En esta colonia del norte de México, ubicada en el poniente de Torreón, la violencia arrancó a la gente de su tierra. Entre 2008 y 2014, la presencia del crimen organizado provocó el desplazamiento forzado interno de 222 familias. Hoy, el arraigo de quienes regresaron y permanecen, a pesar de las ruinas, impide que el lugar se desdibuje.

Este reportaje forma parte del proyecto «Desplazamiento forzado, una herida sin sanar en México»

Por Daniela Cervantes

En la época prehispánica, cuando un bebé nacía, la familia enterraba su ombligo en la tierra. Con ese ritual buscaban conectarlo con su origen, su núcleo y su destino. Se pensaba, entonces, que su vínculo se volvería definitivo.

Más de quinientos años después, la idea del ombligo como raíz sigue viva. La creadora escénica Martha Chávez lo constató al conversar con una habitante de la colonia Nuevo México. La mujer mayor le contó que su ombligo se quedó enterrado en Zacatecas, su lugar de origen; y que ella, a su vez, sepultó el de sus hijos en ese sector del poniente de Torreón, zona a la que había arribado años atrás.

A la artista lagunera aquella imagen le pareció “una metáfora preciosa”. En ella encontró el sentido de arraigo que notó en la gente que habitaba el barrio, quienes entre 2008 y 2014 se negaban a abandonar sus casas, aun cuando la colonia fue tomada por el crimen organizado y la violencia se volvió parte de su rutina diaria.

En aquellos años, el sector se convirtió en un campo de batalla y guarida de grupos delictivos, principalmente de Los Zetas, quienes despojaron a los residentes de sus hogares.

En el 2018, Martha Chávez caminó la zona siniestrada. Recabó testimonios, observó y tomó apuntes. Buscaba entender lo que habían experimentado los habitantes de la Nuevo México durante la época cruenta, que entre 2010 y 2012 vivió un pico alto de violencia. Las consecuencias fueron visibles: casas destruidas, paredes heridas de balas, y, según notas periodísticas, al menos 222 familias fueron desplazadas.

En ese momento Martha Chávez conoció el concepto de desplazamiento forzado interno, y sacudida por lo que implicaba decidió traducir esa experiencia colectiva en una pieza teatral. El resultado fue la obra titulada “La Nuevo México, allí donde quedó el ombligo”.

El nombre nació de la conversación que mantuvo con aquella mujer. Para Martha se convirtió en la piedra angular que representa la esencia de todo el barrio: el ombligo como símbolo de origen, pertenencia y centro vital, el punto exacto donde se vincula el arraigo de su gente.

El material que recabó Martha Chávez lo transformó, a través del teatro documental, en un acto de memoria. También en una forma de volver a enterrar el ombligo de un barrio que la violencia había arrancado de su tierra.

Hoy, en las voces de quienes se quedaron y de quienes un día regresaron, se reafirma que el arraigo en la Nuevo México nunca fue una idea abstracta, sino una determinación forjada en medio del miedo. Para unos significó resistir sin moverse; para otros, volver sobre sus pasos. Entre ambas decisiones tejieron la misma voluntad: sostener la dignidad de una colonia desplazada, pero empeñada (entonces y ahora) en no desaparecer.

La Nuevo México nació al mismo tiempo que otras colonias obreras del poniente de Torreón, todas ligadas a las fábricas y al ferrocarril. Foto: Daniela Cervantes

Aquí estoy para contar lo que vivimos”

Enero de 2026. Llego a la colonia Nuevo México, un barrio de raíz obrera asentado en las faldas del cerro de las Noas, al poniente de Torreón. Las casas se levantan sobre la piedra del collado, adaptadas a la pendiente, formando cinco callejones que se enlazan como un laberinto áspero. Subo por uno de ellos y de inmediato me cruzo con los rastros de la hecatombe: viviendas derruidas, muros acribillados, puertas y ventanas selladas con cemento, fachadas grafiteadas, montones de basura y algunos domicilios en visible abandono.

La escena me vincula a un poema de la polaca Wislawa Szymborska que describe justo el trabajo silencioso que comienza cuando una guerra termina:

Después de cada guerra […]

alguien tiene que limpiar.

No se van a ordenar solas las cosas […]

Alguien tiene que arrastrar una viga para apuntalar un muro,

alguien poner un vidrio en la ventana

y la puerta en sus goznes. […]

Alguien con la escoba en las manos.

recordará todavía cómo fue…

En algunas de las casas de más arriba del cerro, según los vecinos, personas fueron torturadas y asesinadas. Foto: Daniela Cervantes

En la Nuevo México, ese “alguien” tiene rostro y nombre, se llama Ana María Zapata, una mujer que aún en el pico más alto de la violencia no abandonó su casa. Mientras muchas familias se desplazaron para salvarse, ella, junto a su pequeño hijo de tres años, se aferró a sus paredes heridas.

La misma Ana narra cómo ha intentado recomponer su vida entre las ruinas, reconstruyéndose a sí misma del mismo modo en que, como escribiera Szymborska, se reconstruye un territorio después de la guerra.

Actualmente tiene 47 años, los mismos que ha permanecido arraigada a la colonia que recorrió con curiosidad desde que era niña y donde, entre juegos en el cerro y calles edificadas sobre piedra, fue moldeando su identidad.

“Todos éramos felices, tranquilos. De niños nos subíamos al cerro y nos bajábamos en una llanta, jugábamos a las escondidas y en las canchitas de fútbol. La gente se empezó a ir por las balaceras. Cuando comenzaron, cada quien huyó por su rumbo”, relata Ana.

¿Y ella por qué se quedó?

“No sé cómo me lo va a tomar usted señorita, pero el muerto y arrimado a los tres días apestan, y la familia dice que te ayuda y al final no lo hace. Yo no me fui porque no tenía las condiciones. Yo vivía al día”. Además, dice, sus padres construyeron con mucho esfuerzo esa casa. Ladrillo a ladrillo y acarreando agua desde la estación del tren que les quedaba cerca, la levantaron. Por eso sintió que ella de alguna manera tenía que defenderla.

Sentada en el comedor de la morada, en donde la luz del sol aún no entra porque las ventanas siguen selladas con el cemento que una vez colocaron para que no la penetraran las balas y las huellas de los disparos permanecen en los muros exteriores, Ana recuerda el hecho exacto con el que estalló la violencia en la colonia.

Ana María Zapata conoce la Nuevo México como la palma de su mano. Sabe de cada grieta que la violencia le abrió a su colonia. Foto: Daniela Cervantes

Fue en 2009, cuando mataron a balazos a Crucito, un habitante muy querido que vendía elotes y churritos, hecho que, confirma, provocó que la Nuevo México cambiara para siempre.

“Había una fiesta y él estaba vendiendo elotes. Siempre atraía a muchos niños a su alrededor; todos corrían hacia su triciclo porque les daba chilito con limón en la mano. Cuando empezó el tiroteo, él lo único que hizo fue gritar que no tiraran, que había niños. Quería protegerlos. Después, cuando todo pasó, vimos a muchos niños llenos de sangre y pensamos que estaban heridos. Pero no: era la sangre de él. Crucito los cubrió con su propio cuerpo. Él los salvó”, narra Ana.

Ese hecho le arrebató la paz a la Nuevo México. La escena que siguió fue la de cuatro cuerpos abandonados en la entrada del sector.

El barrio quedó atrapado entre dos grupos del narco: primero los Zetas, luego, dice Ana, llegaron los “Chapitos”. Los grupos se disputaron el terreno. Relata que convirtieron algunas casas, sobre todo las de más arriba del cerro, en trincheras improvisadas.

Más vecinos, como pudieron, comenzaron a tapar sus ventanas con cemento. De la noche a la mañana, de los 326 habitantes registrados en el Censo de Población y Vivienda del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) del 2010, quedaron apenas entre 10 y 15 personas.

Así lo cuenta Ana, la única que permaneció en el callejón número dos, ese donde descansa la Virgen del barrio: una imagen pintada sobre un muro, resguardada por un pequeño nicho que tampoco se salvó del fuego cruzado.

“Aquí estoy para contar lo que vivimos. Fuimos muy pocas las personas que nos quedamos; de quienes sobrevivieron conmigo, algunas personas ya murieron”, pronuncia una habitante que resistió en una zona en la que se disputó, lo que ella misma dice, fue una guerra.

En el lugar se aprecia mucha basura y un abandono real. Foto: Daniela Cervantes

Radiografía de una colonia

Antes de entender por qué la colonia se volvió atractiva para el crimen organizado, es importante profundizar en cómo se formó y qué heridas cargaba antes de que las familias se desplazaran.

Vista a través de Google Maps, la Nuevo México parece un error de planeación. Desde la calzada Gustavo A. Madero, las casas pequeñas comienzan a trepar el cerro, como brotando de la tierra sin un trazo previo. De abajo hacia arriba, o de arriba hacia abajo, no se sabe muy bien cómo ni desde cuándo las familias fueron apartando un pedazo de colina para levantar ahí su patrimonio.

Lo que se sabe es que la colonia quedó registrada desde 1935, así lo puntualiza para este reportaje el historiador Carlos Castañón. En ese entonces, explica, apenas unas cuantas casas rodeadas de terracería figuraban como asentamientos incipientes en la periferia de la joven ciudad.

Fotografías captadas en 1940 (facilitadas por el propio historiador) confirman la imagen anterior: la colonia estaba formada por pocas casas, tan dispersas entre sí, que el cerro seguía dominando el paisaje.

Fotografías captadas en 1940 ilustran que la colonia estaba formada por pocas casas, tan dispersas entre sí, que el cerro seguía dominando el paisaje. Foto: cortesía del historiador Carlos Castañón

La Nuevo México nació al mismo tiempo que otras colonias obreras del poniente de Torreón, todas ligadas a las fábricas y al ferrocarril, motores económicos que en esa época marcaron la expansión urbana de la región.

Ese origen industrial también dejó una herida geográfica: las colonias quedaron partidas por los rieles, y esa división, apunta Castañón, se convirtió con los años en un problema de incomunicación para muchos habitantes del otro lado.

Hoy, la separación es más evidente: una barda de concreto refuerza la frontera física y simbólica entre los barrios que crecieron unos a espaldas de otros. Como ocurrió con la Vencedora, la Antigua Aceitera o la Nueva Aurora, la Nuevo México se formó sobre terrenos “ganados” al ferrocarril. Lo que se traduce en invasiones, asentamientos irregulares y trazos improvisados.

De ahí su fisonomía desordenada, sus calles que no siguen una lógica recta ni una cuadrícula reconocible. Ahí no hay manzanas perfectas ni alineaciones simétricas. Ahí, el orden, expresa el historiador, es precisamente el desorden.

Ese crecimiento irregular no fue sólo urbano, sino también social. La colonia se fue construyendo con lo que había: esfuerzo, trabajo, cercanía con las vías, y una relación directa con la tierra del cerro. Décadas después, esa misma condición, periférica y fragmentada, la volvió vulnerable cuando la violencia entró sin permiso y se asentó en sus callejones.

Las consecuencias se traducen en que hoy, según el Instituto Municipal de Planeación y Competitividad de Torreón (IMPLAN), de las 128 viviendas que están registradas en el sector, sólo 55 están habitadas, es decir, casi el 60 por ciento del parque habitacional permanece vacío. Huella palpable del desplazamiento forzado interno.

Un programa fallido se emprendió en el 2014 por los tres órdenes de gobierno para rehabilitar el tejido social y urbano de sus laberintos. “Fallido” porque bastó un recorrido por el barrio para constatar que doce años después del intento de rescate, la colonia permanece en el olvido. Entre sus calles se levantan casas destruidas, memorias fracturadas, pero eso sí, una comunidad que, pese a todo, como Ana, insiste en seguir enterrando su ombligo en la tierra.

La Nuevo México está registrada oficialmente desde 1935. Foto: Daniela Cervantes

Servir para sobrevivir

Permanecer en la Nuevo México significó aprender a convivir con el miedo, adaptarse a la violencia cotidiana y, en algunos casos, cruzar fronteras dolorosas para seguir con vida.

Ana narra cómo fue que sobrevivió dentro de una colonia que fue disputada por el “narco”. No lo cuenta con orgullo, incluso sus ojos se le llenan de agua y en la garganta se le forma un nudo. Confiesa que ella la libró porque su instinto de sobrevivencia la llevó a servirle de alguna manera a “los malos”.

Tanta fue su desesperación, que la mujer, que en ese entonces se dedicaba a limpiar casas y sacaba adelante a su hijo como madre soltera, comenzó a lavarles la ropa y servirles comida a quienes meses antes les habían arrebatado la paz.

Porque dice que, aunque la Nuevo México es un barrio donde siempre se ha vendido droga, nadie los había perturbado a tal grado de transformar la colonia en un campo minado.

Con pesar recuerda que su hijo, hoy de 18 años, en los años más cruentos solo repetía una alerta aprendida demasiado pronto: “mamá, mamá, ahí vienen las motos, ¡pum, pum, pum!”, mientras con su manita trazaba en el aire la forma de una pistola.

“Y mire, ahí nos escondíamos, ¿Pa’dónde corríamos hija?”, dice apuntando con su dedo índice un pequeño pasillo afuera del baño. Agrega que los dos vieron, sin querer, cómo mataban a gente con un disparo en la cabeza.

Ambos cargan con los estragos de todo lo que vieron. Su hijo se volvió retraído, aunque estudioso, casi no habla. Es tímido. Ella conserva la calidez en el trato, pero en sus ojos se asoma una hondura que delata el dolor: una tristeza persistente que, parece, se le quedó a vivir en su rostro.

En algún punto se sintió culpable por no poder sacar a su hijo de ahí, “perdóname mijo por tenerte en la maldad”, recuerda que le llegó a decir.

“¡Feo, feo! que estaba señorita, parecía una película, pero no, era la vida real”, reitera Ana, que en esos tiempos cuando salía a trabajar tenía que dejar su casa a merced de ellos, pero ¿quiénes son ellos? No dice nombres, sólo los describe como “muchachitos dedicados al narco” que no rebasaban ni los 20 años. Unos niños con metralleta y pistola a quienes les tuvo que suplicar que no la mataran.

“A mí me juzgaron mucho, dijeron que yo estaba con los chapitos porque les cocinaba o les lavaba la ropa. Pero ¿qué hacía? Mi hijo estaba chiquito. Ellos me llegaron a preguntar que cómo me podían pagar, y yo les decía ‘páguenme dejándome mi vida’. Y que si me veían a mí o mi niño, no nos hicieran nada”, lamenta Ana.

Aun así, tenía que andar con cuidado porque sin importar la hora “se soltaban los balazos […]. Cuando nos agarraba una balacera, algunas vecinas nomás escuchábamos ‘agáchense hijas de su puta madre’, y nosotras nos echamos de panza. Así nos salvamos varias veces. Los balazos duraban minutos, pero para nosotros ese tiempo se nos hacía eterno”.

Ana María Zapata, una mujer que aún en el pico más alto de la violencia no abandonó su casa. Foto: Daniela Cervantes

No era vida: lo que vivieron fue una pesadilla. Desaparecidos, muertos y mucha gente enferma de los nervios. Ana dice que a algunos de sus vecinos les dio diabetes de tanto susto. Ella se agarró “de su madre santa”, la Virgen Morena a la que cada 12 de diciembre le reza y le hace 40 kilos de tamales. La fe, dice, fue la que la sostuvo… y la sostiene.

Atravesó sucesos inenarrables. Y, aun así, la mujer de cabello castaño claro y cola de caballo ama su colonia. Por eso, cuando el gobierno anunció en el 2014 que la rescatarían, ella se entusiasmó y se sumó a la flotilla de vecinos que ayudarían a liderar las obras.

Sin embargo, la casa de Ana recibió sólo pocas mejoras. Casi todo lo que se ha invertido para mantenerla en pie ha salido de su bolsa. Lo dice sentada a la mesa situada en el espacio que alguna vez ocuparon los hombres que fracturaron la colonia. Ahí, ellos también se sentaron y también, desde ahí, sembraron el miedo.

La casa de Ana es sólida, de cimientos firmes, las mismas características que la describen a ella, porque, aunque le temblara el alma, fue estoica cuando se tuvo que defender de ellos.

– ¿Ya los perdonaste?

“Sí, porque ellos se hicieron malos, porque los obligaron, los golpearon”. Detectó en varios una carencia de amor de madre. A estas alturas no le importa que la juzguen, sabe que lo único que intentó y sigue intentando, es continuar viviendo.

Pasó la violencia, quedaron las heridas y el olvido institucional, pero Ana no se va. En la Nuevo México reina la ausencia, y aun así ella permanece. No se mueve porque ahí está su vida entera y porque, así como lo registrara la artista Martha Chávez en su obra escénica, su ombligo, como el de muchos de la colonia, quedó enterrado en esa tierra.

Actualmente no existe voluntad política para rescatar las casas dañadas de la colonia. Foto: Daniela Cervantes

De ser noticia internacional al olvido

Luego del tsunami de violencia que arrasó la colonia, en 2014 se anunció el programa “Recolonización de la Colonia Nuevo México. Primera Etapa”, cuyo objetivo era rehabilitar viviendas y propiciar el retorno de al menos cien familias a sus domicilios. El proyecto fue impulsado por el gobierno priista que entonces encabezaban Rubén Moreira Valdez en el estado y Miguel Ángel Riquelme Solís en el ayuntamiento de Torreón.

La noticia encendió una esperanza entre sus habitantes, e incluso en todo Torreón. Se dijo entonces que sería un modelo nacional de reconstrucción del tejido social de las zonas que fueron golpeadas por el crimen organizado.

Una vecina, que pidió mantener el anonimato, recuerda que durante esos meses la colonia se llenó de cámaras y micrófonos. Medios locales, nacionales e incluso internacionales caminaron los mismos callejones que antes funcionaron como trinchera. El barrio volvió a existir, al menos por un momento, en la conversación pública.

“Nos convocaron a regresar, a recuperar nuestras casas”, relata la vecina a la que llamaremos María. Ella salió de la colonia en pleno pico de violencia, tiempo en el que dice, mataron a su cuñada.

Aunque no quería, se vio obligada a pagar renta en otro sector de la ciudad mientras su casa quedaba vacía. Volvió cuando el ruido de las balas disminuyó, precisamente en el 2014, año en el que arrancó el programa de rehabilitación.

Recuerda que personal de Desarrollo Social levantó censos, recorrió viviendas dañadas y habló de un proyecto integral que se ejecutaría por etapas. Se mencionaron millones de pesos, no recuerda cuántos. Pero de manera oficial, según un informe sobre la Situación Económica, las Finanzas Públicas y la Deuda Pública del estado de Coahuila, la inversión, para esa primera etapa, fue de $5,030,275.

Lo que María sí recuerda es que les dijeron que el rescate sería profundo y los habitantes de ese sector tendrían una segunda oportunidad. Durante meses hubo reuniones dominicales con funcionarios y técnicos. La expectativa creció, pero, dice, el impulso se fue diluyendo.

“Sí hubo ayuda, pero fue muy por encimita”, expresa María. En muchas casas la rehabilitación se redujo a pintura, parches mal hechos o enjarrados superficiales.

Con el paso del tiempo la gente se desanimó. Quienes ya habían hecho vida en otros puntos de la ciudad decidieron no volver. El acompañamiento institucional se diluyó hasta desaparecer, al igual que el gran proyecto de rescate.

El programa “Recolonización de la Colonia Nuevo México. Primera Etapa”, anunciado en el 2014 fracasó poco después de haber arrancado. Foto: Daniela Cervantes

María no regresó por el programa ni por las promesas. Volvió por algo más antiguo y más hondo: porque ahí estaba su historia completa. Incluso, su madre, que aún vive en la colonia, fue una de las pocas adultas mayores que nunca se salieron de su casa, y de las que sostuvo el barrio mientras este era desplazado.

“Regresé ahora sí, como dicen, a donde está mi ombligo” afirma, con la frase que sostiene la tesis: la Nuevo México persiste gracias al arraigo de su gente.

El abandono que atrajo violencia

Antes de los disparos, las balaceras y el desplazamiento forzado interno hubo otra forma de violencia más silenciosa en este barrio: el abandono.

Durante décadas, el poniente de Torreón acumuló rezagos: desempleo persistente, trabajos informales mal pagados y trayectorias escolares truncas. En ese contexto, la Nuevo México se volvió un espacio atractivo para el crimen organizado, más que por su geografía, por su vulnerabilidad.

Lo anterior es un punto analizado en el libro “Socio-historia del barrio y sus violencias: Estudios de género, violencia y vulnerabilidad social en seis colonias del sur de Torreón”, elaborado por el Centro de Estudios Interdisciplinarios y Desarrollo Integral de La Laguna (CEIDIL).

En el material se lee que estas condiciones crearon un entorno donde el narcotráfico encontró refugio y mano de obra barata. Jóvenes sin opciones claras, con pocas posibilidades de continuar estudiando o acceder a un empleo formal, se convirtieron en presas fáciles para organizaciones criminales que ofrecieron dinero rápido, pertenencia y una identidad armada.

En ese sentido, la violencia que marcó a la Nuevo México no fue un hecho aislado, sino la expresión de un fenómeno más amplio que atravesó todo el poniente de Torreón.

Sin embargo, más allá de los diagnósticos académicos y de las explicaciones estructurales, la historia del barrio no se entiende del todo en estadísticas ni en informes: se revela, sobre todo, en las voces de quienes lo caminan, lo habitan y lo resisten.

Retornar a una colonia herida

Ana María Zapata conoce la Nuevo México como la palma de su mano. Sabe de cada grieta que la violencia le abrió a su colonia. Se traslada por los cinco callejones que la conforman y mientras avanza va nombrando a los que se fueron y no volvieron. También indica qué casas fueron ocupadas por invasores.

“Mira, ella es una de las habitantes que regresó”, dice en algún punto señalando a una señora que va saliendo de su casa. En cuanto se cruzan, Ana la saluda con familiaridad y luego la alienta a que cuente su historia.

“Cuéntele su historia a mi amiga. Dígale por qué se fue Lupita”.

“¿Por qué nos fuimos? Porque nos asustaron. Estuvo muy feo”, responde espontáneamente la señora de blancos cabellos. Cuando se pusieron malos los tiempos, recuerda que las balaceras podían estallar en cualquier momento. “Los balazos caían de aquí y de allá. Uno miraba muertos por todos lados. Todo eso nos enfermó”.

El miedo se volvió enfermedad. La señora Lupita cuenta que le dio diabetes, ansiedad, “me enfermé de los nervios”. La violencia no sólo desplazó cuerpos, también los mató. Cuenta que su hermana Marcela y su tía murieron del terror. Ya no supieron vivir después de todo lo que vieron.

“Murieron del miedo, de pura ansiedad. La depresión nos acabó feo”. Su familia nuclear se tuvo que ir a rentar casa a otro lado. Su esposo no quería abandonar el barrio. “Nosotros no debemos nada, ¿por qué nos vamos a ir?”, recuerda que le pronunciaba.

Sin saberlo, Lupita y los suyos se convirtieron en víctimas de desplazamiento forzado interno, un fenómeno que hasta la fecha no tiene un reconocimiento formal ni garantías efectivas de reparación en Coahuila. Huyeron de su propio hogar dejando a la deriva la casa que tanto les había costado levantar.

“Junto con mi esposo trabajé mucho para hacer esta casa”. Como varios vecinos del sector, ellos también levantaron piedra a piedra su morada. Por eso, luego de siete años de haberse expulsado del barrio, regresaron.

Hoy, la señora de 70 años de edad vive de nuevo en uno de los callejones donde sucedieron los actos atroces. Su esposo falleció y hoy comparte la casa con sus hijos y nietos. Aunque ya no la amenazan las balas, sabe que regresó a habitar una colonia olvidada.

“La veo muy apagada, muy triste. Ya no es la que era antes”, expresa la habitante con cierta nostalgia.

Lupita simboliza el arraigo encarnado, porque, ¿Quién regresa a vivir a una colonia que agoniza?

Lupita y los suyos se convirtieron en víctimas de desplazamiento forzado interno, un fenómeno sin un reconocimiento formal ni garantías efectivas de reparación en Coahuila. Foto: Daniela Cervantes

Los que se fueron para no volver

También hubo personas que no volvieron. Uno de ellos es Carlos Muñoz, ex vecino de la colonia, que con pesar huyó del barrio. Hoy tiene 37 años, se fue cuando tenía 22.

Sentado en el comedor de la casa de Ana, habla con una mezcla de aflicción y de alivio. Antes de la violencia, manifiesta, la vida en la colonia era otra cosa. Un barrio donde todos se conocían, y donde la pobreza no anulaba la alegría.

“Todo estaba bien bonito, todo muy unido. Todos éramos bien trabajadores; todo era felicidad”, recuerda. Él vendía dulces y también trabajó en un puesto de gorditas. Su mundo era la canchita frente a su casa, los vecinos, que eran como familia y las rutinas sencillas que sostenían su vida.

Concuerda con Ana en que la primera fractura que sufrió el barrio se produjo luego del asesinato de Crucito: “A todos nos marcó porque fue la primera balacera”.

En ese sentido, Carlos guarda en su memoria la escena de una tarde que caminaba por el callejón cuando decidió volver a su domicilio a buscar un encendedor, “fumaba mucho en ese tiempo”, dice. Mientras transitaba de regreso, abajito de su callejón estalló una balacera.

“Fue cuando mataron a Lourdes (voltea para decirle a Ana). Si no me hubiera regresado por el encendedor, me hubiera tocado a mí. Ahí fue cuando dije: ya no se puede vivir aquí”, lamenta Carlos.

Otra de las escenas que lo hizo huir de su colonia fue que varias veces a la hora de la comida, cuando comenzaban los balazos, su abuela se dejaba caer al piso. Ese acto lo entristecía. Ya no tenían calidad de vida, por eso se fueron.

Él fue el primero de su familia que se desplazó porque la colonia quedó aislada: los camiones dejaron de pasar y los taxis ya no querían entrar. La Nuevo México se volvió un territorio temido.

Actualmente muchas casas están destruidas y la esperanza que retornen las familias de desdibuja con los días. Foto: Daniela Cervantes

Para su familia el desplazamiento no fue una mudanza, sino una expulsión. Su casa fue intervenida y saqueada por integrantes del crimen organizado. Cuando regresaron, ya no quedaba nada.

Actualmente tiene la casa rentada, pero por ella recibe apenas 300 pesos al mes. Nadie está dispuesto a pagar más: la violencia dejó una marca irreversible. Y venderla, dice, es menos que una opción. ¿Quién invierte en una colonia acechada por el fantasma de la violencia?

Para Carlos la tristeza de dejar atrás el lugar donde pasó su infancia fue profunda, aunque con el tiempo su vida tomó otro rumbo: “Sí, fue triste, pero para mí, salirme fue para bien. La neta, a mí sí me fue bien, pero sé de muchos a los que les fue mal”.

Admite que ya no piensa volver. A la Nuevo México la observa como un barrio encapsulado en el tiempo. “Es el otro Torreón, el verdadero”, expresa.

A pesar de todo, y ahora que retornó al barrio para realizar esta entrevista, Carlos confiesa que se ha soñado entre los callejones donde forjó su infancia. En esa narrativa mental, revela, observa que regresa.

“Tal vez porque también enterraron mi ombligo en esta tierra”, dice entre risas el ex habitante de una colonia que persiste en Torreón como una herida abierta.

Carlos es un ex habitante que se fue del barrio para no volver. Foto: Daniela Cervantes

Víctimas no reconocidas

A los habitantes de la Nuevo México la violencia intentó arrancarlos de su tierra. Las historias de Ana, María, Lupita y Carlos encajan en una categoría que en México sigue siendo incómoda de nombrar: el desplazamiento forzado interno, un fenómeno todavía sin reconocimiento pleno.

A nivel federal, el país carece de una ley general vigente que lo regule. Actualmente sólo cinco entidades federativas reconocen y cuentan con legislación específica para la prevención y atención de este fenómeno: Chiapas, Guerrero, Sinaloa, Zacatecas y Oaxaca.

En Coahuila, el desplazamiento forzado interno aparece mencionado dentro de la Ley de Víctimas para el Estado de Coahuila de Zaragoza, que fue publicada en 2014, justo el año cuando comenzó a disminuir la violencia en la Nuevo México.

La figura aparece en el Artículo 7, dentro del principio de «Enfoque diferencial y especializado», donde se establece que las autoridades ofrecerán atención, garantías y medidas de protección especiales a grupos expuestos a un mayor riesgo de violación de sus derechos, incluyendo a las personas en situación de desplazamiento interno.

Sin embargo, ese reconocimiento normativo nunca se tradujo en atención, registros ni reparación del daño para los habitantes de la Nuevo México. La ley se imprimió en papel, pero no llegó a quienes huyeron, resistieron o regresaron.

Ricardo Martínez Loyola, titular de la Comisión Ejecutiva Estatal de Atención a Víctimas de Coahuila, explica que la Comisión no clasifica ni reconoce por sí misma los casos de desplazamiento forzado. Esa determinación, precisa, también corresponde al Ministerio Público, a través de la Fiscalía del Estado, desde el momento en que se recibe una denuncia y se integra una carpeta de investigación. Sin denuncia formal bajo esa categoría, entonces, indica, no hay registro.

La Nuevo México es una colonia ubicada en el poniente de Torreón que aún tiene secuelas de la violencia. Foto: Daniela Cervantes

Por ello, los datos con los que cuenta la Comisión no reflejan el universo real de las personas desplazadas en el estado, sino únicamente aquellos casos que llegan canalizados por la Fiscalía o en los que las propias víctimas acuden a solicitar atención.

Actualmente la Comisión tiene registradas únicamente a siete personas en situación de desplazamiento forzado interno, todas consideradas víctimas indirectas de desaparición: cinco originarias de Allende, una de Torreón y otra de Monclova.

El titular reconoce que esa cifra refleja un sesgo evidente en el registro. En ese sentido, admitió que quedan fuera múltiples escenarios: personas que denuncian amenazas, allanamientos o lesiones sin encuadrar su caso como desplazamiento; quienes abandonaron su vivienda por miedo sin presentar denuncia formal; víctimas atendidas por otras instancias; o aquellas que optaron por recurrir a asesoría jurídica privada.

Martínez Loyola explica que a esa fragmentación se suma un obstáculo más profundo: muchas personas que huyen de la violencia no se reconocen a sí mismas como víctimas de desplazamiento forzado. Abandonar la casa suele entenderse como una decisión para resguardarse, no como una violación a sus derechos. Esa falta de autoidentificación, dice, impide denunciar, solicitar atención y, en consecuencia, acceder a cualquier tipo de apoyo.

Desde la perspectiva institucional, el fenómeno existe y ha ocurrido en distintas regiones del estado, incluida la colonia Nuevo México en Torreón. Es decir, no se niega su presencia, pero se admite que no existen parámetros claros ni estudios amplios que permitan diferenciar con precisión cuándo una salida del domicilio obedece a un desplazamiento forzado y cuándo responde a otras causas. Definir esos límites, reconoce el titular de la Comisión, es clave para atender el problema sin reducirlo ni invisibilizarlo.

En el caso específico de la Nuevo México, la Comisión Ejecutiva Estatal de Atención a Víctimas no tiene registro claro de haber intervenido. Cualquier acercamiento institucional, de haber existido, dependió de que las personas afectadas hubieran denunciado formalmente su situación bajo esa categoría, y en los hechos, eso no ocurrió.

Según un ex habitante que se fue para no volver, nadie quiere pagara más de 300 pesos de renta al mes en la Nuevo México, mucho menos las casas tienen oportunidad de venta. Foto: Daniela Cervantes

En ese sentido, a casi dos décadas de que la violencia estallara en la Nuevo México, los testimonios revelan que a la fecha no existen políticas públicas sostenidas ni tampoco voluntad institucional para blindar, a través de una reparación del daño, a los habitantes de esa colonia del poniente de Torreón.

En un último recorrido por el sector junto a una de sus habitantes, subiendo hasta lo más alto del cerro se observa cómo el teleférico de Torreón sobrevuela la Nuevo México.

“Aquí ya viven más gatos que personas”, expresa María, la vecina que quiso permanecer en anonimato, precisamente cuando pasa una colonia de estos animalitos por uno de los laberintos.

Apenas unos metros más arriba se levanta el Cristo de las Noas, una imagen religiosa icónica que, con los brazos extendidos, parece custodiar la ciudad. Sin embargo, su mirada no llega hasta esos callejones heridos donde mujeres como Ana, María o Lupita, reconstruyen su vida sin amparo. La Nuevo México sigue en pie, pero no por el Estado, sino por sus propios habitantes. Es una cicatriz viva que se resiste a desaparecer porque ahí quedó enterrado el ombligo de su gente, un ritual ancestral que representa la sustancia de su historia.

En un último recorrido por la colonia una vecina expresó que en el sector ya viven más gatos que personas. Foto: Daniela Cervantes




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