tanto, no recuerdo si ya estábamos viviendo en la capital o solo estábamos de paso; para el relato no es importante, porque lo que si recuerdo es que se trataba de un concierto en apoyo a una huelga de trabajadores de la fábrica de automóviles Ford; había cientos de personas y antes de que tocaran las bandas, hubo un pequeño mitin donde algunas personas dieron discursos sobre lo injusto de la situación laboral de esa empresa entre muchas otras denuncias y demandas. Es posible que sea mi primer encuentro con activistas también; sin embargo lo que a mí me impresiono fue la música. De las bandas que tocaron solo recuerdo a Los tres cochinos y el Sistema Feroz, banda que me dejo sin habla. Yo ya había escuchado Hardcore antes; estaba en esa transición del Thrash Metal hacia algo más ruidoso, pero de México solo conocía a los Atoxxxico y los Disolución Social así que Los tres cochinos y esa música, básica, ruidosa, agresiva, fue un despertar para mí.
Comencé a frecuentar el Jardín Juárez después de nuestra llegada a la ciudad, pasaba por ahí recordando ese día, con la esperanza de ver algún muchacho de mi edad e identificarnos. Estaba recién llegado a la ciudad y no conocía a nadie, soy bastante antisocial, así que en la escuela no lograba hacer amigos, con excepción de los compañeros del equipo de basquetbol, pero eran solo compañeros de juego, nada más eso.
Para los que no conocen esta zona de la ciudad; el Jardín Juárez se caracteriza por tres cosas principalmente para el ciudadano común que no transita los bajos mundos: la primera son los boleros, son los lustradores de zapatos que se encuentran por toda la plaza y que debe ser el espacio por donde más zapatos pasan en un día. Comienzan a llegar clientes desde las siete de la mañana y no paran hasta las diez de la noche. La otra de las actividades por las que es reconocido es por ser un lugar de descanso para jubilados. Decenas de viejos llegan las bancas de esta plaza, mal llamada jardín y pasan el día sentados en ellas platicando de sus glorias pasadas, de sus mejores años; igual que los zapatos a lustrar, los viejos comienzan a llegar a las siete de la mañana y se van con el atardecer. Con el paso del tiempo llegue a reconocer a muchos de ellos, platicar con otros y verlos partir para no volver más, supongo que murieron, no lo sé, pero yo no era nadie para saberlo, era solo otro visitante más. Por último, se encontraba la zona de “el tijuanita” era indeseable pero innegable lo que pasaba a una cuadra en todas direcciones del Jardín, tan innegable que muchas de las trabajadoras, se iban a comer en los distintos carros de comida que se instalan en las esquinas del Jardín; algunas otras cuidaban a los hijos o hijas de las que estaban trabajando; entre ellas se apoyaban con el servicio de niñeras, un acuerdo de mientras tu consigues un cliente yo cuido a tus hijos, luego tú haces lo mismo por los míos.
Fue ahí donde me lo tope y fue por el que comencé a pasar mucho de mi tiempo libre en ese lugar. Le decían “Eddy” era un bolero un poco mayor que yo, pero ya con años de experiencia. Comenzó a trabajar primero con un cajón a la edad de ocho años, yendo de un lugar a otro, hasta que gracias a un amigo de su mamá consiguió una silla en el Jardín y ahí se quedó. Tenía su cabello largo, abajo de los hombro y la primera vez que lo vi, traía una camiseta de Ramones, así que me acerque a saludarlo; le pregunte si le gustaba la banda, señalando su camiseta y su respuesta solo fue una sonrisa, seguido de “¿a ti no?” Así fue como comenzamos a platicar de música, desde Heavy Metal de los ochenta, toda la ola del Metal Británico hasta el Hardcore más agresivo que había escuchado y que escucharía. Con el conocí a Corrosion of Conformity, Dirty Rotten imbeciles, Cryptic Slaugther y yo le presente bandas como Dead Kennedys, Black Flag; así comenzó nuestra amistad y así me fui quedando de manera frecuente en el Jardín Juárez.
Cuando le pregunté porque le decían “Eddy”; su nombre no era Eduardo, ni nada parecido sin decirme nada a mí, volteó a ver a su compañero en la silla y le dice: – Lobito, este me pregunta porque me dicen Eddy, dile porque-. Veo a la persona a la que la habla Eddy y entiendo porque le dicen Lobito, lo que no entiendo es el diminutivo. Es un tipo de mas de un metro ochenta y cien kilos con una barba que le cubre casi toda la cara; es un verdadero hombre-lobo que se me acerca y poniendo su mano en mi hombro me dice: “¿conoces a la momia de los Iron Maiden?” entonces veo el increíble parecido del Eddy bolero con la mascota de la banda inglesa y a pesar de lo que uno puede pensar, no era un insulto, no, para nada, este lustrador de zapatos lo tomaba como un orgullo, estaba feliz de su parecido con un dibujo de una momia mucho más famosa que la misma banda.
Eddy llegaba a las seis de la mañana al Jardín, yo pasaba por ahí más o menos a esa hora a tomar el transporte hacia la escuela y lo saludaba. El dejaba de trabajar a las cinco; yo salía de la escuela a las dos, llegaba a su silla como a las dos y media y me quedaba hasta las cinco deambulando por la zona. Ahí conocí a muchos personajes memorables en mi vida, hice grandes amigos, pues no era el único que llegaba con el Eddy, era nuestro “dealer” de música. Aun no sé cómo, pero conseguía mucha música. Ni yo metido en esos días en el “tape trader” lograba superarlo. Intercambiábamos entre todos los que nos reuníamos ahí. Después comenzó el intercambio de fanzines, revistas, también conocí a Chewbacca, otro bolero que con su apodo lo decía todo; además de estupendo dibujante, fan del arte gore, de la música Death, Black, Noise, Grindcore y así amplié mi gusto musical. Él llegaba después de las cinco, así que mis horas en la zona se fueron aumentando. Algunos días salía de casa de mis abuelos a las seis de la mañana y no regresaba hasta las diez de la noche.
Este lugar se convirtió en un espacio importante en mi vida, de formación y reconocimiento. No solo en lo que respecta a la música, sino también en la condición humana, encontré solidaridad, respeto, apoyo, todo esto entre lo que la sociedad en general considera lo más bajo, entre drogadictos, putas, homosexuales, dealers, padrotes.
Mi adolescencia se fue moldeando en ese lugar y con los compañeros que fui haciendo en el camino académico, es decir, pasaba de estar discutiendo sobre anarquismo con amigos de la escuela, desde donde pensábamos cambiar el mundo, a acompañar amigos a comprar solvente en las tiendas de pinturas para los amigos del jardín: “es que a ti si te lo venden, no pareces malandro” me decían. De círculos de lectura sobre Enrico Malatesta a leer libros infantiles a hijos e hijas de prostitutas bajo los árboles del Jardín.
Eddy era de los mejores boleros del Jardín Juárez; al menos era de los que más clientes tenían. Por su silla pasaban algunos de los mejores médicos de la ciudad, políticos, empresarios, todos los conocían como “el Eddy”. Él decía que parte de esta clientela tan fiel es que sabían que era muy celoso de su silla y tenía razón, aunque podía rentarla para que alguien más la trabajara por la tarde-noche, no lo hacía, su silla era de él y solo él podía trabajarla, al contrario de muchos otras por donde pasaba una gran cantidad de boleros, por lo que es difícil para los clientes establecer una relación; algo importante cuando te vas a sentar en una silla por quince minutos o más con una persona a tus pies lustrando tus zapatos. Lo mejor que puedes hacer: entablar una conversación con ellos y si tu bolero tiene una plática un poco inteligente mucho mejor. Algo que le ayudaba es que compraba todos los periódicos de la ciudad, que en ese tiempo eran tres, además de comprar los más importantes a nivel nacional que leía antes de los clientes y así podía opinar y platicar. Era una persona bastante instruida, se informaba, no solo porque le importaba, sino porque era parte de su trabajo y ello le redituaba.
Aunque pasaba la mayor parte del tiempo entre el “Eddy” y el “Chewbacca” por una afinidad musical, fui conociendo a muchos otros boleros, desde aquellos que eran eventuales por llamarles de alguna forma, es decir, aquellos que no tenían una silla permanente pero siempre andaban rondando para cubrir alguno de los que si tenían puesto ya sea rentando, de empleados o dueños del mismo, que se quedaban todo el día y pues necesitaban alguien que los cubriera para ir a comer. Entre muchos de ellos sus historias eran de miseria, deprimentes, algunas como la de un viejo que era toda una leyenda en el Jardín, no solo por ser uno de los fundadores de la asociación de boleros de la ciudad, sino porque en su juventud fue un ganador de los guantes de oro a nivel nacional pero que en su primer pelea profesional le dieron tal golpiza que nunca más pudo caminar bien terminando con esto su carrera y sus aspiraciones de éxito. Aunque yo no lo vi trabajar nunca en su silla, se pasaba el día vigilando que sus empleados no fueran a robarle. En uno de sus días buenos te podía entretener un rato con sus historias de boxeo y viéndolo hacer fintas al aire.
Los boleros no solo eran y son parte fundamental de esta plaza llamada Jardín Juárez, sino que son una parte medular de la historia de la ciudad, de su gente, de su cultura. En los últimos años los ayuntamientos han tratado de mejorar este espacio; lo han remodelado, han privatizado muchos de sus espacios públicos como los carros de comida entre muchos otros. Cada vez se parece menos aquel Jardín de hace unas décadas atrás. Pero han fracasado en sus intentos de desaparecer “el tijuanita”, lo único inamovible son ellos: las putas, los jubilados y los lustradores de zapatos, los boleros se mantienen pues aunque las modas vayan y vengan, siempre habrá gente que necesite tener sus zapatos limpios y lustrosos ¿Quién mejor que los expertos para hacerlo?
El Jardín Juárez y todos sus secretos se me abrieron gracias a esta gente. El Eddy me lo mostró. Me enseño como moverme en esos lugares, me presento a personas. Desde su silla. Fue capaz de llevarme a un mundo donde pocas personas, especialmente como yo que fuimos simples espectadores pueden conocerlo a fondo. Esto lo aprendí mientras aprendía como se lustran unos zapatos.
Extracto de la novela: Desde Lejösburgo
Publicada mes a mes
Jorge Tadeo Vargas

