“Mujer desnuda reclinada vista desde atrás”, óleo sobre lienzo, Vincent Van Gogh, 1887. Colección privada. http://art-vangogh.com

#CulturaLight 2021

Por Manuel Alberto Santillana.

  1. En diciembre de 1989 salió publicada mi primera novela. Una coedición de El Colegio de Sonora, la Casa de la Cultura (en este entonces donde se imprimió) y el Instituto Sonorense de Cultura (su primer libro publicado). Me trajo recuerdos, van dos fragmentos…

2. V

Pablo goza de una beatifica cara de niño, regordete y sano, y es, sin embargo, el símbolo del violoncello mundial con toda su Cataluña inmersa, su guerra civil y su rubicundo Puerto Rico en donde giraron sus palabras y acordes. Es claro entonces así, porque de nuevo esta psicoterapia no es sino Castaneda y Don Juan Matus sentados en aquella loma, que es la misma, que siendo cama, utilizamos Graciela y yo para hablar de la crianza de los hijos, de la sonrisa de Alberto y la sonrisa inacabable de Cecilia, de las oportunidades en la vida, del miedo y la timidez que nos relacionan… pero nada, nada, esta obsesionante idea y figura de Pablito Casals puntuando y deslizando el arco por las cuerdas del cello se giran con la carne asada y las choyas del desierto.

O sea que Casals y el Ché son lo mismo; ese tremendo rojo de las madrugadas que nos invade, del que aprendemos todos los días y hacia el cual obsesivamente giramos. Yo no me imagino a los personajes de la novelas sino vivos y carnales, con emociones, con miedos, con ansiedad, temores, pasiones. Más carnales aún que los de las teleseries o los de las funciones de cine interplanetario. Pero esto que es un regalo y es el rojo mismo que se deja tocar y escuchar con Casals, coño, con Casals!!!!. Y uno se decide a romper el silencio, largar el brazo, acordarse de la nota y sí, claro, saber que la arena se puede meter en los zapatos si uno no anda con cuidado, mas si nos acompañamos de los personajes de las novelas, aunque yo estoy seguro que Alberto no es Rocamadur, ni Graciela la Maga, ni Cecilia es Talita, ni yo Oliveira. Pero uno, a veces, se deja impresionar por el rojo, por Casals con todo su cello, Bach y la Cataluña, o por la realidad misma, que ya acordamos en palabras anteriores puede y debe extenderse al rojo, también al azul, Van Gogh con todo y oreja y los recursos literarios gastados.

En fin, yo me pongo a pensar que Los girasoles de Van Gogh son también las palabras de Castaneda, los fusiles de Fidel aunque se esté muriendo, los sandinistas cuando estaban en la guerrilla y todas esas magias humanas. Pero me cuido siempre de saber que, de vez en cuando, se encuentra uno a personajes salidos de las novelas, como este barbón cortazariano con quien uno quisiera lanzarse a platicar en lunfardo, en rojo, en girasol, puf.

VI

El padre de la patria pensó en escribir otro verso más, de nuevo las Termópilas se inundaron de voces y el caballo de Calígula protestó por haber sido designado senador. El güero que acerca la leche en estas tardes pasa por enfrente de la casa y, cuidándose de los perros, por encima del cerco, entrega los litros de leche.

También se desnudo pensando en ti, la ventana estaba abierta y de las cortinas se dibujaban olas en ritmo de primavera; el ambiente era el mismo aquí en Álamos, y aquí en Barcelona. Volvió a pensar en el último verso que dejó de escribir y se recostó, cubriendo su vello del pubis, con una discreta sabana, pensando en ti.

Pensó en escribir el último verso, la máquina pudo haber sido una Remington antigüita o una IBM de múltiples posibilidades electrónica, o una computadora con todo e impresora de marca; pero entonces, deslizó los recuerdos que se confundían con los boleros de Ronzalito Curiel, un danzón de Agustín Lara que repite entre sus líneas “crucificadas, crucificadas bajo tus pies” y de la tarde de luces violeta que se envolvieron nuevamente con los recuerdos. Pensó, por supuesto, en el padre de la patria y en ti. Se imaginó desnudos a ambos (uno era el espectador involuntario del otro), las emociones del llanto lo hicieron, entonces, sonreír. Se equivocó como yo nuevamente al escribir; volvió atrás el rodillo de la maquinita y reescribió la palabra. La gente que espera en los pasillos de la consulta externa de cualquier hospital del IMSS, la máquina de escribir que, en efecto, es antigüita, pero no IBM, los hierros que acariciaba queriéndolos destrozar de inmediato y volver a la lucha, al campo, a las voces, al amor, a su dios. Los versos que escribió y el que pensó en escribir el padre de la patria, las ventanas y los enrejados de hierro macizo de Álamos y Barcelona. Éstos que acariciaba queriendo entrar al amor, al pubis, a la sábana,  cuidando el cerco y los perros mientras pensaba en la gente que espera en la consulta del IMSS, el sexo descubierto de una sábana,

El Padre de la patria entre versos y hierros,

la máquina de escribir,

los poemas incompletos,

El calor, pensando en ti.