Alejandro Valenzuela/Vícam Switch
La madrugada del 22 de marzo de 2010, en la Ciudad de México, Paulette Gebara Farah fue reportada como desaparecida. En cosa de horas, toda la ciudad estaba pendiente de las noticias porque la familia usó televisión, radio y hasta espectaculares para localizar a la niña de cuatro años que, según eso, había desaparecido de su recámara. Se descartaba que la menor hubiera salido por sí misma porque padecía una discapacidad motriz.
Al parecer, se dieron cuenta de la desaparición hasta la mañana, cuando una de las nanas de la niña fue a despertarla para ir a la escuela. Lizette Farah, que apareció en televisión con un dominio absoluto de sí misma, dijo que en un primer momento buscaron por toda la casa y los alrededores; dijo también que no encontraron puertas forzadas ni señales de robo. Fue ella misma, la madre, la que mencionó el secuestro y mirando a la cámara pidió a quienes tuvieran a su hija que la dejaran en algún lugar concurrido y que no pediría represalias contra ellos.
El padre avisó al alcalde de Huixquilucan sobre la desaparición, el alcalde le dijo al procurador del Estado de México y de allí la noticia llegó hasta la misma presidencia de la república.
Era el acontecimiento del momento. La gente llegaba desesperada, después de sus jornadas de trabajo, para enterarse de los últimos acontecimientos. Allí vimos la noticia de que la procuraduría del Estado de México había arraigado a los padres y a las niñeras porque sus versiones de los hechos no coincidían. También fueron arrestados Amanda de la Rosa, una amiga que estuvo durmiendo en la cama de la niña en los días posteriores a la desaparición, y el entrenador de la madre (la señora hacía ejercicio) porque se habían ido de viaje juntos a los Cabos, en la Baja Sur, dos días antes de la desaparición de la niña.
El mismo procurador, un personaje de apellido Bazbaz, encabezó un nutrido contingente de agentes para buscar una vez más la niña en los alrededores de la casa. La enésima (pero definitiva) búsqueda empezó el 29 de marzo. Muchas horas después, en la madrugada del día 31, la niña fue encontrada muerta en la misma recámara de donde supuestamente había desaparecido.
Los padres de la niña se enfrascaron en un pleito transmitido por televisión, echándose la culpa unos a otros y un periodista presentó un extraño video en el que se oía que la madre le ordenaba a su hija mayor que no dijera nada de lo que sabía y que sólo repitiera que estaban muy tristes.
Las hermanas Casimiro, las niñeras, dijeron que ellas habían revisado por todos lados y que no habían encontrado nada; que muchos miembros de la numerosa familia habían participado en esa búsqueda y tampoco encontraron nada. Concluyeron las hermanas que en la casa no estaba y mucho menos en la cama.
La niña fue sepultada en el Panteón Francés de San Joaquín y exhumada y cremada siete años después. El procurador renunció, los involucrados fueron exonerados y las autoridades emitieron un dictamen muy lógico: que la niña, dormida, se había rodado sobre la cama; que quedó atrapada entre el colchón y la pared; que murió asfixiada; que, a pesar de que decenas de personas la buscaron, en su desesperación no se habían fijado en la separación entre cama y pared, y que fue encontrada nueve días en el mismo lugar donde habían buscado y rebuscado porque entonces se le buscó con parsimonia. La conclusión del alegato fue también muy lógica: que el caso estaba resuelto, la investigación concluida y que no había delitos qué perseguir…
FIN.
Publicado originalmente en: https://www.facebook.com/alejandro.valenzuela.7921

