Además de las obvias razones del traído y llevado hartazgo generalizado por la falta de respeto de una clase política que insulta la inteligencia de los ciudadanos en cada oportunidad que se le presenta, y se sirve de este sistema sólo para satisfacer sus propios caprichos; y de que no existe un solo candidato o partido que ofrezca verdaderas propuestas de cambio, existen otras razones más profundas para evitar la pérdida de tiempo que es ir a las urnas a contribuir con la simulación de la democracia en nuestro país.
El tema de la inutilidad del voto electoral no es nada nuevo. Desde los inicios de la democracia moderna los anarquistas han criticado el uso de la misma para perpetuar un sistema cuyo principal objetivo es la preservación del estado de las cosas, es decir, el mantenimiento de una oligarquía que gobierna de forma autoritaria y en base a sus propios intereses y que usa el voto como una forma de legitimar su rol de guardián del orden establecido, y donde la legalidad es usada como arma para mantener ese status quo.
La democracia como la conocemos está muy lejos de ser una verdadera democracia, o al menos de la idealización del concepto, donde el pueblo es el que gobierna según la etimología de la palabra misma. El Estado nos ha convencido, o al menos eso intenta a cada momento, de que el voto es nuestra mejor herramienta para mejorar nuestra realidad, lo que es una verdadera patraña. Esta propaganda sin freno que vivimos está basada en mentiras, el hecho de votar no nos hace mejores ciudadanos ni mucho menos, por el contrario, contribuimos a que las cosas sigan exactamente igual.
En realidad no importa quién gane las presentes elecciones, porque todos los partidos y sus candidatos están inmersos en un sistema que establece una realidad basada en la legalidad que nos impide movernos fuera de ella, nos criminaliza, el faltar a la ley nos convierte en inadaptados, en parias, y el principal remedio del Estado para resarcir el supuesto daño sufrido es la separación del individuo del resto de la sociedad mediante la reclusión. Lo que nos lleva al sentimiento de temor hacia la autoridad y a las consecuencias de caer en una falta prevista (o en algunos casos imprevista) por las leyes del Estado. Este sistema es injusto por naturaleza, ya que la justicia es un arma que el Estado utiliza para amedrentar a los individuos que atentan contra su soberanía, que no es otra cosa que una tiranía de muchos. Esto sin hablar de las “desapariciones forzadas” que el Estado utiliza cuando su mismo sistema judicial le parece demasiado engorroso para deshacerse de la disidencia de una forma más práctica e inmediata.
La monopolización del uso de la fuerza da al Estado el poderío necesario para sustentar su existencia por medio de la violencia. El Estado no duda en actuar violentamente contra los individuos que, por estar en desacuerdo con su actuar, manifiestan su inconformidad. Ejemplos hay muchos y se viven diariamente, no sólo en los Estados democráticos, que buscan siempre arroparse con la bandera de la legalidad y el orden, sino que ocurren con mayor o menor frecuencia en los Estados dictatoriales sea cual sea la ideología en que se sustenten.
El Estado, ya sea dictatorial o democrático, es un lastre para la sociedad. No es el ogro filantrópico que Paz criticó. Muchos políticos defendiendo su proceder asumen no exentos de orgullo su papel de ogros por el bien de la mayoría, aunque olviden por completo la parte filantrópica. Paz se equivoca al darle al Estado un mote tan presumiblemente cariñoso.
La sociedad organizada puede hacer muchas más cosas de lo que el Estado hace. La sociedad organizada puede vencer con mayor facilidad y mayor honestidad la desigualdad social. El estado acumula poder, donde la sociedad organizada podría distribuirlo de forma equitativa y justa.
Para que la sociedad adquiera el perfil necesario donde su organización fomente el bien común se requiere de la abolición del sistema actual, donde la legalidad y la necesidad de dinero para sobrevivir se han convertido en las cadenas de antaño. Se necesita que la oligarquía desaparezca como tal, se necesita una profunda concientización donde la empatía sea un sentimiento común y generalizado y no algo raro. Creo que tenemos los instrumentos para llegar esa sociedad algún día, espero no muy lejano.
El voto es inútil. Yo no voy a votar, no contribuiré más a este sistema opresor y que profundiza las diferencias porque así le conviene a la élite en el poder. “¿Por qué debería rendirme ante alguien que arrogantemente se declara, sólo por ser él mismo, el mejor, y el infalible?”1
(1) William Godwin
Aldo Barrios
aldo_barrios57@hotmail.com


