Columna LETRA DE CAMBIO, opinión sobre salud pública, política sanitaria y tecnología en salud

El 15 de julio se inauguró en Hermosillo el primer Centro Coordinador de Salud para el Bienestar del país. Costó más de 53 millones de pesos y opera con 88 profesionales. La idea es fácil de explicar y difícil de ejecutar: que cuando alguien llame pidiendo ayuda, del otro lado haya quien sepa, en ese momento, qué hospital tiene capacidad y pueda enviar al paciente al que sí puede recibirlo.

El gobierno del estado lo describe como un C5i de la salud, en referencia a los centros de mando que ya conocemos en materia de seguridad. Es una buena noticia y conviene decirlo así, sin reservas, antes de cualquier matiz.

Por: Dr. Alejandro Arellano Guzmán | Libera Radio Hermosillo

Viene entonces el matiz.

Un centro regulador no construye camas ni forma médicos. Distribuye mejor lo que ya existe. Si el hospital más cercano está saturado y otro tiene capacidad disponible, el centro puede saberlo y decidir. Toda su utilidad descansa sobre una condición previa: conocer en tiempo real qué hay disponible y dónde.

Esa condición no se inaugura con listón ni se compra con obra. Se construye con procesos, personal capacitado y la disciplina cotidiana de reportar lo que se tiene.

Un tablero vale exactamente lo que valen los datos que le llegan.

México ya colocó la salud digital y la interoperabilidad en su agenda normativa. La reforma a la Ley General de Salud publicada este año y el proceso de actualización de las disposiciones sobre sistemas electrónicos apuntan hacia un modelo en el que la información clínica pueda acompañar al paciente entre instituciones. En marzo comenzó, además, la credencialización del Servicio Universal de Salud, concebida para facilitar el acceso a las instituciones públicas y avanzar hacia un sistema en el que la adscripción deje de ser una frontera infranqueable para la información.

Sonora se adelantó y construyó primero la sala de coordinación, lo cual habla bien de la voluntad política.

La pregunta es si la tubería de datos llegará a tiempo para llenarla.

Porque digitalizar y compartir no son lo mismo. Un hospital puede capturar todo en pantalla y seguir siendo incapaz de enviarle un dato útil al hospital de enfrente.

Nuestro sistema de salud no está fragmentado por descuido, sino por diseño histórico. Las instituciones federales de seguridad social y los servicios estatales nacieron en momentos distintos, para poblaciones distintas, con presupuestos, reglas y registros propios. Así siguen operando en buena medida hasta hoy.

Por eso el verdadero desafío del nuevo centro no es tecnológico. Es institucional.

Un centro regulador estatal puede ver con nitidez aquello que sus propios servicios le reportan. Pero si la disponibilidad de camas, urgencias, quirófanos o tiempos de espera de los demás subsistemas públicos no aparece en la misma pantalla, la regulación existe, aunque alcanza solamente una parte del mapa.

Y la persona con fiebre alta a las tres de la mañana no sabe de adscripciones.

Elige puerta por intuición, por consejo de un vecino o por cuál le queda más cerca. Cualquiera que haya acompañado a un familiar entre instituciones conoce la escena: se repiten estudios, se vuelve a contar la misma historia clínica desde el principio y se pierden horas que, en algunos padecimientos, ya no se recuperan.

Hay además una función del nuevo centro que recibió menos atención el día de su inauguración: concentra también vigilancia epidemiológica. Ahí está su potencial menos obvio y quizá el más valioso.

No se trata solamente de mover ambulancias por la ciudad. Se trata de ver patrones.

Con dengue, daños por calor o fiebre manchada, el estado genera información epidemiológica de manera periódica. El siguiente paso es conseguir que esa información no termine únicamente describiendo lo que ocurrió, sino modificando lo que está a punto de ocurrir en un consultorio.

La vigilancia que solo cuenta lo ocurrido es estadística. La que llega a tiempo para cambiar una decisión clínica es salud pública.

Y el tiempo no significa lo mismo en todo Sonora.

En el norte y la sierra, regular no consiste únicamente en evitar saturación, sino en cubrir vacío. El Centro Regulador de Urgencias Médicas de la Sierra Alta, inaugurado en diciembre pasado, atiende con cuatro ambulancias a trece municipios y a cerca de 36 mil 800 habitantes. Ahí el adversario es la distancia, medida en horas de carretera y no solamente en filas de espera.

A eso se suma la condición fronteriza y la movilidad de población. Una persona que cruza el estado sin expediente disponible y sin una institución claramente identificable para quien la recibe puede convertirse, en términos operativos, en un paciente difícil de ver para cualquier tablero.

En el centro está el volumen. Hermosillo concentra población, capacidad instalada, especialistas y buena parte de las decisiones. El riesgo ahí es otro: diseñar un sistema calibrado para la realidad de una ciudad grande y asumir que los mismos tiempos, recursos y protocolos pueden aplicarse sin adaptación al resto del territorio.

Y en el sur está el desenlace.

En Cajeme, los reportes epidemiológicos de este año han mostrado una señal particularmente inquietante: siete casos confirmados de rickettsiosis habían terminado en defunción en el corte revisado. Una letalidad observada de cien por ciento entre los casos confirmados acumulados hasta ese momento no significa que en Cajeme exista una garrapata distinta. Significa que hay que mirar con enorme cuidado qué ocurre entre el inicio de los síntomas, la sospecha clínica, la primera consulta y el tratamiento.

La fiebre manchada tiene tratamiento efectivo, pero el tiempo importa. La evidencia publicada sobre pacientes atendidos en Sonora ha encontrado que iniciar doxiciclina después de los primeros cinco días desde el comienzo de los síntomas se asocia con mayor riesgo de muerte. Y las disposiciones sanitarias mexicanas establecen que, ante la sospecha clínica y epidemiológica de rickettsiosis, el tratamiento no debe esperar la confirmación del laboratorio.

Aquí el tablero deja de ser metáfora.

Si un sistema de vigilancia detecta un incremento anormal de casos en un municipio, pero esa señal tarda días en convertirse en una alerta para quien atiende al siguiente paciente febril, tenemos información epidemiológica, pero todavía no inteligencia sanitaria.

Cada día importa.

Más al sur, en Huatabampo, se anunció en junio un nuevo centro regulador para el Ejido 24 de Febrero. La lógica es la misma: reducir la distancia entre una emergencia y la capacidad de responder a ella.

Nada de esto empezó el 15 de julio. La red de regulación viene creciendo desde antes, con la unidad de la Sierra Alta a finales del año pasado y el proyecto de Huatabampo meses después. El nuevo Centro Coordinador corona un proceso; no lo inventa. Reconocerlo es de elemental justicia con quienes llevan tiempo construyendo esa capacidad desde dentro del sistema.

Pero inaugurar la sala era la parte visible.

Ahora viene la difícil.

Hay tres condiciones que podrían convertir esta infraestructura en una verdadera política de coordinación sanitaria, y ninguna exige otro edificio.

La primera es un tablero público con indicadores desagregados por región: tiempo medio de respuesta, proporción de referencias aceptadas al primer intento y porcentaje de unidades que reportan diariamente su disponibilidad. Este último quizá sea el indicador más importante, porque permite saber si el sistema realmente está siendo alimentado o si la pantalla funciona mientras la información envejece detrás de ella.

Lo que se publica se cuida.

La segunda es construir acuerdos efectivos de intercambio de información con los subsistemas federales de seguridad social. La discusión no debería limitarse a si las plataformas tecnológicas pueden comunicarse. La verdadera pregunta es quién tiene la autoridad, los incentivos y la responsabilidad de conseguir que instituciones distintas compartan oportunamente la información necesaria para atender a la misma población.

Porque los pacientes pueden estar institucionalmente fragmentados. Las urgencias no.

La tercera es utilizar la vigilancia epidemiológica de manera activa y no solamente descriptiva. Si un padecimiento se sale de su patrón esperado en un municipio, el centro debería ser capaz de convertir esa señal en una alerta operativa para las unidades que atienden ahí. En rickettsiosis, por ejemplo, una alerta oportuna acompañada de criterios clínicos compartidos puede recordar algo que la propia norma ya establece: ante una sospecha fundada, el tratamiento no debe esperar al laboratorio.

Eso sería convertir datos en decisiones.

Si el tablero se completa, Sonora tendrá algo más importante que una sala de control moderna: tendrá una herramienta para recuperar parte de las horas que hoy se pierden entre instituciones, carreteras, referencias y diagnósticos tardíos.

Si se queda a la mitad, tendremos una sala impecable observando medio mapa.

La distancia entre un escenario y el otro ya no está principalmente en el presupuesto. La obra está construida. La tecnología está instalada. Lo que falta es conseguir que las instituciones que atienden a los sonorenses compartan información que, en buena medida, ya poseen y la conviertan en decisiones mientras todavía pueden cambiar un desenlace.

Una letra de cambio se firma hoy y se paga después.

Esta ya está firmada.

El sistema le debe a la gente del norte, del centro y del sur las horas que todavía se pierden entre una puerta y otra. El verdadero éxito del nuevo centro no se medirá por cuántas pantallas tenga encendidas, sino por cuántas de esas horas consiga devolver.

Porque en salud pública, a veces, compartir un dato a tiempo es otra manera de salvar una vida.

Dr. Alejandro Arellano Guzmán

Médico | Maestro en Gestión de Salud Institucional | Doctorante en Gestión de Salud

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