Arturo Pérez-Reverte ha vuelto a soltar una de esas frases que incendian titulares:
“Europa se hizo contra España.”
La épica le funciona bien. La historia, no tanto.
El problema no es que narre. Es que lo hace confundiendo análisis con nostalgia. Porque si Inglaterra “nació contra España”, alguien debería explicarle que Inglaterra ya era un reino en el siglo X, cuando España ni existía como Estado.
La réplica del historiador Jagoba Álvarez Ereño fue quirúrgica:
“Es una parida histórica tan grande y tan de barra de bar que no sé por dónde empezar.”
Cuando la historia se usa como decorado, pasa esto.
Y lo grave no es solo el error. Es lo que implica: convertir la violencia colonial en folklore, como si los imperios fueran aventuras y no estructuras de explotación y muerte.
La frase de Reverte encaja en un patrón muy claro: convertir a España en víctima eterna de potencias extranjeras. Un relato emocional que sustituye hechos por heridas imaginarias.
Pero no necesitamos mitología. Necesitamos historia material.
Europa no se construyó “contra España”. Se construyó con guerras internas, alianzas, comercio, desigualdad, religión y poder. Igual que España, igual que cualquier imperio europeo.
El relato épico es cómodo. No obliga a mirar quién pagó las conquistas.
No menciona a las enfermeras y enfermeros, maestras y maestros o a las y los jornaleros que sostuvieron el país mientras los reyes firmaban tratados a golpe de sangre ajena.
En la misma entrevista, Reverte dice que España tiene “mala suerte” porque tuvo reyes incapaces, aristocracias explotadoras y un clero fanático.
Spoiler: no es mala suerte. Es estructura de poder.
El imperio no se cayó por falta de épica. Se cayó porque estaba construido sobre desigualdad extrema, un modelo económico extractivo y una clase dirigente aferrada a sí misma.
Hoy, ese relato sigue apareciendo en tertulias, novelas y entrevistas: una España heroica, herida, solitaria, rodeada de enemigos.
El problema de esa fantasía es que alimenta a los mismos que venden identidad mientras recortan derechos.
Por eso es tan importante que historiadores como Álvarez Ereño respondan. No solo para corregir. Para desactivar el populismo nostálgico que la extrema derecha usa como gasolina cultural.
Si la historia sirve para algo, es para comprender cómo se articula el poder, cómo se distribuye la riqueza y quién quedó fuera de la foto. No para fabricar banderas retroactivas.
Lo que está en juego no es el pasado. Es el presente. Porque cuando la épica sustituye al análisis, ganan quienes quieren un país que mire hacia atrás para no ver lo que está delante.
Europa no se hizo contra España.
Europa se hizo contra sus pueblos.
Y esa parte, curiosamente, nunca sale en las entrevistas literarias.
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Fuente: Grupotortuga.com
