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Por: Isabel Dorado Auz

Murió una gran mujer que tuvo una larga vida, misma que no le alcanzó para encontrar a su hijo desaparecido, motivo principal de su incansable lucha.

Si hablamos del tema de desapariciones forzadas, o bien de ese periodo negro de guerra de baja intensidad que se vivió en nuestro país en los años 70s del siglo pasado tendremos que hablar, sin dudas, de esa gran mujer, Doña Rosario Ibarra. Mucho se hablará de Ella después de su muerte, Yo me quedaré con aquel recuerdo de marzo de 2008 cuando visitó Sonora en apoyo a quienes defendimos el Parque de Villa de Seris y que fuimos injustamente encarcelados por el déspota Eduardo Bours, el tristemente célebre exgobernador del estado.

Tiempo atrás había conocido a Edgar Sánchez (un muy cercano colaborador de la entonces senadora de la República, presidenta de la Comisión de Derechos Humanos del Senado) y aproveché esa relación de amistad para pedirle el apoyo de Doña Rosario para sacar de la cárcel a la compañera Adriana González, quien se había negado a pagar fianza y permanecía presa, evidenciando la continuación de su lucha mediante una huelga de hambre.

Simultáneamente, quienes habíamos pagado fianza continuamos la lucha mediática y buscamos el apoyo de varias organizaciones ambientalistas del país, mismas que no dudaron en manifestar su apoyo, pero requeríamos que alguna autoridad tomara cartas en el asunto y que mejor que la Comisionada de Derechos Humanos del Senado. Recuerdo que previo a la llegada de la senadora, Bours envió al Pato de Lucas, quien era presidente estatal del PRI, a que pagara la fianza de Adriana y ordenó que la liberaran la madrugada del día en que llegaría Doña Rosario. Después de un evento organizado en la Universidad de Sonora, esa gran señora, con más de 80 años, decidió participar en una marcha de apoyo a nuestra causa, desde la Universidad al Palacio de Gobierno.

Ese día fue de gran relevancia para nuestra lucha, la soberbia del gobernador se vino abajo y, por primera vez, en todo su sexenio, un movimiento social le enmendaba la plana a quien se creía un reyezuelo de pacotilla.

Obviamente, la figura de Doña Rosario, dos veces candidata presidencial, pesaba y pesaba bastante. Una mujer con una gran tradición de lucha, que denunció el Fraude de 1988 junto con Cuauhtémoc Cárdenas y el Maquío Cloutier, una activista social mundialmente reconocida, cuatro veces candidata al Nobel de la Paz, contribuyó de gran manera a que se conocieran todas las arbitrariedades en nuestra contra por habernos atrevido a defender un área verde.

Ese tipo de liderazgos siempre se alinean con las causas sociales, por lo tanto, se marcó un antes y un después de tan distinguida visita en relación con nuestra lucha. Se inauguró, también, una lucha ambientalista que de forma más organizada empezó a tener un gran peso en la capital sonorense. Podría decirse, que esa represión del 2008, nos abrió los ojos y junto con la lucha ambientalista encabezada por Rosa María O´Leary se configuró el rostro visible del ambientalismo en Sonora.

Tiempos traen tiempos y Doña Rosario permanecerá en nuestros corazones hoy y siempre. Deja esta vida físicamente y sigue viviendo en nuestras vidas. Esos liderazgos trascienden los tiempos y siempre serán un bonito recuerdo.