Manuel Alberto Santillana

1. El concierto número 20 en re menor K. 466 de Mozart. Es sin duda un concierto beethoveniano. Lo comenté alguna vez  con Mariko, estudiante de piano de una extraña y pequeña universidad privada del Hermosillo de 1993. La primera vez que lo escuché tendría como trece o catorce años; en el alcázar del Castillo de Chapultepec con la orquesta del Estado de México, creo, y la tocaba y dirigía la orquesta a la vez un pianista español: José Iturbe o Iturbí. Ya no recuerdo muy bien. Como todo Beethoven, este concierto es poderoso, intenso, fuerte. Su primer movimiento es en el que los contrabajos y los cellos llevan el tema redundante de poder, eso es, poder. El segundo movimiento tienen una melodía que después será armonía, una espiritual para quitar cualquier mal rollo de la mente. Creía mi alma insensible, pero era cansancio vulgar, nada más, dice la canción cubana. Eso hace Mozart aquí. Para eso sirve su Allegro, primer movimiento y Allegro assai del tercer movimiento. Que chingue a su madre el mundo.

2. ¿Son Los Cadetes de Linares o Los Alegres de Terán los que cantan Pescadores de Ensenada?. No importa, la mejor versión es la de Los llaneritos de Guamúchil. “su preciada presa, pues no hay diferencia…”

3. Pau Casals en un foto de jovencito, tal vez veinticinco, tal vez veintisiete. Sostiene el violoncello como si fuera un amigo o una hermana menor; lo abraza y tiene la mirada en otro lado. El traje smoking se le ve bien, pero es un traje modesto. La pared detrás de él parece como si fuera de adobe y encalada. Tal vez un cuarto en Barcelona antes de salir al concierto.

La foto de Pablo Casals de viejo, en ñesta camina por una playa de su Puerto Rico de exilio. Gordo, pelón con una sombrilla de espaldas se aleja con toda su magia, gruñería y gusto por Bach a cuestas. Y su cant des Ocells, su canto de pájaros y gloria catalana, himno de libertad con los que iniciaba o cerraba algunos conciertos, ya que fue famoso.

Cuenta Casals que siendo muy joven conoció las partituras de suites para Violoncello solo de Bach. Y que se dio cuenta que no habían sido interpretadas antes con éxito. Las jaló para sí, y las grabó, al parecer por primera vez en esos pesados y quebradizos discos de 78 revoluciones. Cuenta que en un cuartucho, las leía y se deleitaba pensando en cuándo podría grabarlas. En la forma en que lo describe yo me imagino un cuarto en un ático de una casa vieja en Lisboa o en Barcelona en un atardecer. La brisa salada, un sopor postprandial mitigado con tintorro, la vista de una mar azul que se pierde en la curvatura de la tierra, unos muros desgastados encalados y amplios para apoyar los codos y el cuerpo y mirar la mar océano, Lisboa querida. Como si estuviese enfrente una Gala desnuda con la mirada perdida en el mediterráneo.

Carajo estas Suites para Cello tienen ese sabor seco, pleno de mar y vino tinto en Casals, no el suave sabor de verdor de campiña francesa de Pierre Fournier, como cuando las oí por primera vez.

4. Roberto Cantoral tiene varias canciones melosas y locas otras. Pero de repente la canción más maravillosa plena de pecado e intensidad de vida se lanza como si nada de ligera, interpretada por Joan Manuel Serrat: “Soy lo prohibido”. Homenaje de la canción mexicana al amor extraño, raro, inigualable de vivir, vivir, vivir, intensamente vivir.

“Porque en tu falsa intimidad…, sueñas conmigo”

Lo mismo que Agustín Lara, sesenta años antes, cuando escribió canciones para suripantas, cortesanas, damiselas, mariposas, bellas damas de compañía temporal, lo hizo después el maestro Cantoral. Pero el amor que describe, el que narra, es solo el amor intenso que se vive por minutos, el de se queda un rato y después se va. El amor con nombre de tarde azul y pasión bebida copa tras copa. Amor de quédate un ratito más, el de no te vayas, el de bésame de nuevo, el de nunca más, el de única vez, el de ocasión, el de agradecimiento eterno.

“Soy el pecado que te dio, nueva ilusión en el amor. Soy la aventura que llegó para ayudarte a continuar en tu camino…”

Amor de vicio, de desprendimiento de miedos, de una fiebre indómita, de bailar o seducción súbita. Amor de viene y se va. Ilusión de un rato, de mujer que se decide, de nunca contar siquiera a las amigas más cercanas. Amor de una dignidad deseada y tibiamente penetrada de emoción. De camión, de paso, de por fin darse permiso, de aventurarse y quitarse los temores. De aventarse a vivir. El mismo que alguna vez, quizá se negará.

“Soy ese vicio de tu piel que ya no puedes desprender; esa noche de placer, la de la entrega sin papel”, Sí, me la juego, soy lo prohibido.

5. Cesaria Évora canta “Bésame mucho” de Consuelito Velázquez. Es una voz imperativa: bésame. No es una solicitud, es una orden. Debiera de acentuarse en los títulos de las canciones, pero sólo en algunos discos aparece. Bésame mucho, con una sensualidad africana que se deshace en las manos de ternura y fruta recién cortada y goce de nalguita aterciopelada, sabor de cuello de dama y tibieza de senos, sabor de besar los muslos que comienzan a abrirse y bésame mucho, ¡carajo!.

Bésame mucho, la canta Paul MacCartney y la acompaña y canta también John Lennon en su concierto en la azotea de su edifico en Abbey Road.

Bésame mucho, la canción mexicana tan conocida que todos creen que es de su propio país. Canción que compite en fama con Perfidia, la rola que danzan tibia y acompasadamente en el film Casablanca mientras son interpretadas por una orquesta que, escenas después, tocará con orgullo la Marsellesa.

Cuántas veces la he escuchado. Las mismas que te he tocado, cautivado.

6. El negro Peregrina tiene una versión maravillosa de Lágrimas Negras de Miguel Matamoros. El propio trío Matamoros tiene una versión buena de esta canción. La canta Caco Seane y Pablito Milanés, la canta Beny Moré, la canta Daniel Santos, José Feliciano, el Buena Vista Social club, la canta  Omara Portuondo. Y el mismísimo Oscar Chávez la canta. Se podría hacer un programa de radio de un par de horas con puras versiones de Lágrimas Negras.

En cambio sólo una versión se puede escuchar de Cien años, en la voz de Pedro Infante, sólo una versión del tango Sombras, hecho bolero en la voz de Javier Solís, sólo una versión con la varonil voz de Jorge Negrete de Flor de Azalea.

Así es la vida, unas rolas tienen cien versiones, otras solo una. Tal como es el amor.