Días de revuelta, días de combate

Con información del ejército de los 12 monos

POR JORGE TADEO VARGAS

Desde hace varios meses desde el ejército de los 12 monos nos hemos dedicado a tratar de entender la crisis climática más allá de esta idea hegemónica exclusivamente química: partes por millón de Gases de Efecto Invernadero, toneladas de carbono equivalente, presupuestos de emisiones, mecanismos de mitigación y un sinfín de narrativas que ponen la problemática climática en una perspectiva solo global y desde donde solo con acuerdos globales podemos hacerle frente. 

Parte de este debate, nos ha llevado, principalmente a mí, quien tiene más años trabajando el tema de cambio climático desde distintas perspectivas, a verlo no solo como un balance contable de gases, sino como una serie de acciones relacionadas con la termodinámica, que nos llevan a ver al planeta como un sistema vivo, con dinámicas que pueden contribuir desde los propios ecosistemas a mitigar, adaptar y – lo más importante – sobrevivir a los cambios climático en plural.


La propuesta que hemos venido trabajando, es una que se basa en entender cómo funcionan las leyes de la termodinámica en los ecosistemas, intentando incluir el cuarto postulado que habla del principio de la máxima potencia en la función reguladora del ciclo del agua. Esto se traduce en que la mejor tecnología para enfriar el planeta no es una máquina de captura de carbono, sino la complejidad ecosistémica misma. 

Ciclos del agua equilibrados, con sus dinámicas estables dan como resultado una máxima potencia en el enfriamiento del planeta en lo global, además que mantienen procesos de equilibro entre la naturaleza y las comunidades humanas.

Para entender este argumento lo primero que debemos reconciliar es la termodinámica y su relación con el planeta. Tradicionalmente, asociamos la Segunda Ley con la entropía: la tendencia inevitable del universo hacia el desorden y la degradación de la energía; lo que significa que la vida hace algo extraordinario: acelera la degradación de la energía de alta calidad para crear orden interno. Esta ley es la que permite no el desorden, sino la efectividad en el uso energético como base de todo el equilibrio ecosistémico.

Aquí es donde entra el Principio de Máxima Potencia (MPP). Este principio sugiere que los sistemas que sobreviven y prevalecen son aquellos que desarrollan estructuras capaces de maximizar el flujo de energía a través de ellos. Una selva tropical no es solo un conjunto de árboles; es una infraestructura termodinámica masiva diseñada para capturar la energía solar y disiparla de la manera más eficiente posible a través de la evapotranspiración.

Una parte fundamental del trabajo de investigación y recuperación de información tiene que ver con el pequeño ciclo del agua, del cual ya he escrito en las otras partes de este texto que pueden leer aquí mismo o en primaindie.susbtack.com. una parte fundamental para entender a los ecosistemas de las cuencas y su función como reguladores climáticos. Este ciclo es importante pues en la narrativa climática estándar, el agua a menudo se trata simplemente como un “mecanismo de retroalimentación” del CO2. 

Tenemos que invertir esta jerarquía pues el movimiento del agua —desde el suelo, a través de las plantas, hacia la atmósfera y de vuelta en forma de lluvia— es el principal motor de enfriamiento del planeta.


Cuando una planta transpira, convierte el calor sensible (el calor que podemos sentir y que calienta el aire) en calor latente (energía almacenada en el vapor de agua). Este proceso no solo enfría la superficie localmente, sino que transporta esa energía a las capas altas de la atmósfera donde, al condensarse y formar nubes, el calor se libera más cerca del espacio, facilitando su salida del sistema terrestre.

Esto quiere decir que la deforestación y la degradación del suelo no solo eliminan un “sumidero de carbono”, sino que destruyen el sistema de refrigeración activa de la Tierra. Un suelo desnudo se convierte en un radiador de calor; un bosque es un refrigerador por evaporación.

Aquí tenemos que entender que las políticas hidráulicas basadas en proyectos que tendrán un impacto directo en la cuenca y los sistemas riparios son los principales causantes del desequilibrio del pequeño ciclo del agua, con lo que este enfriador natural está viéndose afectado, al punto de cambiar el clima. Las presas, los acueductos, el encementar las cuencas no solo impactan en la captura de carbono, sino lo más importante en el enfriamiento natural de los ríos y su importancia global. 

Un bosque genera su propia lluvia a través de la liberación de núcleos de condensación biológicos (bacterias y compuestos orgánicos volátiles que ayudan a formar nubes). Este es un ciclo de retroalimentación positiva: el bosque crea la lluvia que necesita para seguir siendo un bosque. Sin embargo, si degradamos el sistema más allá de un punto crítico (un punto de inflexión), el sistema cae en un nuevo atractor: el desierto. Una vez en estado de “desierto”, el sistema también se resiste al cambio; la falta de vegetación impide la lluvia, y la falta de lluvia impide el crecimiento de vegetación. De ahí la importancia de reconocer al pequeño ciclo del agua como el eje rector de una cuenca sana.

He pasado los últimos veinticinco años investigando el cambio climático – y la crisis socio-ecológica que provoca – desde una perspectiva de la adaptación con enfoque ecosistémico. Esto porque para mi es importante revisar esta crisis desde el equilibrio en las dinámicas de la naturaleza, por lo que para mí es importante resumir que podríamos, teóricamente, detener todas las emisiones de carbono mañana, pero si continuamos pavimentando el planeta, destruyendo humedales y agotando los acuíferos, el planeta seguirá calentándose debido a la ruptura de los ciclos termodinámicos de la biosfera. 

De ahí el fracaso de las COPs que sigue viendo la crisis climática como un negocio, dejando fuera mucho de lo que aquí se menciona.

Debemos dejar de ver a la naturaleza como un decorado pasivo y empezar a verla como la tecnología de gestión térmica más sofisticada del universo conocido. 

La pregunta no es cuánto carbono podemos dejar de emitir, sino cuánta vida podemos permitir que vuelva a florecer para que el motor de la Tierra pueda, finalmente, volver a enfriarse.

Desde el autoexilio en los bosques de Klatch City

Profesor, traductor, escritor, exactivista, anarquista y panadero.