Por Alejandro Valenzuela/Vícam Switch

En la adolescencia, mi compadre Pancho Barra y yo nos fuimos de Vícam y vivimos unas sabrosas aventuras trabajando en la mina de Nacozari. Como estábamos refundidos en la sierra, cada dos fines de semana, la compañía ponía los camiones para llevar a los trabajadores a que se divirtieran en el pueblo. Esas visitas significaban días de congoja para los habitantes porque la turba se apropiaba de cantinas, billares, plazas y calles, representando una amenaza para el orden, la tranquilidad e incluso la decencia.

Como nosotros queríamos ahorrar, nos quedamos en el campamento los dos meses que duramos allá y fue ya de regreso que decidimos pasar una noche en Nacozari antes de regresar a Vícam. Como era sábado, agarramos una juerga tan desaforada que no supe dónde quedó el Pancho y el Pancho no supo dónde quedé yo. Amanecí en un lugar desconocido, en una situación un tanto comprometida cuyos detalles no contaré, pero diré, eso sí, que salí de ese lugar apresuradamente, me fui a la plaza, donde se exhibe la Máquina 501 que manejaba Jesús García, y allí nos encontramos. Nos fuimos a Agua Prieta con la prisa de quien lleva delito.

Llegando a Agua Prieta, nos dirigimos a una zona muy poco santa con el pretexto del calor. Recorrimos cantinas, muchas cantinas y nos acabamos el poco dinero que nos quedaba. Solamente dejamos lo necesario para el camión.

Llegamos a Vícam en la madrugada y al bajarnos nos encontramos con un conocido personaje que miraba para todos lados (en aquel tiempo todavía tenía los dos ojos). Lo saludamos con entusiasmo y él, como buscando ayuda, nos platicó que estaba metido en un problema porque había atropellado a Germán dos Pingüinos y, creyendo que lo había matado, lo subió al troque y lo fue a tirar al basurero, como si fuera un desperdicio… Nos fuimos con él a buscar al herido… o al muerto.

Ya en la carretera, vimos venir una especie de espectro, con el pelo despeinado, manchado de sangre y la ropa en jirones. Era el atropellado. Lo subimos y lo llevamos con Camilo. Camilo pegó un grito destemplado, lo subimos de nuevo al troque y nos fuimos todos al hospital. La cosa no pasó a mayores, el médico le curó las heridas y lo dio de alta. Fuimos a llevar a Germán y a Camilo a su casa para que siguieran por muchos años más con ese matrimonio suyo que parecía tan bien avenido.

Ellos tenían una fonda en la carretera a la que llamaron Los Dos Pingüinos. Además de los traileros, el lugar era el centro de reunión de una banda de bebedores consuetudinarios que ellos trataban como si fueran de la familia.

Un día, Camilo se murió y los borrachines, ya para entonces también en las últimas, hicieron fila para darle el pésame a Germán. Cumplido el ritual, pasaban junto al ataúd, que fue colocado en el portal, junto a la carretera, le echaban un ojo al muerto y se iban a la lumbre que habían puesto en el patio.

Por la tarde del día siguiente, la procesión salió de la fonda y se fue por la calle principal. Chuy Haro estaba en su tienda, La Lagunilla de Vícam, viendo consternado el paso del cortejo. En la calle de los Tiraceite dieron vuelta a la derecha y luego a la izquierda. Algunos saludaron al Indio Osuna, que estaba parado fuera de su casa con el sombrero en la mano. Cortaron camino por el callejón que entonces existía entre las casas del Gueli y de la Galay… Cuando llegaron a la iglesia, Felipe Rojo, el cura del pueblo, estaba en la puerta para recibir al finado. Terminada la misa de cuerpo presente, la procesión se dirigió al panteón. Camilo fue sepultado y la gente se dispersó. Germán se fue en compañía de los borrachos. En la calle principal se metieron por el callejón de doña Reyna y allí, en conocida residencia donde se vendía clandestinamente toda clase de embriagantes, se hicieron de unas botellas para ahogar el duelo en alcohol.

Hacía un frío cortante y los dolientes hicieron una lumbrada donde antes había estado el ataúd. La borrachera de consuelo duró hasta el amanecer y en esas horas tristes se atropellaban para contarse las virtudes reales e inventadas de Camilo.

Pasada la media noche llegó el Chatot acompañado de famoso trovador callejero. Que a la guitarra le faltaran dos cuerdas no fue impedimento para que esa madrugada el cantar se oyera hasta la plaza. Cuando amaneció, había un reguero de borrachos y solamente el Chatot y el trovador acompañaban al reciente viudo.

El Chatot, siempre dado a la cantada, con voz estentórea entonaba una viejísima canción llamada Desesperanza. /Cuánta desesperanza /Qué vacío tan profundo/, repetía con cierta obsesión, mientras Germán, envuelto en una cobija, se estremecía en sollozos.

Publicado originalmente en: https://www.facebook.com/alejandro.valenzuela.7921