
Cultura light 2020
Manuel Alberto Santillana
Los Zacapoaxtlas
Se durmió sonriente, con la alegría aún de rememorar uno de los diálogos de la película de Buñuel que habían pasado por televisión para festejar el día de los albañiles. El filme era una comedia sobre unos mecánicos quienes se habían robado un tranvía y habían paseado entre borrachera y cruda, las 24 horas últimas de un carro destinado al olvido por años de servicio. En la borrachera, los mecánicos salieron por cerveza en el entreacto, y dejaron tirada una pastorela que estaban escenificando en el patio de la vecindad, en la que uno era dios y el otro era el diablo. El diálogo, en la cinta blanco y negro, era el del profesor de la comunidad y, a al vez, el director de la pastorela, quien lo expresa luego de que los mecánicos no regresaron del intermedio: “Eso le pasa a uno por darle el papel de dios a cualquiera”.
Al despertarse le seguía la sonrisa. Ese día sería el último ensayo de la Batalla del 5 de Mayo. Él, además de ser el director de la escenificación del pueblo, sería por fin el general Ignacio Zaragoza. Sonriente y erguido se puso su uniforme militar. El ensayo del día de hoy sería con todo. Se pondrán sus uniformes, armas de utilería, perfumes y maquillaje, música de orquesta, balas y cañonazos de salva. Todo en forma. Para ver que todo estuviera en orden y bien.
Al llegar al campo donde sería el ensayo, cerca de las nueve de la mañana el clima era agradable. No tan frío como las mañanas poblanas de siempre, ni tan húmedo como un tiempo de lluvias adelantado que había echado a perder, la quincena anterior, una parte de las milpas de tanta agua. Algunas nubes muy blancas y redondas oteaban por aquí o allá el azul infinito del espacio. Y a lo lejos el Popocatépetl dejaba exhalar alguna fumarola de color gris. Y ahí llegó, erguido, bizarro en su porte el joven general nacido en Corpus Christi, Tejas, México, don Ignacio Zaragoza.
Comenzó a pasar revista a las tropas del ejército mexicano y de los aguerridos zacapoaxtlas. Un par de perros azuzaba las patas del caballo quien, inquieto, de repente tiraba una coz repentina para alejar a los canes. Se desplazó enfrente de las tropas. Al llegar con los indígenas poblanos se percató que su compadre Julián daba ya una patada del hedor de pulque a varios metros de distancia. Subido en un burro, el comandante Julián, líder de los zacapoaztlas se balanceaba con poco control de sí. El general tejano le hizo el saludo militar a lo que el compadre respondió, inmediatamente, con un fuerte temblor en la mano y el brazo. Inmaculados de blanco, por los trajes indígenas de manta apenas hechos la noche anterior, el general Zaragoza le indicó a su compadre que por la tarde o más al rato se pasearan un rato por la tierra, para que se vieran más reales.
Luego, bajando un poco su mirada, pero vigilante de todo por ser el director de toda esa faramalla que sería representada al día siguiente, pasó revista a las tropas francesas. Le hizo indicaciones al general Francés, mientras los perros ordinarios seguían pegados a las patas del caballo, así como a los oficiales y a los soldados vestidos de azul, blanco y rojo.
Y llegó el 5 de mayo. El sol iluminaba con un calor sofocante el campo de batalla. El compadre Julián, peor aun que ayer, llevó una tercia de barriles de puro pulque, uno curado de avena, el segundo de guayaba y el otro de tuna, para refrescarse, por si hacía calor… E hizo mucho calor.
A la mañana del siguiente día, con una cruda de las mil vírgenes, la esposa de un abatido, maltrecho y apestoso general Zaragoza le ponía a éste, en la cara, las ocho columnas del Heraldo de Puebla: “De manera inaudita, en la representación de la batalla de ayer del 5 de Mayo, esta vez ganaron los franceses”
El infinito segundo
En el preciso momento en que sacó la navaja, nervioso temblor de estrella en los dedos y dureza de tigre en el brazo, miró el gesto de agrado. Los bigotes relamidos de gomina brillaron con un filtrado rayo de sol; al mismo tiempo, empujó el revólver bajo el abrigo. Sacó el piolet oculto por el inmenso impermeable, el aroma de polvo lejano entró por la ventana. Comenzó a sonreír y tararear una dulce melodía, páramo de Biblia enamorada, cuando el veloz ataque de la navaja iba llegando a su pecho. Sonrió socarronamente y, con su único brazo, golpeó sobre la mesa del restaurante al mirar la caricatura política que le mostraba cuando tronó como diablo el primer balazo. La barba de chivo, la mirada de lince soviético se emocionó al leer y encontrar una idea interesante, se volteó a comentarla, cuando el brazo venía cayendo con el pioletazo directo a la frente.
Mi querido Guty, Cárdenas de siempre, caíste al suelo de aserrín y gargajos de la cantina con la sangre borbotándote como fuente. Mi general Don Alvarito, memoria sin merma, brazo perdido entre recuerdos y el formol que te habita ya, te desplomaste sobre el licor de sobremesa y el café La Bombilla, con tu Obregón de soberbia a cuestas. Mi dulce y violento León, Corazón de Trotsky, con el piolet clavado en la cabeza te levantaste gritando para atacar al español de Rusia que te traicionó.
Hundió la navaja muchas, miles de veces, atacando con el odio del amante despechado, confuso, brutal de la locura de los celos. Disparó una y otra vez hasta descargar la pistola, todos lo miraron atónitos sin creer que, en ese infinito segundo, estuvieran matando al presidente reelecto que trataba de apoyarse con su único brazo, mientras el otro, ya muerto y enformolado, veía venir a su cuerpo entero. Como no cayó con el golpe del afilado martillo a la cabeza, lo atacó don León y le puso las manos al cuello para ahorcarlo, cuando las bestias gringas que tenía para defenderse se lo quitaron de encima, y la sangre inundaba la duela de ese piso parquet de todos los brillos. En ese momento, la voz de magia yucateca se quejó, tirado el cuerpo al lado del estribo de la barra. La memoria infalible y de diamante se quebró para siempre. La voz del otro líder de la revolución rusa, la inteligencia del creador del Ejército Rojo, se perdió poco a poco en el suelo mexicano.
Así, poco a poco, en ese breve segundo que transcurrió del hachazo del dedo al gatillo, de la navaja al pecho, del brazo a la frente, de la sangre al tigre, del dragón del tiempo al infinito…
30 agosto de un también inaudito 2020.
