Por Marco Mendoza
Toda época cree haber inventado su propia forma de conversación pública. No obstante, lo que hoy presenciamos no es solo una fractura de paradigma, sino una esfera pública algorítmicamente intervenida. Más que un cambio de plataforma, la transición de Twitter a X revela una reconfiguración del poder comunicativo en la era digital: ya no se trata únicamente de quién habla, sino de quién amplifica, jerarquiza y distorsiona la información que circula.
Twitter era una idea de conversación, era casi una plaza pública digital. Pero algo se rompió: el hombre más rico del mundo, Elon Musk, deja de ser usuario y se convierte en dueño del juego en octubre de 2022 y la plataforma ha transitado de ser un espacio imperfecto de conversación global a un terreno altamente fértil para la desinformación, el odio y la manipulación. Como documentaron Kate Conger y Ryan Mac en Límite de caracteres: Cómo Elon Musk destruyó Twitter (2024), el debilitamiento de las reglas contra el discurso de odio y la reinstalación de cuentas previamente suspendidas (como la de Donald Trump) contribuyeron a un entorno donde el contenido extremista encontró nuevas condiciones de visibilidad.
En realidad, Musk necesitaba esta plataforma, que según él se encontraba “infectada con el virus mental progre” y estaba matando el debate libre, para administrar la indignación, el odio y el miedo y poder mover el voto en EU y otras partes del mundo hacia la derecha, alineada a sus intereses económicos.
Ahora la red social X representa el mejor ejemplo de la intensificación extrema de las tensiones propias de la comunicación digital en la era del capitalismo de la atención.
En Breaking Twitter (2023), Ben Mezrich describe esta transformación como el resultado de una toma de decisiones marcada por la impulsividad, la obsesión por el control y una relación altamente reactiva con la opinión pública, elementos que terminaron por reconfigurar no solo la gestión de la plataforma, sino su lógica interna de funcionamiento.
La estructura misma de la plataforma, basada en la inmediatez y la fragmentación, elimina el espacio para la contemplación, convirtiendo toda expresión en mercancía efímera y todo sujeto en su propio publicista. X ha sustituido aquel ideal ágora democrática por un teatro de espectáculo narcisista, donde la verdad cede ante la performatividad. Actualizando a Guy Debord, quien escribió La sociedad del espectáculo (1967), esta red social convierte la política, la ética y la empatía en gestos que buscan validación a través de los “me gusta” y las compartidas, en lugar de un compromiso con la verdad o el diálogo.
Recordemos que la lógica algorítmica premia la indignación, el cinismo y la polarización: en esta red no se trata de disputar ideas, sino de exterminar simbólicamente al adversario. La lógica es simple y brutal: aquello que genera indignación, miedo o tribalismo escala más rápido que cualquier argumento racional. En este sentido, como advierte Raúl Rodríguez Ferrándiz en Desinformación y poder (2024), la desinformación no es una falla del sistema, sino una de sus funciones: en un entorno saturado de información, el poder ya no reside en informar, sino en gestionar el ruido y moldear la percepción colectiva. Es un experimento a cielo abierto donde la conversación pública se somete, en tiempo real, a las reglas del capitalismo de la atención. Lo que antes era deliberación, hoy es fricción; lo que antes era debate, hoy es performance. Y en ese tránsito, algo se ha roto. No se trata únicamente de una degradación del discurso, sino de una mutación en las condiciones mismas de posibilidad de lo público.
En términos de teoría de la comunicación, esto no es menor: el dueño del medio no solo controla la infraestructura, sino que interviene en la agenda simbólica. Marshall McLuhan advirtió que todo medio reconfigura la experiencia humana; en una versión actualizada, esta intuición adquiere un matiz inquietante: el medio no solo es el mensaje, sino el amplificador selectivo de ciertas formas de ver el mundo, alineadas con intereses económicos, políticos y tecnológicos de Elon Musk.
Si Twitter fue, en algún momento, el ensayo imperfecto de una esfera pública digital (no se trata de idealizar el pasado, Twitter nunca fue una verdadera ágora democrática), X parece ser su radicalización: un espacio donde la visibilidad sustituye a la verdad, la reacción desplaza a la reflexión y la conversación cede ante el espectáculo. En el fondo, en X late una tragedia contemporánea: la ilusión de comunidad en medio del aislamiento. Su dinámica es adictiva porque ofrece una sensación de pertenencia que nunca se cumple, sustituyendo un vínculo real por el “engagement” digital.
Conviene recordar cómo comenzó todo: el 21 de marzo de 2006, a las 12:50 PM (hora del Pacífico), Jack Dorsey escribió: “just setting up my twttr”. Veinte años después, lo que quedó configurado no fue una plaza pública, sino una maquinaria global de amplificación del ruido. Lo que parecía un gesto trivial terminó siendo el primer acto de una de las arquitecturas más eficaces de distorsión de la conversación pública.
Pero nos vemos en X.
Marco Mendoza es maestrante en Comunicación Estratégica por la Universidad de Sonora.





