*Texto publicado en colaboración con el área de Difusión del Colegio de Sonora.
José Manuel Moreno Vega
Este año, durante las Fiestas del Pitic se celebran oficialmente los 326 años que supuestamente acabamos de cumplir como comunidad. No obstante, Hermosillo, como se le llama hoy, tiene una historia mucho más antigua de lo que se le da crédito. Desde tiempos inmemoriales, este territorio pertenecía y era habitado por comunidades indígenas prehispánicas, incluyendo a grupos étnicos descendientes de civilizaciones complejas y milenarias como las culturas Trincheras y Hohokam. Se trataba de culturas altamente jerarquizadas, altamente agrícolas, y constructoras de ciudades y de canales en el norte de Sonora y sur de Arizona. Debido a grandes cambios climatológicos que trajeron sequías prolongadas e inundaciones catastróficas entre 1350 y 1450 d.C., estas sociedades se fraccionaron, sus pobladores abandonaron las ciudades y se extendieron por la región en sociedades menos jerarquizadas y menos densamente pobladas.

Por lo tanto, el 18 de mayo de 1700, cuando oficiales militares y religiosos establecieron la misión de la Santísima Trinidad, le incluyeron como parte de su nombre ‘del Pitiquín’ o ‘Pitic’. La toponimia ‘Pitic’ proviene de la lengua pímica, que significa “lugar donde se juntan dos ríos”, haciendo alusión a los que ahora llamamos los ríos Sonora y San Miguel, que era donde se ubicaba esta iglesia. Hoy, ese espacio está ocupado por la presa Abelardo L. Rodríguez, casi permanentemente seca. Pero en 1700, esta área formaba una frontera ecológica entre el desierto costero y el somontano sonorense. Por lo tanto, también era una frontera interétnica, ya que servía de encrucijada o zona de interacción cultural y comercial entre las comunidades indígenas de pimas bajos que descendían de las culturas Trincheras y Hohokam y que se dedicaban a la agricultura a pequeña escala, a la caza y a la recolección. Aquí, cohabitaban con comunidades de seris (comcáac), cuya lengua es el Cmiique iitom, un idioma que está aislado de cualquier otra familia lingüística del mundo.
Los Comcáac eran moradores del desierto y gentes del mar, cuya territorialidad se extendía desde lo que hoy es Hermosillo hasta el archipiélago central del Golfo de California. Los Comcáac no se dedicaban a la agricultura, pero accedían a productos agrícolas como el maíz y el frijol a través del intercambio con los pimas bajos y otros grupos vecinos a cambio de productos que extraían del mar y de la costa, como pescado y sal. Al igual que nosotros, estos grupos de pimas bajos y comcáac nacieron y crecieron en el área que hoy llamamos Hermosillo, y consideraban a este espacio su hogar. Su identidad estaba arraigada a este lugar y le tenían el mismo cariño a esta tierra que la que nosotros le tenemos, si no es que más. El establecimiento de los misioneros jesuitas en esta área en 1700 trajo algunos beneficios para los pobladores locales, como la introducción de animales de carga y ganado vacuno, además de la introducción del trigo y otros alimentos, junto con nuevas técnicas de siembra que incrementaron la producción agrícola.
Ahora tratemos sobre cosas oscuras e incómodas. Comparemos la llegada de los colonizadores españoles a esta área con la ocupación sionista de Palestina en la actualidad, porque el expansionismo español tenía fines religiosos y económicos que se materializaron con el desplazamiento forzoso y la esclavitud de pimas bajos y comcáac, para en ocasiones llegar a convertirse en prácticas genocidas. Y por si esto fuera poco, además trajeron epidemias a las que los indígenas no estaban adaptados. Si algo nos enseñó en carne propia la pandemia de Covid-19 fue que la mejor forma de sobrevivir a los brotes epidémicos es mediante el aislamiento. Pero los misioneros jesuitas rompieron ese aislamiento, pues promovieron el hacinamiento al congregar a estos grupos en las misiones, lo que propagó las epidemias entre los indígenas aún más.
Durante las Fiestas del Pitic es importante reflexionar que lo que se celebra, por lo tanto, no son 326 año de comunidad, sino 326 años desde la fundación de una misión jesuita en territorio indígena. De este modo, también se celebran más de tres siglos de colonialismo contra los pueblos originarios. Es importante, por lo tanto, reconocer que el suelo que pisamos pertenece históricamente a estos grupos indígenas. Se trata pues, de profundizar en la historia de nuestra comunidad, de sus pobladores originarios, y de lo que realmente estamos festejando. La historia de Hermosillo es mucho más antigua, interesante y bella de lo que nos la han contado, pero paradójicamente, también es una historia oscura, e incómoda; y es importante tomar en cuenta todos estos matices.





