JORGE TADEO VARGAS

Mientras me recupero un poco, seguiré compartiendo algunos cuentos de mi primer libro de cuentos llamado Relaciones Familiares. Espero gusten.

En los campos agrícolas los hombres se aburren fácilmente, no, aburrir no es el verbo que estoy buscando, hastío lo define mejor. Al llegar la tarde, después de cumplir su jornada laboral, no hay mucho que hacer, salvo sentarse fuera de sus casas a ver llegar la noche. A veces juegan cartas, otras platican entre sí hasta la hora de dormir y regresan a su casa con el hastío y la apatía hasta los huesos.

La noche de los sábados es distinta, es el día de paga, así que nunca falta la cerveza, el alcohol, la fiesta y la violencia, la frustración de estos hombres sin futuro. Esto, sólo los fines de semana, los días laborales buscan otras formas de dirigir esta violencia y frustración.

El lugar en que me crié tenía las casas formando una herradura, con la iglesia al frente y, en medio, una cancha de básquetbol que nadie usaba para practicar este deporte, al contrario, los días de más hastío los adultos, al caer la noche se reunían en círculos en este lugar para ver a sus hijos golpearse entre sí, en una especie de ring improvisado. Peleas de box en las que ellos sólo gritaban, exaltando o humillando a los peleadores, que eran los hijos de alguno de estos hombres.

Siempre me resistí a participar en este espectáculo, de cualquier forma, para mi padre yo ya era un maricón, así que no era requerido para participar en este espectáculo, me sentaba en una esquina de la cancha a observar y escuchar a mis amigos golpearse entre sí, llenarse de odio que se iba acumulando, complicando la convivencia diaria. La alternativa de negarte era la correspondiente golpiza de sus padres, sin la opción de defenderte o regresar el golpe, sólo aguantar. No era una alternativa que alguno de ellos quisiera tomar.

Sin embargo, una vez participé. Mi hermano mayor se me acercó, ya con los guantes puestos y me dijo:

— O boxeas conmigo o igual te golpearé― Me tiró otro par de guantes que me dieron de lleno en la cara.

Me puse los guantes, mientras caminaba al centro del círculo formado por los adultos que ya gritaban enardecidos, y vi en el suelo sentado a Toñito, tenía un ojo inflamado y aún le goteaba sangre de la nariz. Vi a mi padre darle unas palmadas a mi hermano, como si fuera su entrenador, mientras me encaminaba al centro del círculo donde lo esperaba.

El primer golpe que me tiró logré esquivarlo con relativa facilidad, lo mismo hice con el segundo, no tenía deseos de pelear y esperaba que esquivando los golpes mi hermano se cansara y me dejara en paz. No fue así.

Después de una finta, dirigida hacia mi estómago, la derecha se insertó justo en mi cara. Sentía como hervía mi sangre mientras caminaba hacia atrás y él bajaba la guardia. Le solté dos golpes al estómago que le sacaron el aire. Ya no importaba nada. Sólo la pelea.

Comencé a moverme de un lado a otro observando a mi hermano que aún intentaba respirar después de mis golpes. Lo amagué con uno directo a la cara, con lo que él dejó al descubierto su estómago. De nuevo dos golpes más que lo hicieron retroceder.

Vuelvo a hacer un amague y baja la guardia para proteger la parte más golpeada, así que lo golpeo directo en la cara, sube su guardia instintivamente y lo golpeo de nuevo en su estómago. Sigue retrocediendo, se le ve confundido, adolorido, a lo lejos escucho una voz que dice:

— Tu hijo tiene madera de boxeador, se mueve muy bien.

Me descuido, volteo a ver a mi padre que está callado, sin decir nada, sólo ve a sus dos hijos, en el centro del círculo, peleando.

Un golpe en la nariz. El dolor y la sangre me regresan a la pelea, dos golpes más que casi me tiran al piso, observo de reojo a mi padre que comienza a sonreír orgulloso y lo escucho gritar: “dale otro, uno más y se cae”.

El siguiente golpe lo esquivo con dificultades, pero lo esquivo haciéndome a un lado y golpeando justo en el hígado, se retuerce y lo vuelvo a golpear, ahora mucho más fuerte y, cuando se dobla, con un gancho en la cara lo levanto de nuevo, veo como su ojo izquierdo comienza a inflamarse, doy dos pasos hacia atrás mientras mi hermano baja la guardia por completo.

El primero del final lo recibe en la nariz, el remate es justo en la barbilla y se desvanece entre los gritos de júbilo de los espectadores.

No alcanzo a celebrar mi victoria, de pronto, siento un golpe en la boca que me marea y me obliga a escupir sangre. Lo veo parado frente a mi gritándome: “¿Qué has hecho?, pendejo, ¿qué has hecho?”

Lo veo arrodillarse frente a mi hermano y le acaricia el cabello intentando que vuelva en sí. Alguien me quita los guantes, escucho a lo lejos algunas felicitaciones que me importan un carajo, mientras comienzo a caminar hacia la huerta de naranjas.

Me limpio con mi mano la sangre que escurre de mi nariz y mi boca, mientras continúo caminando, alejándome del ring improvisado, que parece ya comenzar otra pelea.

En el camino una sonrisa comienza a dibujarse en mi cara, no importa nada más, sólo ese momento, ni el pasado, ni el futuro, ni el dolor. Sólo importa que, esta vez, yo gané.

Foto tomada de vice.com/es/article/galeria-fotos-canchas-baloncesto-antigua-yugoslavia/

Sobreviviente de Ankh-Morpork, activista, escritor, traductor, anarquista, pero sobre todo panadero casero y padre de Ximena. Hay días que viajo a MundoDisco. Este es mi espacio donde escribo sobre música, cine, cómics, activismo.

Publicado originalmente en: https://primaindie.substack.com/p/la-pelea