COLUMNA VÍCAMSWITCH. 24 de septiembre, 2022
Por Alejandro Valenzuela.
Hay un cuento de García Márquez que dice que un día, allá en Rusia, andaba un hombre como loco, gritando en la calle que había inventado el refrigerador. El aparato había sido inventado hacía muchos años en Europa, pero era cierto, el ruso lo acababa de inventar en Rusia…
Creo que algo así nos pasó a nosotros (me refiero a mi familia) con la televisión. A mediados de los años sesenta no teníamos ni la más remota idea de que el escocés John Logie Baird había inventado el aparato en 1923 y que la primera imagen se transmitió en 1926.
Por eso es que un día en que estábamos todos sentados a la sombra de un sauce enorme que teníamos en nuestro ranchito de Casas Blancas, vimos con sorpresa que Moisés, mi hermano, venía a todo galope por el camino que llegaba del cerro Omteme… Como era inusual que se le viera llegar tan apurado, azotando al caballo para que acelerara la carrera, nos asustamos y fuimos todos a los límites del patio para esperar su llegada. No había todavía detenido su cabalgadura cuando, de un brinco, cayó al suelo al tiempo que nos decía que a Bácum había llegado la televisión.
¿Qué cosa es eso de televisión? –preguntó Ramón exasperado–, pero Moisés empezó a decir que una cajita, que los monos eran como personas normales, pero chiquitos, que el cable bajaba de los postes, que los monitos hablaban y hacían todo. Primero pensamos que estaba enfermo, la Gloria le puso el reverso de la mano sobre el cachete y no tenía calentura; Ramón se levantó, trajo unos caballos y unció la carreta. “Vamos a ver qué es eso” –dijo, mientras nos ordenaba que nos subiéramos.
Por la tarde estábamos entrando a Bácum por el rumbo del río. Íbamos llenos de emoción a conocer eso que ni siquiera imaginábamos. Llegamos a la casa de mi abuela Musia; Ramón desunció los caballos, les dio agua y pastura y no terminábamos de sentarnos cuando salió la plática que en esos tiempos ocupaba a la gente: la televisión.
Solamente en tres casas de Bácum habían comprado el aparato. La más cercana era la de la Bartola Guardiola de Gaxiola, que cobraba 50 centavos a los que querían sentarse en los sillones de la sala; 20 a los que se sentaban en el piso y 10 a los que veían desde la puerta y las ventanas. Ramón nos compró entradas para sentarnos en el piso. A él no le interesó el aparato; cruzó la casa, salió por la puerta del patio y se fue a platicar con don Nacho Gaxiola.
Cuando entramos estaba empezando Bonanza, en el que un ranchero de Nevada, Ben Cartwright, con sus tres hijos, Adam, Hoss y Joe, tratan de hacer progresar el rancho La Ponderosa.
Luego siguió El Gran Chaparral, con la que nos sentimos más identificados porque se trataba de un rancho en Arizona y el paisaje se nos hizo familiar. Para mayor identificación, junto a los Cannon (John, Billy Blue, Buck) estaban personajes mexicanos, como Victoria (esposa de John), su hermano Monolo, y el padre de ambos, don Sebastián Montoya, a quien conocían en la región como El León Sonorense, que se dedicaba a perseguir al apache Cochise.
Después de esos dos programas, la estación cerró su transmisión, apagaron la tele porque en la pantalla se empezó a ver como si cayera nieve, y cada quien para sus casas. Al día siguiente regresamos al rancho de Casas Blancas con la sensación de que nos habíamos asomado al abismo del desarrollo tecnológico…
