Federico Bonasso

Cuando vemos que la crueldad se ha convertido en una política de estado ¿a qué mundo nos estamos enfrentando? ¿Cómo es posible que los gobiernos reproduzcan -a pesar de los avances de la cultura, de la ciencia, de la política-, las prácticas de violencia más atroces?

La debilidad última de la violencia es que es una espiral descendente,

que engendra exactamente aquello que pretende destruir.

Martin Luther King Jr

Cuando vemos que la crueldad se ha convertido en una política de estado ¿a qué mundo nos estamos enfrentando? ¿Cómo es posible que los gobiernos reproduzcan -a pesar de los avances de la cultura, de la ciencia, de la política-, las prácticas de violencia más atroces? ¿Cómo es que los nietos de los testigos del holocausto judío deben ser hoy testigos del genocidio del pueblo palestino? ¿La memoria colectiva se desvanece después de dos generaciones? Si es que la hay, ¿es esencialmente política la explicación de esta crueldad? ¿Es un fenómeno o una condición?

Las explicaciones pragmáticas

Aunque con evidente relación con los hechos, a veces no terminan de satisfacernos las justificaciones de la lógica de la utilidad o las meras razones del poder.

¿Ofrecen la crítica al capital, la historia del colonialismo o las teorías liberales de la justicia la mejor interpretación de por qué hoy los F16 de Estados Unidos y Netanyahu bombardean hospitales y campos de refugiados con niños y ancianas dentro?

¿Cómo podemos explicarnos la humillación al migrante que estamos viendo en Estados Unidos? Ese grupo de la sociedad que contribuye a la economía durante la jornada laboral y al que luego se lo culpa de los males de un sistema en crisis. ¿De dónde viene el uso infame del chivo expiatorio?: ¿es sólo un invento de nuestra época?

Busquemos diversas maneras de plantear estas preguntas.

El talento para la crueldad humana no deja de espantarnos y exige diagnósticos más profundos. Aquellos que se remiten a una vieja dicotomía que estaríamos por fin saldando: la de naturaleza contra entorno

¿Cuál es el origen de las “herramientas” de la conducta que permiten que la injusticia aparejada al despojo colonial, al genocidio racista, a la represión xenófoba sean no sólo toleradas sino celebradas? ¿Tenemos una naturaleza violenta que terminará saboteando nuestros mejores modelos sociales?

Lo asombroso no es cuántas veces nos hemos hecho estas preguntas a lo largo del tiempo; sino lo mal que las hemos respondido. O lo poco que nos hemos querido enfrentar a ellas.

Sin duda hay un argumento narrativo: ciertos mitos se han derrumbado. Valores que hasta hace poco se compartían. Hay un nihilismo que desafía ciertos relatos que soportaban regiones enteras del mundo. La democracia misma ha sido cuestionada, está dejando de ser un juego compartido.

Por otra parte los mismos relatos se elaboran como justificaciones para reducir o cancelar la culpa de los perpetradores de crímenes sociales.

Sin embargo, el talento para la crueldad humana no deja de espantarnos y exige diagnósticos más profundos. Aquellos que se remiten a una vieja dicotomía que estaríamos por fin saldando: la de naturaleza contra entorno.

Viejos mecanismos falaces han protegido nuestra cobardía intelectual. ¿Seguimos pateando para un eterno después el autodiagnóstico? ¿O es que, simplemente, somos incapaces de resolver el acertijo?

Antropología de la violencia

La violencia ha sido revisada hasta el hastío por la teoría política y la filosofía. El hombre es lobo del hombre, dirá Hobbes en el Leviatán. Sin un poder que contenga sus pasiones, los individuos caen en el conflicto: la violencia no es una excepción, sino el estado natural de las relaciones.

Rousseau postula una imagen contraria: en el estado de naturaleza, el ser humano era pacífico y compasivo. La sociedad, al introducir la propiedad y la competencia, corrompe esa bondad original. Así, la violencia no es constitutiva de la naturaleza humana, sino el producto de una forma histórica de organización social.

Georg Sorel reivindica la violencia proletaria como mito movilizador de las luchas sociales; la ve como un fenómeno político simbólico.

Benjamin, que le dedica un libro a la violencia, o Arendt y tantos más ofrecerán sus propias variantes de esta antropología. Casi ninguno, tampoco Freud, se atreverá a internarse en el territorio proscrito de la biología.

La biología lo intentará por su parte. Aportará un desafío indispensable al antropocentrismo. Habrá momentos de enorme inspiración que repercutirán en la autopercepción humana:

Rousseau postula una imagen contraria: en el estado de naturaleza, el ser humano era pacífico y compasivo. La sociedad, al introducir la propiedad y la competencia, corrompe esa bondad original

Pero aunque Darwin y Wallace darán sus golpes decisivos al antropocentrismo con la teoría de la evolución por selección natural, pronto pensadores como Herbert Spencer buscarán reinterpretar la exposición de pruebas darwinianas para sostener un fatalismo que condena a “los menos aptos”. Son las bases modernas de la crueldad racionalizada.

Nietzsche hará su aporte al convocar a “ayudar a perecer al débil”, aunque apunte a lo que él considera una construcción moral decadente mucho antes que a individuos concretos o sectores sociales.

Un siglo después El gen egoísta de Richard Dawkins brindará una suerte de nuevo hobbesianismo, soportado en la selección natural actuando a nivel de genes. “Debemos enseñar la generosidad y el altruismo, porque nacemos egoístas”, sentencia Dawkins.

Etólogos como Frans de Waal discutirán esta visión -y otras malas interpretaciones que sufrió la importante obra de Dawkins-, exponiendo pruebas de un “bien natural”. Donde la cooperación y el altruismo también serían mecanismos fundamentales en la evolución.

Ni tabula rasa ni determinismo biologicista

En los noventas, y en la línea de los aportes de De Waal, un libro fascinante ofreció una revisión crítica de esta discusión. Vivió el mismo destino que su título: Sombras de antepasados olvidados no tuvo la repercusión que merecía. Sus autores, Druyan y Sagan -ese enciclopedista que trabajaba también de astrónomo-, no consiguieron que prosperara su valiente invitación al espejo. El espejo, en general, sigue teniendo poco rating.

Rica y compleja, la exposición del libro buscaba resolver preguntas muy parecidas a las planteadas al inicio de este artículo. ¿Cómo nos hemos metido en este lío como especie?, ¿hay elementos en nuestra naturaleza y en nuestra cultura para desafiar la idea fatalista de que estamos condenados? ¿Qué haremos cuando tengamos el diagnóstico?

Hoy las neurociencias ofrecen una evidencia muy valiosa: el cerebro humano es plástico, pero no neutro. Nacemos con una arquitectura cerebral moldeada por la evolución, pero esa arquitectura es profundamente maleable por la experiencia social y cultural.

La epigenética, de seguir comprobando cómo la expresión de los genes puede alterarse por factores del entorno, cambiará para siempre la idea del determinismo natural.

Hoy contamos con un buen diagnóstico de cómo somos. Pero seguimos lejos de entender quiénes somos. Es decir: seguimos preguntándonos cómo es posible que alcancemos estas cuotas de crueldad y violencia.

Acuden a nuestra esperanza los aportes de la macrohistoria. Según algunos enfoques, de los cuales es muy conocido el de Steven Pinker (Los ángeles que llevamos dentro), la violencia habría estado disminuyendo con el tiempo. Guerras, homicidios, tortura, esclavitud, violencia doméstica.

Este enfoque, desde luego, recibe cuestionamientos. Entre ellos, la crítica a su visión cuantitativa, que omite violencias estructurales, desplazadas o naturalizadas.

No podemos forzar una conclusión optimista. Pero tampoco proponer la comodidad de la resignación.

Hoy contamos con un buen diagnóstico de cómo somos. Pero seguimos lejos de entender quiénes somos

Denunciar la violencia, jamás naturalizarla, y lo más importante: saber identificarla. Enseñar y promover estos reflejos.

Hay países y comunidades que dan ejemplos concretos de convivencia con menos grados de violencia. Que han planteado reglas que moderan o logran subordinar aquellos impulsos egoístas o violentos a los beneficios de la cooperación.

Cerremos con una distinción crucial: la violencia de respuesta no es lo mismo que la agresión primera.

Profundizar en esa distinción nos lleva inexorablemente a una pregunta muy brava: si este autoritarismo racista y homicida sigue avanzando y expandiendo el manto de sus crímenes, ¿cómo habrá de responder la población agredida? ¿Podremos defendernos solamente con la democracia?

Publicado originalmente en: https://www.diario-red.com/opinion/federico-bonasso/violencia-reservas-futura/20250612120000049147.html