Por: Mario Meneses Candelaria
Fotos: Gerardo Magallón
Ciudad de México | Desinformémonos. El 68 siempre se nombra y piensa como advertencia, pero también como inspiración, anhelo. En estas entrevistas hablan jóvenes de cinco estados de México. Marisol, Adriana, el Borrego, Gauri y Rojo vislumbran las luchas estudiantiles del pasado e intuyen las del futuro. En sus testimonios, los tiempos están entremezclados como en la vida misma.
Marisol Vázquez habla sobre su lucha en el Comité 68, sobre las mujeres en el movimiento del 68, sobre los esfuerzos que hacen por revindicar esos años, por arrancarle justicia y verdad al Estado, por no olvidar. Y Borrego, estudiante normalista de Ayotzinapa sigue organizándose para buscar a sus 43 compañeros, tiene grabado en la memoria ese 26 septiembre y mientras pueda seguirá marchando junto a sus padres y madres.

De la Universidad Autónoma del Estado de Morelos, Adriana Gómez platica sobre la lucha feminista. El valor de los colectivos y las organizaciones de mujeres radica en plantarle cara a un gobierno y un Estado que no las escucha y menos las nombra. A los que sólo parecen importarles los feminicidios cuando la víctima es una extranjera. Por eso su movimiento busca eliminar la violencia estructural y machista que las atraviesa.
También está quien apenas se adentra en la lucha estudiantil, como Gauri, estudiante del Instituto Politécnico Nacional que participó activamente en su ultimas movilizaciones. Junto a sus compañeras y compañeros, exige instalaciones dignas, que el presupuesto no se desvíe. Y aunque la toma del Canal Once haya finalizado, sabe que la lucha apenas comienza.
En último lugar, pero no menos importante, se encuentra el testimonio de Rojo Carmesí, activista y estudiante de la Universidad Nacional Autónoma de México, para quién la huelga de 1999 pasa por razón de vida. Sus padres, como el de muchas otras y otros, se conocieron en el movimiento estudiantil. Por eso, ella tiene claro que su deber es defender la educación popular, luchar porque no se privatice a la Universidad, porque se reconozca institucionalmente el genocidio palestino y se rompan relaciones académicas con Israel.
Estos testimonios forman un abanico de postales sobre el movimiento o los movimientos estudiantiles actuales. Así reunidos dialogan entre sí, en algunas cosas coinciden, en otras no, pero todos están de acuerdo en lo fundamental: la defensa de los derechos estudiantiles.
A 48 años del Comité 68
Este año se cumplen 58 años de la matanza de Tlatelolco y 48 de la fundación del Comité 68 Pro-Libertades Democráticas. Marisol Vázquez, militante del Comité cuenta en entrevista: “mi primera marcha del 2 de octubre fue a los 16 años”. Es originaria de la Ciudad de México. Entró a la Escuela Nacional Preparatoria 9 “Pedro de Alba” cuatro generaciones después del movimiento del Consejo General de Huelga, quien puso en jaque a las autoridades universitarias durante 293 días. Ahí se formó en asambleas y movilizaciones, hasta que, en 2012, ya en la universidad, se integró al Comité. Desde entonces guarda la memoria de esas décadas de lucha.
Vázquez comenta que el Comité ha “procurado una narrativa que dignifique al Movimiento Estudiantil y Popular de 1968, que ponga al centro los procesos organizativos y las prácticas democráticas”. Para ella, el movimiento fue “una potencia creadora, creativa, disruptiva, alegre, disciplinada, estratégica”.

En contra de lo que se piensa y según los testimonios de sus maestras y maestros de lucha, a quienes llama los “históricos”, aquellas y aquellos que participaron en esos convulsos días del 68, Vázquez defiende que fue “un movimiento en el que las mujeres ocuparon su lugar como representantes y brigadistas, como maestras, estudiantes, profesionistas, como madres y como hijas de su propio tiempo, zanjando un camino que nos corresponde a nosotras ensanchar”. En su opinión, es el Estado y el gobierno quién ha invisibilizado la participación de las mujeres en el Consejo Nacional de Huelga y en el desarrollo del movimiento estudiantil y popular. Señala que “el Estado se ha abrogado la tarea de hacer memoria porque es más fácil que avanzar”, sin embargo, puntualiza, “la memoria la vienen haciendo las organizaciones a la par de sus luchas”.
En la entrevista no se olvida de citar a los históricos. Recuerda una frase de su querido compañero Raúl Álvarez Garin, sobreviviente de la masacre de Tlatelolco y acaecido en el 2014: “El 2 de octubre volvimos a nacer. Ese día también supimos como íbamos a morir: luchando por la justicia y la democracia verdadera”. Y aclara que “ellos y los que siguieron eran sin duda jóvenes valientes que enfrentaron al autoritarismo ganándose la simpatía del pueblo”.
Vázquez dice que en ese 2012, cuando ingresó al Comité, hace ya más de una década, se le “abrió un universo de argumentos y formas de disputarle al Estado la justicia, la verdad y la memoria”. Al interior, la organización se centra en la “comprensión teórica y jurídica de larga data” sobre el 2 de octubre y el 10 de junio de 1971, en la que el grupo paramilitar Los Halcones al servicio del Estado, irrumpió con violencia extrema en una marcha estudiantil realizada en apoyo al movimiento de la Universidad Autónoma de Nuevo León. El Comité también reflexiona sobre el “periodo denominado guerra sucia”, caracterizado por la violencia estatal de una Dirección Federal de Seguridad a cargo de Javier García Paniagua, padre de Omar García Harfuch, o de Miguel Nazar Haro. Y resguarda, según palabras de Vázquez, “un archivo documental, fotográfico y hemerográfico que es fuente de investigación académica y periodística”, además de mantener “relaciones solidarias con organizaciones nacionales e internacionales”.

Respecto al movimiento estudiantil a día de hoy, piensa que “las y los estudiantes de educación superior y media superior son objeto de la hipervigilancia, de medidas punitivas extremas producto del hostigamiento y la persecución al interior de las escuelas”. Vázquez señala que el dialogo intergeneracional está roto: “sabemos que a las y los más jóvenes les queda lejos el 68 y un poco más cerca el 99, pero es importante que se apropien y reinventen estas experiencias, que se organicen y se instruyan”. Mientras, desde el Comité 68 no van a descansar “hasta acceder a la justicia y sentar un precedente jurídico que rompa la impunidad en los casos del pasado y del presente”. Vázquez quiere que su “legado para los más jóvenes sea el acceso a la justicia”.
¡Ayotzinapa vive, la lucha sigue!
El 26 de septiembre se cumplieron 12 años de la desaparición forzada de los 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural “Raúl Isidro Burgos” de Ayotzinapa, Guerrero, y el asesinato de tres estudiantes más. Desde entonces, sus padres y madres, junto con las nuevas generaciones de la Normal, siguen buscándolos y exigiendo justicia.
Uno de esos nuevos estudiantes de Ayotzinapa es Borrego, como lo conocen sus compañeros. En la escuela todos usan apodos, los infiltrados no faltan y es mejor estar prevenido. Borrego es originario de la costa sur de Oaxaca, pegadito a Chiapas. De sus hermanos, quienes también estudiaron en una Normal Rural, aprendió sobre el movimiento estudiantil del 68 y del 2 de octubre. Para él, la matanza de Tlatelolco fue “una forma descarada del gobierno de decir que no le interesaban los estudiantes, los mató descaradamente sólo por exigir lo que por derecho les compete como estudiantes”. Por eso, Borrego, en entrevista, exclama que “todo este sistema esta corrompido”.
Sabe que formar parte de la Federación de Estudiantes Campesinos Socialistas de México, la cual reúne a las Escuelas Normales Rurales y busca defender el derecho de las y los normalistas, “es una experiencia que no cualquiera vive, sólo los más fuertes permanecemos en pie de lucha, en el movimiento estudiantil”. Para él, lo que les define son sus luchas. El marxismo-leninismo, reivindicado por la Federación, es, en sus palabras, “una organización que quiere dar igualdad a todas las personas, además de promover el pensamiento reflexivo para derrotar a este sistema”.
Junto a las familias de los 43, Borrego lucha por encontrar a sus compañeros, por justicia y castigo a los culpables. Y cómo señala, “también por todos los desaparecidos en México”, porque “se respeten las normales rurales, creadoras de docentes”. Borrego cuenta que esta última jornada de lucha se le hizo “un poco pesada, ya que me encargue de la parte organizativa”. Trasladar y coordinar a estudiantes de toda la República no es tarea fácil, sus días, en estas fechas, se vuelven frenéticos entre marchas, mítines, asambleas y protestas.
No falta su indignación por la ausencia de verdaderos resultados: “Me da coraje ver la apatía del gobierno. Mi persona ha estado en reuniones con la presidenta Claudia Sheinbaum. Sólo repiten lo mismo, no dan información relevante para el caso”. Aún con el cansancio, exigir justicia es un fin por el que Borrego dice sentirse contento.
Las luchas feministas en Morelos
En 1968 fueron muchas las y los normalistas, profesores y activistas que, desde Morelos, apoyaron y se unieron a las demandas estudiantiles. Hoy el estado de Emiliano Zapata es tierra caliente, como lo demuestra el feminicidio, ocurrido el 12 de septiembre del presente año, de Claudia Tacoronte Aguilera, estudiante española de intercambio en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos. Asesinada por Francisco Javier “N”, alias “El Trompas”, cuando éste intentó robarle el celular a Tacoronte en la ciudad morelense de Cuautla, donde ella se encontraba de visita en la Fiesta Nacional de la Planta Medicinal. No es la única, otras cuatro estudiantes de la UAEM han sido asesinadas en menos de dos años, dos de ellas por sus propios compañeros de universidad.

No es fácil vivir en Morelos, menos si se es mujer. Como señala en entrevista Adriana Gómez, egresada de Ciencias Políticas de la UAEM e integrante del Centro Comandanta Ramona, espacio de lucha feminista al interior de la universidad, “Morelos es el estado con la tasa más alta de homicidios de jóvenes entre 13 y 29 años”. Ella es de Jiutepec y cuenta que no conoció “la educación pública sino hasta la universidad, cuando entré a la maravillosa UAEM”. Sin esta institución, Gómez no habría podido acceder a la educación superior, no tenía los recursos para seguir en una universidad privada. Al ingresar, según sus propias palabras: “Ya me asumía feministas. Mi jefe de carrera, el maestro Lalo, me animó a postularme al Consejo Técnico. Sin experiencia previa, choqué contra una estructura clientelar añeja, grupos de la Federación de Estudiantes cooptados por sindicatos y autoridades que compraban lealtades con favores que deberían ser derechos garantizados”. Los grupos porriles son otra de esas tantas idiosincrasias del movimiento estudiantil en México, estudiantes que funcionan como brazo armado de las autoridades universitarias. El 68 también tuvo sus federaciones charras: el Movimiento Universitario de Renovadora Orientación o la Federación Nacional de Estudiantes Técnicos.
Para Gómez, habitar el estado de Morelos o su universidad “es presenciar en carne propia como escala la violencia machista, es vivir en constante alerta e indignación”. Sin miedo, acusa a la UAEM de encubrir a acosadores o hasta a violadores: “Es indignante ver a docentes sosteniendo discursos misóginos y acosando generación tras generación en total impunidad. Conforme avanzas en la carrera, descubres que varios están denunciados en la Fiscalía por alumnas, señalados de violentar a sus parejas, que son sus propias colegas investigadoras, o con antecedentes gravísimos mientras ocupaban carpos públicos. Los ves paseándose tranquilos y refugiados en la universidad y las instituciones del Estado”. Y añade que “quienes contamos con la voluntad y el respaldo colectivo, transformamos esta realidad en digna rabia porque no queda de otra, porque desde las aulas hasta el Congreso, las autoridades han demostrado un desinterés absoluto por cuidar nuestras vidas”.
El gobierno de Morelos carece de un plan integral para combatir la violencia de género, como indica Gómez, su estrategia “se reduce a la Secretaría de las Mujeres y a los Centros Libres, que ni siquiera operan en todos los municipios y donde esperan de brazos cruzados mientras las mujeres sortean una infinidad de trabas burocráticas”. En la UAEM las cosas no son muy diferentes, la institución no se considera parte responsable en la transformación del estado. “La universidad asume”, dice Gómez, “que no les debe seguridad a sus estudiantes porque esa obligación no está escrita al pie de la letra en un papel”.
Ante la ineficiencia e impunidad del Estado, las mujeres de Morelos se vieron obligadas a organizarse para combatir la violencia machista que las atraviesa. Para Gómez, las colectivas feministas al interior de la universidad son un rayo de luz. Piensa que al movimiento estudiantil lo “define la capacidad de sobreponernos a la criminalización y a los intentos constantes de las autoridades por cooptar voluntades e institucionalizar cualquier organización emergente”. Para ella no es una opción quedarse de brazos cruzados “cuando la universidad pública te forma con sentido crítico”. Por eso es crítica con aquellos compañeros varones que minimizan y ridiculizan la lucha feminista: “Dentro de los mismos colectivos persiste un recelo particular hacia el feminismo. A muchos les sigue resultando más cómodo articular las demandas desde la clase o las precariedades de la juventud, que nombrar a las violencias de género”. Gómez espera que sus luchas en el estado de Morelos, “consoliden una generación más crítica y menos machista, dispuesta a cruzar disciplinas para leer las llamadas ‘crisis de seguridad’ como lo que verdaderamente son, emergencias sistémicas y feminicidas”. Y no se olvida de ser autocrítica, de reflexionar que “sino nos atrevemos a mirar y desmontar desde la raíz, seguiremos atrapadas en el mismo ciclo de simulación de siempre”.
De ahí el valor de las colectivas feministas. Gómez las concibe como el futuro: “Muestran formas de cuidado, acompañamiento y reparación comunitaria que el Estado, con sus lógicas jerárquicas y patriarcales, es incapaz de siquiera imaginar”. También menciona que admira “profundamente su valentía” y que “son las colectivas las que ponen el cuerpo en las grandes denuncias que han sacudido y transformado la historia reciente de nuestro país”.
Por todo lo anterior, Gómez, “como universitaria y morelense en una tierra zapatista”, tiene “la convicción de que la lucha estudiantil va hacia una transformación estructural de nuestro estado”. Afirma que su generación ya no es “una juventud desinformada, despolitiza o que aplaude a la clase política”, es una “atravesada por una violencia brutal”. Y entiende que la lucha estudiantil, o al menos la feminista, tiene por objetivo la despenalización del aborto en Morelos, el único estado del centro del país que aún lo criminaliza.
Nuevas luchas en el IPN
Un 23 de septiembre de 1968, el ejército y la policía asaltaron las instalaciones universitarias del Casco de Santo Tomás para acabar con el movimiento estudiantil. Sin embargo, los estudiantes del IPN no se rindieron. Usaron piedras, bombas caseras y cohetes para frenarles. Ante esto, el gobierno autorizó el uso de tanques, bazucas y rifles de asalto. El saldo final fue de varios estudiantes muertos y decenas de heridos y detenidos.
Hoy las luchas del IPN son otras, pero las mismas. Gauri, originaria del Estado de México y estudiante de la Escuela Nacional de Ciencias Biológicas, comenta en entrevista: “Desde muy chiquita siempre fui muy consciente de los movimientos sociales y de la importancia que tienen. Sin embargo, nunca me había involucrado realmente en uno hasta abril de este año. Sentí que, de alguna forma, tenía la responsabilidad de apoyar. Empecé yendo a las marchas, después a las guardias en la escuela y, poco a poco, ya no salí de ahí. Creo que fue algo que se fue dando de manera muy natural. Al principio solamente quería apoyar, pero conforme fui conociendo más a las personas, las problemáticas y la organización, entendí que también quería formar parte del movimiento”.
A finales de mayo de este año, estudiantes del IPN empezaron a exigir la destitución del director general de su universidad, Arturo Reyes Sandoval, por denuncias de desvío de recursos, falta de material para sus prácticas y abandono sistemático de la infraestructura. El 21 de mayo, la comunidad estudiantil organizada tomó las instalaciones televisivas del Canal Once. 74 días resistió el estudiantado, después, las autoridades lograron recuperarlo. Esta es la primera experiencia en el movimiento estudiantil de Gauri. Para ella “que haya terminado la toma no significa que todo lo que se hizo durante el movimiento pierda su valor”. “Hay momentos de cansancio, incertidumbre y también situaciones a las que nunca te habías enfrentado”, dice convencida de su lucha, “pero creo al final es algo que vale totalmente la pena cuando tienes claro por qué lo estás haciendo”. Y agrega que “un movimiento no solamente existe durante las marchas o las asambleas, sino también en todas esas pequeñas cosas que ocurren durante una guardia y en la convivencia diaria”.
La experiencia de Gauri es corta pero significativa, rápidamente entendió “que un movimiento estudiantil está compuesto por muchísimas realidades diferentes, no todos llegamos por las mismas razones, pero podemos encontrar puntos en común y organizarnos a partir de ellos”. Aunque casi nunca es fácil: “Hay cansancio, desacuerdos y momentos en los que cuestionas muchas cosas. Pero creo que precisamente todo eso forma parte de aprender a organizarse y a construir colectivamente”. Gauri también cree que “ni un movimiento ni una asamblea deberían de depender de una sola persona”. Tiene claro que el proceso asambleario implica “escuchar diferentes opiniones, discutirlas y llegar a acuerdos”. Y piensa que “las redes sociales han cambiado muchísimo la manera en la que se comunica y se organiza un movimiento”, pero sostiene que “la organización presencial, las asambleas y el trabajo cotidiano son fundamentales”.
Hay algunas cosas que no cambian. Al igual que en el 68, para Gauri, “el punto central es no conformarnos con que las cosas sean de determinada manera solamente porque siempre han sido así”. Ayer como hoy, el núcleo del movimiento estudiantil “es la defensa de una educación pública y digna, y de los derechos de quienes forman parte de las instalaciones educativas”. Por eso afirma convencida: “El movimiento sigue construyéndose y creo que sería un error pensar que todo está definido. Para mí, una de las cosas más importantes ahora es mantener la organización y que las personas que participaron sigan involucradas. No sé exactamente hacia dónde va a llegar la lucha estudiantil del IPN, pero creo que depende mucho de nosotros seguir organizándonos, seguir cuestionando”.
La UNAM también está presente
La máxima casa de estudios de México también tiene sus problemas. Al interior hay quien busca cambiar las cosas, mejorar las condiciones del estudiantado, del profesorado y de las y los trabajadores de la UNAM. Rojo Carmesí, estudiante de la Facultad de Filosofía y Letras, dice en entrevista que su alma mater “es una gran Universidad, pero si administraran mejor el presupuesto, trataran mejor laboralmente a sus profesores y cuidaran a sus alumnos, podría ser mil veces mejor de lo que es, yo creo que se aprovecha ese mismo amor que muchos le tenemos para explotar de más a su comunidad, sobre todo la docente”. Por eso, para ella, el 2 de octubre “es el recordatorio de que siempre que luchamos corremos peligro, aún si no tenemos armas, aún si no sabemos pelear, aún si no sabemos causar daño”, y argumenta que “quizá por eso sea mejor sí saberlo”.
Carmesí también recuerda que el 68 no fue sólo una matanza. “Creo yo que nos muestra el poder de movilización al que podemos aspirar como movimiento estudiantil”, anota. Ella es oriunda de Michoacán, fue hasta su preparatoria que empezó a vivir en la CDMX. Cuenta: “Desde que tengo memoria soy consciente de ser hija de la huelga del 99. Ahí se conocieron mis padres y desde siempre fue parte de mi vida. Así que decidí que una vez entrara en la UNAM empezaría a militar y a integrarme a la lucha estudiantil… Y así lo hice”.
Respecto al último examen de ingreso a la licenciatura impartido por la Universidad, comenta que le “parece un desacierto enorme haber realizado el examen de manera virtual para los estudiantes”, no está peleada con las nuevas tecnologías, “y uno doblemente grave haber citado presencialmente para el examen de control a los estudiantes del interior de la República, en localidades más inaccesibles que la propia CDMX”. La decisión del rector Leonardo Lomelí Vanegas de contratar a la empresa Territorium Life, a la que le pagaron al menos 90 millones de pesos entre 2025 y 2026 para encargarse de la seguridad del examen, afectó, como casi siempre, a los más vulnerables: “No justificaré a quienes hicieron trampa, la rectitud es importante para mí, pero también me parece que las autoridades manejaron muy mal las posibles soluciones y que, para variar, quienes menos oportunidades económicas tenían fueron quienes más sufrieron las consecuencias de errores que no les correspondían”. A partir de la subida masiva en el puntaje, de la lucha de quienes no se quedaron, pero contestaron las preguntas honradamente y del escándalo público que ocasionó en la sociedad civil, el rector Lomelí Vanegas decidió volver a la modalidad presencial del examen.
Desde niña, Carmesí ya miraba al Consejo General de Huelga como una estrella guía o un faro que alumbra el porvenir. No se engaña, sabe que organizarse es complicado, que el sector estudiantil es sumamente diverso: “Hay quienes tienen que tener dos trabajos para pagarse su carrera, como hay quienes estudian por mera obligación familiar, con todas las comodidades. Y al final, lo que nos reúne ahí son las ganas de aprender, pero muchas veces no se dimensiona que no sólo se aprende en las clases y no sólo se aprende cómodamente y que de pronto es necesario aprender de la opinión de un compañero en la asamblea o de lo que se dijo en un mitin o una marcha. O de los libros de círculos de estudio político o incluso de lo que nos toca aprender de muchos temas para redactar correctamente un pliego o de lo que nos cuenta el otro en la guardia de un paro”. Son esas pequeñas cosas, acota Carmesí, las que forman y dan fuerza a la organización.
Es consciente de las contradicciones internas al interior de su propia lucha. Para ella, el movimiento estudiantil de la Universidad tiene “una energía y explosividad muy admirable y necesaria, pero combinada con varios problemas como la falta de disciplina o la poca capacidad de retención y compromiso”. Por eso considera que las luchas fundamentales del estudiantado en la UNAM van por “una mejor distribución del presupuesto, una posición clara de la institución contra el genocidio palestino y unos protocolos de seguridad y género funcionales”. Porque, como Carmesí señaliza, “al final del día, nos guste o no, sólo tenemos a nuestros compañeros”.
Publicado originalmente: Desinformémonos – https://desinformemonos.org/


